Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

19 feb. 2018

Impíos

Y en el principio, 
cuando el silencio,
un gran petardazo dio con todo al traste, sacando de un negro agujero el cosmos, las constelaciones galácticas, los planetas azules flotantes, el océano (y las ballenas) y la flora y la fauna y los hombres y las mujeres y los géneros neutros venidos a más desde la ridiculez del estado microbiano hasta el superhombre del nihilismo progresista, de cuya excelencia es, la variante catalufa, su máximo exponente. Durante el proceso -un interminable viacrucis de tropiezos, paradas de extrarradio y falsas victorias blanqueadas mediante la falsificación empírica y la adoración del espectro de la pseudociencia, tan dada a la adecuación del resultado a la paja mental o a obviar el dictamen díscolo para gusto y agrado de la ideología imperante, ya sea en lo referente a la evaluación de los resultados académicos en materia lingüística o en la observación y medición de los cráneos autóctonos de la tribu elegida, únicos e intransferibles como adn extraterrestre montaraz-, mucho lumpen colono quedó exluido de la evolución de la especie elegida, arrojados a la linde del recto camino como escoria desechable. Sin ser tocados por la varita mágica del plan maestro, los no-hombres... los meros símios, eternos aspirantes a una gracia diferente, a una supremacía mundana... vagan por las tierras y los mares y las arenas movedizas de la realidad cruel, con sus ridiculeces históricas, la vergüenza de un legado a olvidar y el martirio de esa página maldita... la número ciento cincuenta y cinco... que sólo un ente como el supercatalufo, tocado por el dedo supremo de la creación petarda, puede erradicara de la faz de la amalgama sobrevenida después del gran adiós del negro agujero primigenio.

16 feb. 2018

La pulga de acero


A veces aparecen en nosotros tales personajes, aunque hiciera muchos que los conociste, que no pueden ser recordados sin sentir cierto temblor interior

14 feb. 2018

Casquería


He de reconocer que mi vida ha sido atípica.
Un frenesí... una ilusión... una sombra... una ficción...
Guardo, en el más angosto cajón de la memoria, muchas instantáneas. Recuerdos. Sorbitos ponzoñosos de nostalgia para el corazón. La antesala de la locura, si es la locura y sus fogonazos en blanco y negro la estancia maldita que con tanto ahínco pretenden esquivar los hombres de hoy, todo sapiencia ellos, todo mancha humana, pringue que flota en la ciénaga de los muertos de la servidumbre.
De todas ellas, en película superocho tirada por Beelzebub con su cámara desechable, la que hoy os traigo a colación es una de mis favoritas. Fue durante el otoño del amor y las flores y el amor libre, durante una escapada a una casita rural junto con mi antigua pandilla, hoy tristemente fenecida a dos metros bajo el suelo. ¡Me veo tan joven... me veo tan vivo, tan apasionado, tan pletórico..! Fue justo después de cenar pan con tomate y embutidos, tras beber algo de vino tinto y darle vida a un par de cigarrillos aliñados cuando, en el sótano del cuchitril, la entrometida -y neumática- pelirroja de turno encontró el libro negro del comunismo -el Necronomicon-, sucumbiendo a la lectura de los principales pasajes, soliloquio que abrió de par en par las puertas del infierno y desencadenó la aparición, uno tras otro, de todos los jodidos demonios habidos y por haber por los siglos de los siglos, amén. Altos, bajos, gordos, podridos de vicios y escasos de virtudes, corruptores de menores, no faltó ni uno... y, armados con uñas recias como garras, dientes de sierra y una fuerza descomunal, en una orgía de sangre y vísceras, fueron desmembrando los apéndices de la pandilla, saltando intestinos, pulmones, corazones y toda la casquería que los hombres y hombras y hombrus tenemos metido aquí dentro, bajo la piel que todo lo cubre.
La saturnal estaba en su apogeo y yo, armado con mi motosierra icónica y dispuesto a vender cara el tesoro vital, soltando dentelladas a diestro y siniestro contra la legión del averno, pringado de sangre coagulada, astillas de hueso y perdigones de saliva histérica, atendiendo a la llamada del maldito diablo, posé para la fotografía que hoy os muestro... ¡miradme qué guapo!... demente esquizofrénico henchido de felicidad en mi lucha a muerte contra las fuerzas demoníacas que querían filetear mi cuerpo serrano.
O tempora, o mores...
Nostalgia, amigos míos. Pena. Mucha pena. Aquellos días, rodeado de lo más mullidos discípulos del Hades, sabía contra quién me jugaba los cuartos -y los cuerpos. Hoy, sin embargo, todo es más sutil, más democrático, el jodido libro negro está por todas partes, se lee en las escuelas, en las barras de los bares, y no hay tontolaba que no lo recite de memoria esperando los cacahuetes de rigor con que ha de premiarles el charcutero vestido de punto en blanco...
... porque los diablos ya no atraviesan la corteza terrestre para desmembrar tu cuerpo y darse el festín padre, sino que promulgan leyes por las que tus vísceras pasan a ser de dominio público en la sociedad del bienestar, órganos a donar en el mercado legal -y obligatorio- de la solidaridad comunal, donde todo es suyo y el pellejo inane, también.
Por si mis fuerzas escasean, deciros que soy Ash Williams, y aún viejo he de vender cara la casquería que tengo aquí dentro, bajo esta piel moribunda.
Venid a por ella, so mierdas.


