Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

27 may. 2017

Juramentos


A España servir hasta morir.

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¡Español sois, sin duda! 
Y lo soy, lo he sido y lo seré mientras viva, y aún después de ser muerto ochenta siglos.
Miguel de Cervantes.

25 may. 2017

Rico y con fundamento

En el potaje de la ETA, entre tanta morcilla en la nuca, chorizo-lapa, tocino de chivato y agrio caldo de sucio pantalón, era necesaria una mano experta para darle, a la nueva receta del plato estrella, blanqueamiento terrorista al puré de nueces, ese toque especial que tanto aprecia la lobotomizada mancha humana de la 101.
Como toda la vida, a mediodía, freiremos el faisán, jejeje... y les cuento un chiste... Uno bueno, que para eso soy Arguiñano y me meto en su casa y rebusco en la nevera y le echo perejil a esa mierda de guiso que está quemándosele  en la olla, señora.
Dice, al ser entrevistado, que él tiene amigos en la banda del cagari vasco. Es algo normal, como jugar al cinquillo mientras crujen al compañero de partida, que llega tarde, joder que no viene, qué perra la vida, o chismorrear las costumbres de las forasteras que desayunan cruasán en casa pelotari.
De haber memoria que no fuera histérica, los titulares de unos sucios asuntillos con el impuesto revolucionario revolotearían en nuestras cabezas. Que si pagas, que si pago, que si pagamus tudus... Lo hacen, es un vuelo claro, y en él el cocinero, estrellado michelín con comecocos en horario de máxima audiencia, pues encoge los hombres, tan normal, oye, que la vida son dos días: no escatimemos con el perejil.
El guiso requiere de los más altos próceres de la patria, las artes y las ciencias; cocineros bonachones y chistosos para remover y remover la olla, que el hueso se deshaga, la indignidad se impregne de náuseas, la roja sangre, cuajada con la grasa de la condescendencia, vaya difuminándose en un tono pálido, rosado, algo blanquecino.
Y todo con el fundamento de las pizcas de complicidad.
¡Qué toque, cagari!

23 may. 2017

Rutinas


Vas a un concierto cualquiera, te tomas unas birras, pegas cuatro botes hasta que la sudoración se vuelve excesiva, dos cervezas frías más, un último estribillo abrazado a un desconocido y, con la camiseta de la gira bajo el brazo, al encaminarte hacia la puerta, vuelas por los aires.
Dicen... bueno, decía un lumbreras así, por lo bajo, con la boca pequeña, que hay que acostumbrarse a eso, al menú degustación completo, pues hay para meses... para años... hasta que los perros de la Bestia crean que es suficiente de lo sometidos que nos mostremos ante ellos.
Lo decía temeroso, quizá por primerizo, pero en su voz no había ni un átomo de resignación o queja. Era un tono perfectamente neutro occidental de nuevo cuño. Objetivamente (y materialmente) científico.
Tanto que, ahora, más fríamente, de haber sugerido el sumiso botarate, mientras se lava la sangre inocente de las manos, añadir el costo del postrero viaje en el precio de la entrada al concierto, no me habría parecido nada extraño.
Es el sentido trágico de la perra vida moderna (de mierda): desterrar la religión -siempre que sea propia- y construir, sobre sus ruinas dogmátias y dando gracias al Arquitecto todopoderoso que nos mantiene vivos, la paz social de la morgue.
La lástima, por ahora, sigue siendo gratuita.

21 may. 2017

Sesión golfa (XXIV)


