Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

2 may. 2011

La Roca envuelta para regalo


Historia.

La muerte de Carlos II, rey de España, sin descendencia, desencadenó en nuestras tierras la Guerra de Sucesión por la corona española. Inglaterra se decantó por el candidato de los Austrias, el Archiduque Carlos, mientras que Francia y España defendían el ascenso legítimo al trono de Felipe V, de casa borbónica francesa, tal y como había indicado el rey fenecido en lo que podría ser el mayor logro de su reinado: el testamento. Un testamento basado en la no-destrucción de la corona y el mantenimiento de la integridad territorial, dentro de una Europa que se relamía ante la posibilidad de desmembrar la antigua, poderosa y sempiterna España.

El 4 de agosto de 1704, a mandos del almirante inglés Rooke, la escuadra angloholandesa, tras el intento fallido de tomar Cádiz y Barcelona, pone el pie en Gibraltar en nombre del susodicho Archiduque, derrotando la ínfima escuadra que defendía la plaza y donde crea, desde ese instante, una posición fuerte a entradas del Mediterráneo, aparte de la función de base logística para las fuerzas de Carlos.

Diversos acontecimientos europeos, con muertes reales y típicas conspiraciones de corte, añadidos a las victorias militares por parte de las tropas de Felipe V, como en Villaviciosa o Almansa, hicieron que se acelerase la búsqueda de un acuerdo entre las potencias para finalizar las hostilidades a nivel europeo, y la guerra en España. Finalmente, y tras renunciar al trono de Francia, Felipe V de Borbón, es coronado Rey de España.

En la Paz de Utrecht, firmada en 1713, Inglaterra tomó en su nombre la posesión de la plaza gibraltareña y de la isla de Menorca. Al poco serían expulsados de la isla balear, pero aún siguen en la Roca, convirtiendo el peñón en base de piratería y contrabando desde la puesta en tierra del primer pie inglés, hasta los días de hoy.


Ficción.

La carta está sobre la mesa, blanco crudo, cerrada… muerta. Tal y como fue entregada, hace ya varios días, pero con el sello lacrado roto. Aparece cerrada, pero el contenido es bien conocido por todos los de la casa. La nota que guarda el sobre, de escasas letras, es clara y concisa: se trata de la invitación a la boda del príncipe William y Kate Middleton.

La boda del heredero de la Corona Inglesa.

Cerrada, sobre la mesa. Ajena al huracán que ha desatado en casa.

Y no es poco, no… pues la invitación tan sólo habla de los regentes y herederos. Tan sólo estamos invitados la reina, los príncipes… y yo. Pero, ¿qué más da? ¡Cómo si fuera eso lo realmente importante! ¡Lo que priva mi sueño! ¡Mejor que seamos pocos! Así no habrá esa turba de chiquillos revoloteando entre las piernas y no tendré que preocuparme de qué cara pone mi hija a la cuñada y demás tonterías. ¡Para corretear o cotillear estoy yo ahora! Antes, quizás…

La princesa ha sido la primera en mostrar su entusiasmo. Dice que será un gran acto social… “un real acto social”, como dice mientras se va poniendo de puntillas, lentamente mirando hacia el cielo. Le gustan estas cosas, a la chica. La moda, el cotilleo… una reina de corte… Me dice que no entiende las preocupaciones y cavilaciones que me asaltan al anochecer, con el reposo, y me insta a animar el semblante y ver las cosas como son. Sin sacarlas de contexto… “un real acto social”

La reina ya está más resabiada en estos temas, la pobre. Son muchos años dando la cara y apretando esta mano aquí, recibiendo esa reverencia allí… escuchando miles de veces esa pieza de aquella orquesta en este nuevo teatro… viajes, fotos, charlas… vida de reina, pero cansada al fin y al cabo. Ya no dice nada… “Sí, cariño… creo que es lo correcto”… Y yo me desvelo intentando adivinar qué significado tiene ese creo. Demasiados años sin obtener resultados.

