Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

10 may. 2011

Deep Blue Sea


Menos mal que esta parejita de ancianos ha dejado el aparcamiento libre, pues empezaba a cansarme de dar vueltas y más vueltas por este dichoso parking… con este sofocante calor, el jolgorio que se traen los niños y la conversación trascendental que mantienen las féminas. Mira que se lo he dicho a Paquita… pero esta mujer no me hace ni puñetero caso… Coge el todoterreno nuevo, cariño, que vamos cargados¡Deja la furgoneta, hombre, que viene Paloma! Y servidor que agarra el mastodonte para poder cargar los miles de bártulos a menester aunque, claro está, a mayor tamaño, más metros para poder aparcar. Con la furgoneta, ya estaríamos a remojo. ¡Mil gracias, ancianos, pues cinco minutos más y hubiera perdido los nervios!

Abajo todo el mundo. Y todo el mundo bajó: los niños, mi mujer, su amiga del gimnasio y su madre. La comitiva al completo. Lucen pareos ellas y gorras de beisbol ellos, amén de gafas de sol de variadas marcas, pelotas, raquetas y demás bultos. Servidor es el encargado de cargar con las sombrillas… si le da mucho el Sol en la cabeza a mi madre, se nos pliega, Manolo, se nos pliega… Dos sombrillas, nevera bien cargadita y con más variedades que una caja de Surtido Cuétara, bolsas con toallas, riñonera para resguardar la cartera, el diario deportivo bajo la axila y, agarradas con la única mano libre, un par de sillas plegables... Camine, señora, camine¡Hay, no caerá esa breva…!

Listos para un agradable día de playa.

Tan sólo poner un pie en la arena, la suegra se arranca por soleares… Hay, hay, hayyyy..., pues la arena, que arde, se cuela por los agujeros de esas zapatillas de agua que se compró hace una década. Zapatillas de plástico para nada equiparables con las chanclas hawaianas de diseño que lucen mi mujer y su amiga. Imposible comparar, de igual modo, cómo se deslizaban sobre las arenas estas dos Venus de Nilo, y mi suegra, que avanza a saltitos. Saltitos y maldiciones.

La playa está a rebosar de gente y resulta más difícil colocar las toallas que aparcar el Range Rover 3.0 Sport… suerte que la niña es descarada como su madre y, con coquetería, lanza la toalla al lado de un grupito de jóvenes semi albinos que, supongo, deben ser extranjeros. ¿Puedo…?... of course, of course… Confirmado, extranjeros. La familia ya tenemos un circulito para poder montar la paradita. Los jóvenes han perdido parte de la parcela creyendo haber ganado una conquista veraniega. Pardillos. Doña Fernanda, póngase ahí… ahí, ahí… a ese lado… Les ha tocado el gordo.

Lanzo los bártulos, clavo las sombrillas como si conquistara el Everest, despliego la silla, me ajusto las gafas de Sol, me sirvo una lata de cerveza y contemplo el mundo que me rodea sombreado por mis gafas. La playa está llena de gente: ancianos paseando sus varices, parejas jugando desastrosos torneos de tenis-playa, colchonetas coronando olas, niños chapoteando… hay más castillos de arena en la orilla que en toda la meseta.

Protegido por las gafas, me deleito contemplando los pechos que deambulan a mi alrededor. Todas las formas y colores… y tamaños… Bendito topless veraniego… me digo mientras estrujo la lata vacía. Al girarme para alcanzar otra cerveza, veo que mi mujer y su amiga también han aligerado su indumentaria. Tanto gasto en bikinis para tan poco uso. Mal. Mirada asesina de las dos esculturas. Asustado, de reojo, miro rápidamente a mi suegra… pero no. Ella, aunque ruborizada, se mantiene toda bajo su bañador marrón. De todas formas se me han quitado las ganas de mirar. Diez mil euros del ala… y otra vez pechos nuevos. Y nariz nueva… y algo menos de grasa en las nalgas. Maldita Paloma y todos los pájaros de su cabeza… Los jóvenes lechosos vecinos de toalla sí miran el espectáculo. Cabrones.

Los gemelos están enfrascados jugando con la PlayStation portátil. Vaya invento. No levantan la cara de la pantallita ni para secarse el sudor. Son jóvenes aún, pero a veces pienso que no tienen sangre en las venas. Horchata, quizá… bites, megabytes y terabytes, seguro. Acaban de llegar de un viaje a Tokyo gentileza de su madre, por haber progresado adecuadamente el último curso en el Institut Black Rules inglés, sito en calle Salamanca. Un curso que nos ha costado un ojo de la cara y parte del otro… así que ese progreso más bien ha estado adecuado al tamaño de nuestra cartera. Sablazo de estudios… espero que salgan, como menos, jueces del Constitucional. Pero no me hago muchas ilusiones. Chavales, me ha llegado una notificación del bancoeo¿me oís?... eo¿sabéis de qué os hablo?¿las tarjetas?

