Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

7 sept. 2016

Origen


... mis miradas se dirigieron al manómetro. El instrumento marcaba una profundidad de seis mil metros. Nuestra inmersión duraba ya una hora y el Nautilus, deslizándose mediante sus planos inclinados, seguía hundiéndose. Las desiertas aguas eran de una transparencia admirable y de una profundidad que no es posible describir. Una hora después nos encontrábamos ya hacia los trece mil metros y el fondo del océano aún no anunciaba su presencia.
Al alcanzar los catorce mil metros, sin embargo, distinguí unos picos negruzcos que surgían en el seno de las aguas. Sin embargo, las tales cumbres podían pertenecer a montañas tan altas como el Himalaya o el Mont Blanc, o más altas incluso, lo que impedía calcular todavía la profundidad de aquellos abismos.
El Nautilus continuó bajando, a pesar de las poderosas presiones que tenía que soportar su casco. Sentía que sus planchas de chapas de hierro temblaban en las juntas, bajo los pernos; sus cuadernas se arqueaban; sus mamparos crujían; los vidrios del salón parecían combarse por efecto de la presión de las aguas. Aquella sólida nave hubiera cedido, sin duda, de no ser porque -como había afirmado su capitán- estaba diseñada para resistir como un bloque macizo.
Al pasar rozando las pendientes de las peñas, pude ver algunas conchas, tales como sépulas y espinorbes vivos, y algunos ejemplares de asterias. 
Pero pronto desaparecieron aquellos últimos representantes de la vida animal, y por debajo de las tres leguas el Nautilus rebasó los límites de la vida submarina, como lo hace el globo que se eleva en los aires hasta más allá de las zonas respirables de la atmósfera. Habíamos alcanzado una profundidad de dieciséis mil metros -cuatro leguas- y los costados del Nautilus soportaban entonces una presión de mil seiscientas atmósferas, es decir, ¡mil seiscientos kilogramos por cada centímetro cuadrado de su superficie!
-¡Qué situación! -exclamé-. ¡Recorrer estas regiones profundas a las que el hombre no ha llegado jamás ¡Mire, capitán, vea esas rocas magníficas, esas grutas deshabitadas, esos últimos huecos del globo donde ya no es posible la vida! ¡Qué ignotos parajes! ¡Lástima que no podamos llevarnos de ellos nada más que el recuerdo!
- ¿Le agradaría llevarse algo mejor que el mero recuerdo? -me preguntó el capitán Nemo.

...

Tengo ante mí una copia positivada de aquel negativo. En ella se distinguen esas rocas primordiales que jamás han conocido la luz de los cielos, los granitos inferiores que forman los poderosos cimientos del globo, grupas profundas excavadas en la masa pétrea: perfiles todos de una incomparable pureza y cuyo trazo terminal se destaca en negro, como si lo hubiera pintado el pincel de algún maestro flamenco. Y en el fondo un horizonte de montañas, una admirable línea ondulada que compone los últimos planos del paisaje. Me resulta imposible describir ese conjunto de rocas lisas, negras, pulidas, en las que no se aprecia ni musgo, ni manchas, y cuyas formas se recortan extrañamente y se apoyan con solidez sobre la alfombra de arena...

Veinte mil leguas de viaje submarino, de Verne

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