AÑO. 2017
DURACIÓN. 10 minutos
PAÍS. España
DIRECTOR. Desconocido
GUIÓN. Franz Kafka
PRODUCTORA. Chirigota Española, c.b.
GÉNERO. Independiente.
SINOPSIS. Víctima de la ola iracunda que ha despertado en el país, traemos a esta columna el blanco de las airadas críticas de la intelectual patria. Sin tener en cuenta las carencias derivadas del irrisorio presupuesto de la película -rodada con la cámara del móvil, sonido ambiente y ruido de lluvia, actores improvisados sin beca-, no han escatimado vituperios, denuncias y amenazas llegando incluso a sugerir la muerte en la hoguera para el director de la cinta, de haberse conocido su nombre.
A pesar del intento de boicot, la mancha humana -mitad presa de la desidia y mitad sumisa por la condescendencia-, ha podido verla a través de los mil millones de dispositivos digitales que campean por nuestras vidas. El virus de la democracia digital, junto con la ínfima duración de la trama, ha magnificado su difusión, y, con ella, esa mezcolanza de sentimientos trágicos y criminales que se ha apoderado de los cascarones vacíos que ocupan el gallinero.
O no.
La cosa es sencilla y rápida: una mañana, con las primeras luces del alba, Quimet, barrendero municipal, allá a lo lejos, descubre una serie de objetos extraños... y es aquí, cuando la camarilla de la escoba debería poner pies en polvorosa ante el terror de los vegetales asesinos de los que habla el título de la película de Nivel C, donde el populacho que asiste a la comedia empieza a sentirse engañado, víctima de un fraude, pues no son tomates lo que descubren Quimet y los suyos, sino banderas. Banderas rojigualdas, y bien podrían haberse dado de bruces con el mismísimo Belcebú que el pánico no habría sido mayor. ¡Qué manera de correr!¡Qué gritos!¡Qué histeria colectiva al despuntar el día y verse el alcance de la invasión!
La parroquia frunciendo el ceño ante la pantalla, el tic del labio superior en el articulista del semanario cultural... no hay duda de que en los cinco minutos que llevamos algo bulle en el lugar reservado para las vísceras, y cocido a presión, el potaje de la falacia pronto rebosa la olla de la paciencia: tras cinco minutos más, que es el tiempo que tarda el escuadrón especial que la policía tiene para acciones antiterroristas en arrancar las banderolas dando al traste con sus planes de colonización fascistoide.
No hay más.
Quienes entienden en esto del séptimo arte, la califican como la peor película del mundo, esgrimen la censura preventiva de la ley mordaza y proponen, contra la realidad histórica, el olvido por lobotomía y asfixia...
... pero otros, pocos, hablan ya de una obra de culto.
Yo lo hago.

18 may. 2017

Reverendísimos Sres. Judas de Cataluña...


