Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

31 ene. 2017

Maneras de vivir


Perdone, perdone... ¿qué está usted comprando, señora?
Esto... ¿yo? ¡Ay, pero si es la TV!... que ¿qué estoy comprando? ¡Ariel, por supuesto!
Oooo... bien, bien... veo que me recuerda del anuncio. Ahora, pero, estoy aquí por otra cosa, algo mejor, una sorpresa maravillosa... Señora, ¿nunca ha imaginado usted tener un sueldo para toda la vida?
Hombre, ¡por supuesto! ¿Dónde tengo que firmar? ¿Cuántos cupones necesito, mozo?
No, no, señora. Sin cupones. Nada de comprar y comprar chocobollos para acumular puntos o hartarse a enviar mensajitos con su celular a números del Kurdistán. Gratis, gratis. Todo gratis, sin tener que pagar en los bares, en el restaurante francés del barrio o tras una comida de almejas del carril en el chalet del gigoló, señora. Se acabó abrir la cartera, mujer. Que otros la abran por usted.
Dígame pues.
Mire, es aquí... con este carné de la Academia. Un sueldo para toda la vida, y sin tener que doblar la espalda, que, como dicen en el pueblo, para trabajar ya están los romanos, que tienen el pecho de lata. Con él, con el carné, su sustento está garantizado, llueva o nieve, haya paz o guerra, manden ricos o pobres. Mes tras mes, en su cuenta, una cantidad previamente convenida por los leguleyos del sindicato, y a vivir la buena vida.
Pero yo... yo, ¡yo no sé de esos engaños! ¡Yo no soy actriz!
¿Y quién lo es, señora? Es de persona arrogante atribuirse la potestad de decir quién puede ser o no ser esto o aquello, señora. Usted... perdone, ¿cómo se llama? ¿Puedo tutearla?
Claro, claro. Juana Diega, Juana Diega. Me llamo Juana Diega.
Muy bien, Juana Diega. Qué bonito el nombre. ¿Ves? ¡Es nombre de farándula! Un designio más confirmando tu bienaventuranza. Tú estás hecha para el carné de académica. Se te ve en la cara, en el porte... ¡mírenla, mírela cómo deslumbra con su mera presencia, señoras!
Ya, ya... no le hagan caso, no le hagan caso... Pero, ahí tiene que haber gato encerrado, verdad?
Ninguno. Yo no te engañaría, guapa. Esto es más sagrado que el matrimonio. Será tu don vitalicio, como también lo es de todos esos que, hasta ahora, veías desde el otro lado de la pantalla, sentada en tu sofá deslomada de poner hamburguesas en el McDonalds auto.
¿Qué es vitalicio?
Para toda la vida. Suceda lo que suceda, tu mordida no faltará en la mesa, y sin ningún tipo de contraprestación. Nada. Arderán los bosques, se congelarán los polos y la última sanguijuela de agua dulce se extinguirá del planeta, pero los académicos seguiréis abrevándoos de la infinita ubre ya sea mediante un impuesto cultural que sufrague vuestra inconmensurable labor para con la mancha humana -impuesto que ha de ser injuriado siguiendo el método del estudio de actores de Judas Iscariote-, o, mejor aún, intercalando en el trillado socarral fiscal español una nueva tasa que grave las creaciones venidas desde el ancho -y alienado- extranjero. Aranceles para convertir el agrio sudor ajeno en perfume de intelectualidad autóctona. Dinero, y medallas.
¿Pero es eso posible?
¡Míralo tú misma, Juana Diega! ¡Lo tengo aquí: es el carné! No dudes nunca de la fuerza del gremio; créeme. Debes tener fe. El complejo del súbdito es infinito. ¿Qué? ¿Qué me dices? ¿Te hace?