Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

12 abr. 2015

Cooperación bilateral


Este tío de ahí arriba responde al nombre de Aron L. Ralston.

Muchos no sabréis quién es, pero su historia viene al caso de un suceso que ocurrió hará poco más de una semana en las tierras del Mohamed IV, primo hermano del Bourbón gastronómico emérito, y que tuvo como protagonistas a tres espeleólogos españoles que fueron a recorrer senderos del Atlas marroquí. Sus nombres: Gustavo Virués, José A. Martínez y Juan Bolívar Bueno. Este último, Juan, único superviviente de una expedición que culminó en tragedia, con el cañón de Wandas como telón de fondo. Un resbalón, una cuerda de seguridad y un cadáver instantáneo. El otro -triste tragedia- quedó aferrado a la vida mediante un hilo delgado, frágil, que acabó rompiéndose después de una serie de desafortunadas coincidencias catastróficas, siempre parejas a la práctica de cualquier deporte de riesgo.

Vuelvo a retomar la vida y obra de Aron Lee, el barbudo de la foto, inmortalizada para la posteridad gracias a la película de Boyle, donde asistimos a la epopeya del chaval que quedó atrapado en las escarpadas paredes de Utah, sólo con su navaja multiusos mellada, arma blanca con la que, tras una eternidad de agonía y desesperación, serró la piel, los tendones, la carne y el hueso para poder liberarse del abrazo de la roca desnuda.

Todo durante el transcurso de "127 horas".

La espeleología es una afición peligrosa. Muy peligrosa. Adentrarse en las cavidades del planeta Tierra, infiltrarse por las grietas de un planeta demasiado grande comparado con las pulgas homínidas venidas a más, penetrar en las profundidades del misterio con un mono azul, un casco-linterna y un ovillo de cuerdas y pasadores, tiene sus riesgos, Monos, y más si estas excursiones se hacen en lugares remotos como pueden ser las paredes de Utah o los picos del Atlas, desérticos, deshabitados más allá de donde alcanza la vista, todo pasto de cabras, inmensa planicie de matojo, piedra y casas de adobe donde el teléfono es venerado como un Dios todopoderoso.

Los espeleólogos españoles lo sabían. Estoy seguro de ello. Como Aron Lee, eran conscientes del riesgo que acompañaba su aventura... pero, a diferencia de lo sucedido con el montañés useño, nuestros compatriotas eligieron un país del Tercer Mundo (siendo generosos) donde las ambulancias no tienen aire acondicionado ni rueda de repuesto, las heridas se suturan con el cordón de las botas y el boca a boca está en desuso porque no hay sanitario magrebí que deje pasar la oportunidad de meter lengua.

De esta forma se entiende que los equipos de rescate... perdón que me ría... llegaran pasados unos días, que no tuvieran ni pajolera idea de qué hacer para rescatar a los españoles caídos y que José A. Martínez, el espeleólogo herido, muriera después de ser zarandeado junto a la camilla en la que los rescatadores habían tendido su roto cuerpo. Al superviviente, por siempre marcado por la tragedia, todavía le quedaba una bonita caminata de varias horas por las tierras moras, rumbo a lo impredecible, postre último del deporte de riesgo.

Y aquí paz y después gloria... como con Aron Lee, su cuchillo, su muñón y su leyenda.

Ahora bien, como no es oro todo lo que reluce, no podíamos cerrar sin mencionar al Gobierno del Reino de España, una vez más, y el sonrojo y la vergüenza que producen, en El Ejército de los 12 Monos, la cobardía disfrazada de desidia que desprende su actuación en todo este aquelarre... porque el Gobierno de España, sea del color y la forma que sea, jamás alzará la voz en defensa de los intereses de la Nación (y sus hijos) frente al primo hermano del Bourbón gastronómico emérito, no vaya a enfadarse el Sultanito y nos envíe a ese millón de moros que, al otro lado de la verja, esperan órdenes para ocupar las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. ¡Faltaría más! Es mil veces mejor guardar silencio, agachar la cabeza, apretar bien el esfínter y seguir colaborando en la acción humanitaria que se desplaza a bordo de las pateras o entre las ruedas de los camiones que cruzan, día a día, el maldito Estrecho.


Para eso somos "Uropeos", civilizados y solidarios a más no poder.

4 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

No falla. Tal como dices los gobiernos de turno son idénticos en la entrenada BAJADA DE CALZONES ANTE EL MORITO MAGREBÍ.

Agustin dijo...

Aparte de tener una aficion por algo tan peligroso como,la que les ha llevado a la muerte.La actuacion de las austoridades de Marrueco en este asunto es detestable.Un dia me gustaria que le metieran un par de pepinos al palacio del satrapa que gobierna Marrueco,un abrazo,

Herep dijo...

Me espanta pensar el motivo de esta complacencia con el Sultancito, don Javier, aunque me puedo hacer una idea de las razones, todas pésimas.

Un saludo.

Herep dijo...

El Sultancito es ese primo del emérito gastronómico, y ya sabemos cómo es de permisivo con la familia.
De los pepinos, hombre, el patio se le está revolviendo un poco, así que haría bien preocupándose de sus asuntos y reforzando sus alianzas.

Un saludo, neozelandés.