La Nota del 11 de mayo firmada por todos ustedes me ha dejado sumido en la más absoluta perplejidad y tristeza. Afirman sin embozo que se sienten herederos de la larga tradición de nuestros predecesores, que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña, y al mismo tiempo nos sentimos urgidos a reclamar de todos los ciudadanos el espíritu de pacto y de entendimiento que conforma nuestro talante más característico. Seguidamente, para que no haya lugar a dudas, vuelven a insistir: Por eso creemos humildemente que conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura, y que se promueva realmente todo lo que lleva un crecimiento y un progreso al conjunto de la sociedad, sobre todo en el campo de la sanidad, la enseñanza, los servicios sociales y las infraestructuras.
Perplejidad y tristeza, sí. Porque durante meses se me ha conminado a evitar cualquier connotación, en mis palabras y actuaciones, que pudiese ser interpretada como un posicionamiento a favor de la unidad de España, que forma parte de las legítimas aspiraciones de la mitad del pueblo catalán; porque se me indicó que cualquier manifestación pública en ese sentido podía provocar crispación y división entre los fieles católicos que viven en Cataluña. Por tanto, que la procesión con el Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios en Hospitalet estaba fuera de lugar; que la Santa Misa celebrada por los difuntos en acto de servicio de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no era de mi competencia; que la atención pastoral prestada a los nonagenarios socios de la Hermandad de la División Azul y el posterior acto académico eran una provocación en toda regla; y que la manifestación contra la cristianofobia y por la libertad de culto y de expresión en la Plaza de San Jaime -con la imagen de Cristo crucificado- no era conveniente que estuviera acompañada por ningún sacerdote porque producía crispación social.
Me siento profundamente engañado por unas palabras que llegué a considerar hasta sinceras por el empeño que se ponía en hacérmelas comprender casi al precio de parecer tonto. Y referidas en cualquier caso a actuaciones meramente evocativas, sin una directa operatividad política y social. Capítulo aparte merecen los posicionamientos y actuaciones de algunos obispos ante mi participación en las manifestaciones mensuales contra el aborto en el Hospital de San Pablo, intentando desactivarlas a causa de la incomodidad que les generan.
Perplejidad y tristeza, sí. Porque ustedes, señores Obispos, se han posicionado públicamente a través de su Nota afirmando la realidad nacional de Cataluña, concepto no pastoral sino político, no fermento de unidad, sino de discordia. Porque consideran legítimas y ahora legitimadas por ustedes, las  aspiraciones de menos de la mitad de los catalanes (aunque por bastante más de la mitad del poder político y eclesiástico) a estimar y valorar una singularidad nacional fabricada hace cien años por Prat de la Riba y las Bases de Manresa. Aspiraciones ahora concretadas en el empeño de esos poderes por un referéndum para consumar la destrucción de una unidad que ha durado siglos. Unidad no sólo de España, sino también de Cataluña, en la que el autodenominado “pueblo catalán” pretende someter a los que tan atinadamente llamó Candel “els altres catalans”. De momento, mediante un referéndum que los enfrente y los confronte.
Ustedes, Sres. Obispos ¿se sienten herederos de la larga tradición de sus predecesores que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña? Pues yo también me siento heredero, junto con esa otra mitad de catalanes silenciados también por la Iglesia, de una tradición muchísimo más larga y más catalana que la suya.
Me siento heredero de aquellos que en las Navas de Tolosa unieron las fuerzas de toda la España cristiana -Asturias, Castilla y León, Navarra y Aragón- para defender la libertad de profesar la fe verdadera frente a la intolerancia sanguinaria del Islam. Me siento heredero de aquellos sacerdotes y obispos que enviados por Isabel y Fernando al Nuevo Mundo, evangelizaron las Américas y confirieron la dignidad de hijos de Dios a hombres y mujeres de otras razas que se convirtieron por la fe no en esclavos, sino en súbditos libres de su Madre Patria, iguales en derechos a los demás españoles.
Me siento heredero del Somatén de Sampedor que se levantó con el timbaler del Bruch el dos de mayo de 1808 para defender una patria española que, invadida por los ejércitos de la atea Ilustración francesa, amenazaba con destruir la fe de una nación constituida sobre ella. Me siento heredero también de Mossén José Palau, Sacristán mayor de Nuestra Señora de Belén, bárbaramente mutilado y quemado vivo en su iglesia cuando la multitud anarquizada arrasó con todos los templos de Barcelona el 19 de julio de 1936,  y arrebató la vida de cientos de sacerdotes y religiosos, a los que siguieron luego varios miles bajo el mandato de Companys. Me siento heredero de aquellos catalanes que bajo la advocación de la ahora profanada Virgen de Montserrat,levantaron la bandera de la Tradición catalana y regaron con su sangre los campos de España,muriendo por Dios y por su Rey católico. Soy heredero de aquellos hombres y mujeres honrados que prefirieron permanecer fuera, vigilantes, a cielo raso, antes que participar en los restos desabridos de un banquete sucio. Me siento heredero de aquellos que se jugaron la vida para sacar a la luz las catacumbas de Cataluña, y para dar testimonio de la Fe de Cristo en sus calles y en sus plazas; y de aquellos que murieron en un sucio paredón de cara a la madrugada con la mirada puesta en su Dios y en su Patria. 