Y el príncipe. Caso aparte, pues en él veo la mueca de la duda. Creo que durante estos días ha reflexionado mucho sobre el tema. Supongo que desde el mismo momento en que planteé la idea, pues no creo que dicha reflexión brotase espontáneamente de su mollera en el caso de no haberla expuesto yo mismo. Piensa en el país y las repercusiones internacionales. Sopesa los pros y los contras. Advierte los beneficios y los inconvenientes… y ahí sigue, el pobre… sin mojarse nada más que los deditos del pie. ¡Qué gran Rey de su tiempo, este hijo mío! Perfecto en los tiempos modernos… fofo… edulcorado… relativo… Muy ducho en sapiencia, pero falto en gallardía.

Y he de reconocer que la questión, las bajas presiones que siembran el huracán de la cavilación, no es baladí, pues sopeso fuertemente la idea de no asistir al acto. No por desavenencias entre las familia o por tenerle especial desprecio a los miembros de la corona inglesa, sino por dignidad patria y porque hay que colocar varias cosas en su sitio.

Y una es Gibraltar.

El soportar la existencia de una colonia extranjera dentro de nuestro territorio, en pleno siglo XXI, es un desagravio infame. Más teniendo en cuenta que el colonizador es amigo y aliado: OTAN, Unión Europea… Sin contar la defensa y apoyo que hicimos, junto a ellos, en el asunto de la intervención militar en Irak. ¿Y todo para qué? Pues para que se nos sigan subiendo a las barbas. No hay día que no me informen de alguna injerencia… alguna provocación, burla o agresión a la Guardia Civil… movimientos de tierra para ganar terreno al mar… apropiación ilegítima de aguas territoriales… pirateo… contrabando… blanqueo de capitales…

Y chulería. Chulería merecida, por otra parte, pues ha sido nuestro propio gobierno el que ha alentado estas posturas para con nosotros. De primeras, abriendo la verja para que ya no se sientan aislados… para que puedan pasearse libremente, a su antojo… agarrando lo bueno de allí, y chupando lo mejor de aquí… De segundas, tratando al pseudo gobierno gibraltareño de igual a igual, como si fuese un Estado soberano como España, o Inglaterra… Hemos sido nosotros quienes aceptamos ese cambio de estatus, cobardemente, por miedo a avivar el conflicto.

Y durante todo este tiempo yo he estado ausente en lo referente al asunto... “Reina, pero no gobierna”, dicen… ¡y ni falta que hace que gobierne! Sí. Lo tengo decidido. Voy a mantenerme al margen de las miradas inquisitoriales de la princesa y me plantaré ante las dudas del príncipe. Hay que jugar fuerte al menos una mano, para poder ganar. ¿El Gobierno? Supongo que pondrán el grito en el cielo y me presionarán para que cambie de opinión. Dirán que tan sólo servirá mi gesto para crear un conflicto donde no hay nada, pues no es una afrenta importante.

Utilizarán el conciliador discurso del tiempo transcurrido. Agua pasada, dirán mientras me dan palmaditas en la espalda. Ratas… son ratas a la carrera ante el menor indicio de naufragio. De ellas no se puede esperar otra cosa que no sean mordiscos. Mordiscos, y peste.

Ya no me queda mucho, así que voy a endosarme la corona, agarrar fuerte el cetro de una maldita vez y defender el pasado, el presente y el futuro de este país del que soy Rey.

Lo siento por el chaval, William, y la morena Kate, que tan poco tiene de inglesa, con ese pelo… pero la decisión está tomada.


Realidad.

2 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡CÓMO ADMIRO LO BIEN QUE ESCRIBES HEREP! ¡Y TAN DE ACTUALIDAD!
PERO SIN CAER EN LO MANIDO, TRILLADO...
HE DISFRUTADO DE VERDAD ¡Y APRENDIDO TAMBIÉN!
¡Enhorabuena "again"!
P.D.Se me han disparado las mayúsculas pero no lo corrijo para dar más enfasis...
Asun

Herep dijo...

Gracias, Asun.
Una historieta que me vino a la cabeza viendo el bodorrio inglés por la TV... con su reina y todo esa fanfarria...
Me vino a la cabeza Juan Carlos... y tuve que cambiar a Bob Esponja.

Saludos blogueros.