Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

1 may. 2015

Beneficencia


Pronto no serán más que una mota negra difuminada en el horizonte.

Huyen, montados en su carreta. Son los García alejándose, poniendo tierra de por medio entre Villafuego y el destino incierto que aguarda al final del trayecto. Tras una década deslomándose en los patatales y los olivares, de sol a sol y con la única compañía del botijo Braulio de 1'5 litros, trabajando sin horarios, sin capataces, sin contratos ni derechos de ningún tipo, cobrando al final del día y volviendo a su casa dando un paseo de varios kilómetros por los verdes valles, ha llegado el momento de partir hacia la próxima estación que tenga agua en el abrevadero.

En Villafuego... aquí... aquí ya no queda nada para él.

Nadie podrá decir que no acudimos al chamizo que hacía las funciones de casa de los García, a tres leguas de la calle mayor, cargados de buenas intenciones y con un plan que podría atenuar las penurias de la familia durante estos años de depresión que está sufriendo el país. No es mucho... ¡somos tantos quienes padecemos el gran crac!... pero con previsión, paciencia y constancia, la ayuda que le ofrecieron las autoridades habría podido calmar la sed de sus chiquillos o la delgadez de la esposa.

El padre se levantó, iracundo, exclamando que no era él hombre que implorase beneficencia ni ayudas bañadas en lágrimas, mientras, entre gritos y aspavientos, arrojaba las desmembradas sillas del porche por encima de nuestras cabezas, que mirábamos la reacción de aquel ser aterrorizados. Vázquez, el carnicero que preside el consejo, intentaba calmarlo explicando que no era beneficencia, nada de eso, más bien un subsidio, un derecho... el resarcir de una deuda... No sirvió para nada. Peor, incluso. El hombre enloqueció definitivamente, sacando espumarajos por la boca mientras repetía que él no tenía deudas con nadie... ¡jamás, y nadie pondrá en duda mi buen nombre, malditos chupasangres!... arrojando más sillas, y tras las sillas voló la vajilla, y después las mantas, las colchas, los almohadones de plumas, y poco más, que ese era todo el patrimonio de los García padre, madre e hijo.

Yo me he acercado al puente que cruza el río Flavio al salir de la alameda para verles partir. Muchas cosas de las que tiró el padre han quedado esparcidas por el desolado jardín, ahora más abandonado si cabe. La carreta va ligera de equipaje, y la mujer parece que me ha visto, se gira y saluda moviendo ostensiblemente un brazo.

La mota negra desapareció hace más de veinte minutos, pero sigo mirando a lo lejos, como el vigía que espera atisbar tierra. Los García se han marchado y me han dejado una sensación extraña en el estómago. No sé si será la admiración que destila un hombre valiente, incapaz de claudicar ante las migajas que arrojan quienes desean contemplan el baile simiesco que sus rehenes realizan tras los barrotes, o... y la duda me es insufrible... la mujer y su gesto quienes causan mi intranquilidad, pues lo que se antojaba una despedida ahora me parece una advertencia, una mano afilada que sega un cuello, una profecía sobre una tragedia anunciada que, como la huida de una familia honesta, nadie quiere ver en el pueblo.

Pronto, en Villafuego, no quedará nada para nadie.

4 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Buen relato. Emotivo y realista.

Agustin dijo...

Parecia un fragmento sacado del gran clasico,Las Uvas de la Ira.Menudo talento te gasta chaval,un abrazo,

Herep dijo...

Gracias, don Javier.
Un abrazo.

Herep dijo...

Enorme película, Agustín. De la que ya no se hacen, por políticamente incorrecta.

Un abrazo.