Con el mismo derecho que ustedes se declaran “herederos” de los unos, me declaro yo heredero de estos otros como catalán que soy. Con el mismo derecho con que ustedes toman una opción tremendamente discutible, yo tomo la contraria y lo hago también públicamente desde mi conciencia de sacerdote y de cristiano, de la cual ni siquiera la Iglesia puede juzgar. Soy heredero de una tradición que me ha hecho, por la gracia de Dios, ser lo que soy. ¿Ustedes obran en conciencia? Yo también. No les juzgo, no me juzguen ustedes a mí. Dios ya lo hará con todos. Pero ese “pueblo catalán” que está en el poder y aspira a ver reconocida su singularidad nacional, no deja de ser una elucubración hegeliana al servicio de ese poder absoluto e intolerante, no sólo político, sino también moral (desde la perspectiva católica, inmoral) que en Cataluña impide toda discrepancia, hasta la de los obispos. Pero insisten en que se ha de dialogar con ellos. ¿Sobre qué? ¿Sobre el calendario de imposición de la corrupción moral?
Ustedes, Sres. Obispos, mantienen impertérrito el ademán ante la “Constitución” inmoral y anticatólica del nuevo Estado Catalán que parecen aceptar de buena gana, con la única condición de un pacto y un entendimiento que saben que no llegará nunca por la absoluta incompatibilidad de principios y por el carácter rabiosamente totalitario de ese poder. ¿Debemos entonces aceptar que se abra el camino a todos los sacerdotes, religiosos y religiosas de sus diócesis para que se pongan al servicio incondicional del nuevo Estado inmoral y tiránico que se quiere refrendar contra la mitad del pueblo catalán y contra el resto de España? Me duele profundamente que en su nota conjunta, los obispos de Cataluña no hablen del Pueblo de Dios (que es el que la Iglesia nos confió), sino sólo del pueblo de Cataluña (el medio pueblo de Cataluña que tiene el poder y por el que parecen apostar) elevándolo así a categoría teológica; me duele que no se nombre en ningún momento ni a Cristo ni a su Iglesia y se prescinda del anticristianismo radical de ese “pueblo de Cataluña” que ha profanado ya los símbolos más sagrados de nuestra fe. 
Y resulta sorprendente, Sres. Obispos, que apuesten ustedes por una Cataluña cuyos servicios sociales, tan fuertemente anclados en el progreso que ustedes desean, ofrecen niños en adopción al Lobby LGTB; que apuesten por una sanidad que cultiva el aborto, la eutanasia y la experimentación con embriones humanos; y por una enseñanza que adoctrina ya hoy en ideología de género y en plurisexualidad desde la educación primaria. De momento, han conseguido ostentar la tasa más alta de abortos -también en hospitales participados por la Iglesia- pagados con dinero público por la Generalitat. Este progreso que ustedes, señores obispos, desean que se promueva, se cimienta en la nueva Cataluña sobre la más deplorable corrupción moral: contra la que ustedes evitan toda crítica; y se quedan en la calderilla de la corrupción económica. ¿De Cataluña? No, del “conjunto del Estado”: que para eso pertenecen a la Conferencia Episcopal Española. La calurosa felicitación de Carles Puigdemont no se hizo esperar.
Podría haber desahogado mi tristeza y perplejidad en cualquier tertulia de sobremesa en una recóndita casa parroquial. Prefiero hacerlo así, públicamente, como ustedes lo han hecho y con la lealtad de aquel que no puede ni debe esconderse, pues no ha dicho nada ni contra la doctrina ni contra la moral cristiana. Sólo he roto el bozal del pensamiento único y he entrado en la arena del ruedo por la puerta que ustedes mismos me han abierto.
Si defienden la legitimidad moral de todas las opciones políticas que se basen en la dignidad inalienable de los pueblos y de las personas, espero que respeten también la mía y de tantos otros, pues ustedes ya se han posicionado con la suya; y que no reduzcan al silencio a los discrepantes, con el argumento de autoridad de la obediencia debida.
Ya sé que la discrepancia contra el pensamiento único se castiga severamente. Ya han visto cómo han reaccionado contra el autobús discrepante. Estoy dispuesto a pagar el precio con que se castiga ésta. La defensa de la verdad tiene un precio, ya muy alto en esta sociedad que galopa hacia el totalitarismo. En la refriega en que estamos, es difícil evitar el fuego enemigo, tan fanático. Por eso daré gracias a Dios si consigo esquivar el fuego amigo. Y me aplico el cuento del cartel de esos reivindicadores del derecho a decidir (sólo lo que el poder decida que podemos decidir):Procura que tu prudencia no se convierta en traición. En mi caso, traición al Evangelio, a la Iglesia y al Pueblo de Dios. 

Custodio Ballester Bielsa, pbro.
Cura párroco de la Inmaculada Concepción de Hospitalet de Llobregat