Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

18 dic. 2016

Sin novedad


El Capitán General del Ejército José Moscardó a las pocas horas de abandonar el Alcázar de Toledo.
Tras dos meses de asedio, por su propio pie, salía victorioso.
Atrás queda una fortaleza de gruesos muros derruida en su mayor parte mediante el uso, y abuso, de las bombas, los petardos y las minas de tropecientos mil kilos. Entre sus paredes la muerte, el hambre de los civiles que allí se refugian de la trampa de ratas de la cheká, el hedor proveniente de la inquina que se exhala afuera, más allá de los muros, donde los asaltantes se relamen los labios como hienas ante la presa cercada. Atrás queda, también, un hijo asesinado por los paladines de la guerra buena, esa guerra que no es tan perra si enarbola la bandera de la democracia del Padrecito de los Pueblos, la única que las legiones de miserables que tanto profesan la paz del corral -o del cementerio- estarían dispuestos a librar... desde sus sofás, por supuesto... pues el enemigo es España, la inmortal idea de España, cuyo recuerdo debe ser borrado de la memoria de los hombres en esta nueva Era surgida de los acordes de la cannábica guitarra del arcoiris lennonista que, como un fantasma, recorre Occidente.
Derruido, como el Alcázar de Toledo, el sentido de su eterno martillo, su la afilada espada, la luz todopoderosa que ha iluminado el destino de tantos antepasados heroicos... su fe y honor y dignidad y deber y orgullo.
Han transcurrido ochenta años desde los hechos. Los tiempos han cambiado, pero las hienas siguen ahí, relamiéndose, famélicas, y cada día son más si atendemos a la cobardía de muchos, el desinterés de más y la negligencia de todos. La resistencia, sin embargo, mengua, quizá lleguen a ser doce, pocos más, ridículos doce... pero el Alcázar seguirá sin rendirse.
Sin novedad en el frente, Monos.
Aguantad.

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