Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

9 may. 2011

Zona de fumadores


Aplastó el paquete de tabaco con su mano izquierda al tiempo que encendía el último de los cigarrillos, que descansaba firme en sus labios. El click del encendedor eléctrico fue el único sonido que perturbó el silencio de la sala. La llama, la única luz y a su espalda, temblorosa, la sombra de su cuerpo, se mostró por un segundo… tan sólo un instante.

Las esencias humeantes que se colaban a través de su garganta fueron minuciosamente degustadas, saboreados los matices, mascadas las briznas… pero el sentir de Ruth no prestaba atención al festival que agitaba sus papilas gustativas. No. Ruth estaba concentrada, y mientras exhalaba ese humo caliente, se sentía fuerte, capaz… preparada.

Ante sí se dibujaban tres puertas. Tres barreras se presentaban ante ella en forma de metal, plástico, cristal y madera… guardando un incierto destino tras de sí. Todas la conducirían al mismo punto, la transportarían por los mismos parajes y, en cada una de ellas, la senda terminaría de igual formal, bajo sus pies descalzos. Pero el modo de andar el camino… de asfalto o tierra… alicatado de baldosas amarillas, incluso… sería diferente en base a la elección realizada. Necesitaba, tan sólo, el tiempo justo para fumarse un pitillo.

La primera puerta, grande, enorme, fuerte… era la situada más a la derecha. Era toda ella una puerta de doble cuerpo, contrachapada en su mayor parte y de grandes bisagras negras. La base de madera era casi inidentificable gracias a innumerables placas de hierro y remaches puntiagudos, casi afilados al tacto, que se observaban por doquier, aunque sobresalía por encima de todo la majestuosidad de las aldabas, una en cada hoja, en forma de cabeza de león, que aumentaban la sensación de poderío que emanaba de ellas.

Era La Puerta del Padre.

Ruth sabía qué encontraría detrás de ella. Una vida severa, curtida, marcada por el imperativo y la orden. Sabía que su humor se endurecería hasta alcanzar la calidad de aquellas vetas de hierro que cruzaban a lo largo y ancho la madera. Aquella senda sería la de la prohibición, la rectificación forzada y el sentimiento de culpa. La senda que aparecería delante de ella, si dejaba la puerta atrás, sería dura y severa. Encontraría gritos a cada paso, viéndose obligada a mirar siempre al frente. Sin despistes… sin pérdidas de tiempo… vigilada. Pues esa era la puerta de la jerarquía severa, de dientes prietos y puños ensangrentados. La puerta del camino vallado y el empujón constante.

Si tomaba el camino de la derecha, Ruth sabía que alcanzaría su destino… aunque dudaba que pudiera alcanzarlo de una pieza.

Tú no. Viviría en una jaula.

La segunda puerta, situada a la izquierda de la anterior, era igual de grande, pero no tenía un aspecto tan agresivo… más bien todo lo contrario. Estaba construida entremezclando el aluminio con el plástico y, en dos ventanitas, arriba, tela con puntilla. Mucho más ligera a la vista, destacaban varias mirillas en cada uno de los dos cuerpos, perfiladas en un rojo rosáceo, contraste evidente pues toda la puerta era de un blanco inmaculado. El color de las mirillas, y el brillo del picaporte dorado, eran las dos únicas notas discordantes en aquel lienzo pasado a puerta.

Era La Puerta de la Madre.

En ésta también conocía Ruth cómo iba a desarrollarse el trayecto: era el camino de la vida fácil, plácida, cómoda. Una senda protectora y conformista, sin asfalto a seguir, ni tierra… sin baldosas, amarillas o no… donde la meta inalcanzable no intente ser alcanzada… creyendo sentir cómo la vida se le escapa entre los dedos, sin la fuerza suficiente para cerrar la mano, a la espera del ente de turno que colme tus necesidades del momento. Marcado por palabras sin sonido y gestos sin movimiento. Teatro amateur al alcance de la mano. Un carácter relativo y una mente flácida, mocosa… Serían mil pasos sin dirección, sin rumbo… sin buscar rumbo… sin necesitarlo, pues el futuro seria un lienzo tal como la misma puerta y donde, tras un borrón, apareciera siempre un mágico quitamanchas, limpiador de ideas, sentimientos y, finalmente, de ella misma.

Era un camino de humo… humo que se esfumaría junto a ella.

Tu no. Amputas mis alas.

Con un fino pero experimentado gesto con su zapato, Ruth apagó la colilla justo caer ésta al suelo de piedra. Inspiró con calma el frío aire de la estancia y cerró los ojos, mientras se iba hinchando más y más su tórax… un segundo, dos… De golpe, con igual calma, expulsó el aire, miró la tercera puerta, y entró.


La tercera puerta era de vieja madera roída por la carcoma.

Y Ruth voló.

2 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Herep,¡genial!. Eres, a nivel literario, mi bloguero favorito, Tal vez porque yo he sido y soy tan sólo una currita de la escritura admiro tu mundo mágico de palabras.
En cuanto al post, yo hubiera elegido la puesta de la madre. Quizás porque desde muy niña me faltó.
Gracias por estos ratos nocturnos y emocionantes,
Un abrazo
Asun

Herep dijo...

Gracias Asun.
Aunque todos tenemos nuestras preferencias, creo que si la puerta elegida es, además, deseada, la decisión será siempre correcta.
Siento tu carencia, pero seguro que la compensas en tus hijos.
Un saludo.