12 feb. 2018

Canallesca


Iba caminando por el barrio chino, absorto, pensando en lo que siempre dices, María... víbora toda tú... y un perro, al ladrar desde el fondo de la calle, ha obrado el milagro de los panes y los peces, alunizando mi cuerpo desde el espacio exterior de la solidaridad falsaria a este mundo raro que flota y flota y que ojalá en uno de estos vaivenes rebote y explote y sucumba en un enorme big-bang inverso.
Tres ladridos, un jipi perfumado tocando una melodía esperanzadora a la ocarina y a las puertas de los grandes almacenes de corte y confección inglés la rumana gitana amamantando al vigésimo cuarto vástago parido por sus entrañas a la sombra de la gran Urbe del bienestar y progreso y otro mundo es posible.
El pequeño mamón, ya con los dientes buenos aflorando bajo las encías de morado caballo cortado con bicarbonato, vestía pantalón de pana talla equissmall, chaleco de feriante y una bufanda de punto que hubiera hecho las delicias de todas las costureras aficionadas que se curan la soledad dándole calceta al virgo todos los sábados a la hora del café en las sobremesas al uso entre la generación mejor preparada de la Historia de España. La madre, temporal o a tiempo completo, ¡vete tú a saber, María!, miraba a la mancha humana que deambulaba frente a su parada de beneficencia, agitando un roído cartón en el que había escrito, en la más sobada de las lenguas oficiales que pululan por la socarrada piel de toro, lo mucho y mal que la había tratado la perra vida, a ella, que tanto sufrió y luchó y padeció durante los tiempos de la guerra civil, magna epopeya siempre al alcance de la mano de todo paria terrestre... o foráneo... que anhele una medallita civil de reconocimiento democrático.
¡Dame algo, chaval!, me ha dicho la tipeja clavando su pupila hechicera en mi pupila díscola. ¡Dame pá que mi churumbel coma!, repite una y otra vez mientras el pequeño de los huevos negros, sin soltar la ubre que lo amamanta, escudriñándome con sus rayos x de infamia picaresca, se sonreía del pobre imbécil y su culpable misericordia arreciada a la sombra del sofá del salón comedor.
Como te decía, lagarta, iba pensando en la conversación que me has dado durante el desayuno, maldiciendo el sinsabor que has conseguido que me causara el último cruasán de la fleca de la plaza real -el que querías para ti pero que, viendo mi sano egoísmo, has decidido atravesar en mi gaznate con tu prédica solidaria del tres al cuarto-, y recordaba a los niños que protagonizan tus lastimeros relatos pudriéndose de hambre sin bocadillo en el recreo, las conmovedora abuela sacrificando la morcilla en sus lentejas en beneficio del nieto que llora, desnutrido, los pobres que trabajan con sus manitas pequeñitas puliendo las camisas de las balas en el tercer mundo o las siete veces a la semana que deben de comer salmón ahumado los pobres diablos para que la puta mierda de oenegé en la que trabajas no los incluya en esos informes de pobreza estructural con los que os descolgáis ante los medios de comunicación tú y ese jefecillo tuyo... sí, sí, el gafapasta... el modernillo molón folla-niños, sí, sí... modernillo de mierda con camisa alcampo, barba de tres días y aire de Indiana Jones reconvertido en turista solidario que habla así, con acento impostado y palabrería hueca como tu sesera, guapa.... y miraba al chaval mamón, a su arrendataria y la ubre interminable a la que se aferran tantos y tantas y tantus, y la vorágine de miseria e infamia me ha hecho alunizar en el mundo real... real y raro... donde el llanto de los niños desgraciados es la argamasa sobre la que tú y tantos como tú, víbora, habéis erigido el imperio de solidaridad impostada, prostitución galopante y pedofília de uso común.
Venía pensando en tu bazofia de relato solidario, chica, y has hecho que tropiece con ella.

8 feb. 2018

Páramos


Circulaba a lo largo y ancho de las carreteras reviradas del sur español, sector gaditano, entre las barriadas que van de La Linea a San Roque, esquivando la depresión económica, la mísera salud social y la absoluta falta de perspectivas tan características de todo espacio abandonado a la lacra del socialismo-comunismo-perroflautismo. Conducía subiendo y bajando cuestas y despeñaderos, bordeando infinidad de urbanizaciones sin licencia municipal, huertas ilegales, puertos con motoras descansando las largas madrugadas faenando fardos de grifa y farla, un laberinto de calzadas y aceras y farolas sin nada que alumbrar, sin bombillas, plantadas en medio de la nada como islas desiertas en mitad del océano del dispendio de lo público, lo sin-nombre, el todo-er-mundo-é-bueno.
Circulaba, conducía... viajaba a lo largo y ancho del abandonado sur español, dejado de la mano de dios, echado a los brazos del diablo cojuelo de la migaja, el subsidio y el mugriento estado de bienestar de progreso y servidumbre, y a lo lejos veía una enorme peña, espejismo de Puerto Pirata, repleta de bucaneros drakonianos y nelsianos cociendo sus llagas bajo un sol ajeno y saciando sus instintos mediante la rapiña y la infamia, vicios contagiados a los autóctonos, convertidos en prostitutas, bribones y asalta-hospitales para los que la ley dejó de tener importancia el día que expiró el último plan sectorial.
Lo vi todo... y la miseria de sus gentes sin ventura.
Vi resignación, cadenas, una horda de pacientes... una mancha humana pringosa, un millón de pobres de espíritu... engullidos por la ciénaga.