Pero para quemar tarjetas, la niña. Mirala, mirala… ponte crema, mi Sol, que vas a ponerte como las langostas¡Como las langostas que vamos a comernos esta noche, eh, Paloma!... Sí, síJa, ja, ja… Mal. Ya la tenemos de invitada, a la tiparraca esta. ¡Y langosta, nada menos!... pero mi niña me hace caso esta vez, embadurnándose las piernas y la barriguita con crema protectora factor 50. Ultra protección… y ultra pastón. Tecnología cosmética francesa. Manía de sus fines de semana en Burdeos, donde ahora tenemos un apartamento pequeño, pero coqueto. Pero por lo menos ella conserva el bikini en su sitio… seguramente por culpa del poco busto que gasta. Medio año, tan sólo… Seis meses y, con su mayoría de edad, quedará abierta la veda de la cirugía plástica. Nada puedo hacer. Su madre y Paloma, ya le han presentado al matasanos e, incluso, ha estado circulando por casa un muestrario de pechugas. Ni sabía que existían esas cosas… Mi pequeña se estira sobre la toalla, se conecta el IPod y empieza a navegar por la Red con su IPhone… chateando, o vendiendo su intimidad a precio de saldo en alguna red social.

Creo que me he dormido un rato.

Mi suegra ha estirado un trozo de tela en el suelo y juega a las cartas. Un solitario, a la española. Ella si que está entretenida, bajo sus dos sombrillas. ¿El agua? Ni tocarla. Ni los pies. Está muy fría… ¡vosotros lo que queréis es que me resfríe y me vaya para el otro barrio! Y ahí se queda, sudando como un pollo de granja. ¿Qué hora es? Las dos y media… Buffojalá siguiera durmiendono pillase un mal resfriadono lo pillasen todos

De repente se escucha un ruido atronador, como si se avecinara una tormenta.

BOUM

¿Habéis escuchado eso? Paquita… ¿oye? Ni caso. Sigue hablando con Paloma, recostada sobre los codos en la toalla. ¿De qué habláis tanto rato? ¿Del Club de Campo en el que nos has inscrito? ¿Vuestro monitor privado del gimnasio, quizás? ¿Del reloj de oro que me regaló para nuestro aniversario?... ¡A mí, que nunca llevo reloj!

BRROUMMM…………

Otro trueno. ¿De qué hablarán? Desisto. Ni haciendo el ademán de agarrar un puñado de arena para tirárselo, me harían caso. Lucia. ¿Hija? ¿Hija? ¿Me oyes? Veo los cables salir de su oreja y recuerdo que mi pequeña está en su mundo particular.

BBRRRMMMOOUUMM

Me incorporo medio mareado a causa de la cerveza y el Sol. Los albinos dejan de secarse y miran hacia el horizonte… a lo lejos… Algo se ve a lo lejos. Algo se ve a lo lejosPues ves a ver que es, chiquillo, a ver si haces hambre… Bfff. Bruja loca.

Entonces suena un nuevo rugido y aquellos que observaban el horizonte empiezan a correr hacia el Paseo Marítimo… hacia tierra firme. Bua, colega… ¿Qué pasa? Los chavales han desaparecido de mi vista, distraida viendo correr gente a mi alrededor. ¡Paquita, Lucia… señora! Una de las sombrillas cae al suelo y los albinos saltan sobre ella en carrera, los cien metros sombrilla, mientras huyen despavoridos, asustados. Alguien me golpea en el pecho y caigo… ¡Manolo! ¡Manolo! ¡Vuelve!… me reincorporo… ¿Qué pasa?¡Mira, mira, papa!… miro y aquello que se veía a lo lejos está más cerca… parece… ¡Es una ola, papa!… tiene razón, una ola enorme… Creo… no sé…Papa, papa, vámonos¡Vámonos!… entre la muchedumbre pierdo a Lucía, y descubro quelas gafas de sol tienen un cristal menos. ¡Manolo! ¡Paquita!¡Un castigo de Dios! ¡El señor nos…! Ostias, ahora no, hombre. ¡Abuela, corra, coño!. Agarro a Paquita por el brazo, entre la gente, intento agarrar a su amiga… se me escapa… la veo intentándose poner el bikini… ¡Paquita! ¡Paquita!¡Coge a los niños!¡Vamos!… pero Paquita no puede casi ni moverse y tropieza entre la marabunta… ¡Paquita!¡Escapa!¡Niños!¡Dios mío!No

Y un mar azul, enorme, turbulento… los arrastra. Un Tsunami de 1.000 metros de altura, una pared de hormigón armado… un toro en un rodeo… barre la playa, la urbanización, la ciudad y el país, de costa a costa, de Norte a Sur.

Es el Tsunami azul… azul billete de 20 euros... demoledor... asesino... parusía.

El Tsunami de la Deuda.

3 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Herep "carinyo" ha pagat la pena l´espera. Sabía que aquesta nit vindríes.
Toda la entrada me estaba extrañando mucho, como siempre, magistralmente escrita, ¿pero tú un estlo tan cómico y costumbrista?...¡imposible, algo tenía que fallar...y no me has decepcionado.
Te admiro porque yo sólo sé contar las nimias cosas del día a día, soy incapaz de imaginar algo tan desconocido como un tsunami.
¡Herep qué grande eres cuando escribes!
Por cierto, odio la playa: la arena, los guiris, la aglomeración, el olor a humanidad tostada vuelta y vuelta.
A mí dame una montaña verde, fresca y solitaria.
Felicitats, gràcies i bona nit amic meu!
Asun

José Antonio del Pozo dijo...

Hola, Herep: me encantó sobre todo la primera parte, costumbrista, con buenos detalles de observador, con una visión caústica y muy mordaz. Congratulations
Saludos blogueros

Leona catalana dijo...

Muy bueno, excelente costumbrismo e impactante final.

Relato aceptado. Muchas gracias por participar.