Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

17 may. 2011

El cebo de las sardinas


He esperado a que no brille ninguna luz en la calle para salir de la habitación.

La patrulla de vigilancia acaba de pasar por delante del viejo cine de la esquina, lenta, trazando su rutina habitual y monótona, controlando el cumplimiento estricto del toque de queda. Misión del todo inútil pues nadie se salta el toque de queda en Nueva Valencia. Nadie que no quiera ser molido a palos por los agentes de la Brigada Nocturna.

Aunque ser apaleado hasta la muerte es, algunos momentos, una idea apetecible… liberadora.

Con cuidado, intentando no hacer ruido, cierro la única de las ventanas que da a la calle y me dirijo a la puerta, hacia el rellano de la escalera, cruzando a gatas la habitación, en completa oscuridad, arrastrándome como un topo ciego. No recuerdo cuándo fue la última vez que se encendió la bombilla que cuelga solitaria del techo. En el caso imposible de que la corriente eléctrica volviera a fluir por el edificio, tampoco creo que funcionara.

Diez minutos después de cerrada la ventana, alcanzo al fin la puerta de la habitación. Siete metros en diez minutos. Comprensible, pues he tenido que cruzar la estancia sin tropezar con ninguno de los hombres que duermen acurrucados en el suelo, o sobre cuatro camastros destartalados con mugrientos colchones de paja. En una de las esquinas, vacía, está mi parcelita de suelo, desocupada, junto a otra… también vacía.

La puerta permanece siempre abierta pues la Brigada Nocturna tiene potestad plena para inspeccionar todas las habitaciones del rellano, todos los rellanos del edificio y todos y cada uno de los edificios situados al sur del Muro. No hay nada que los agentes del Ministerio, ubicado en Distrito Este, no puedan hacer. Nada que no puedan hacerte. Tu única opción en caso de inspección nocturna es seguir acurrucado en tu rincón, hacerte el dormido y rezar… si aún tienes fe.

Mi habitación está en la tercera planta. Bajo cada uno de aquellos escalones a tientas, en la más completa oscuridad, agarrado al pasamano como si fuera mi vida en ello, pues la escalera, tal y como pasa con el firme de la habitación, está plagada de cuerpos adormecidos. Pisar alguno de ellos, despertar a alguien, violar el toque de queda… significaría el fin. Cualquiera de los miserables que descansan prisioneros no dudaría en delatar su salida nocturna y, si la promesa de un mendrugo de pan crujiente o el ofrecimiento de un cigarrillo sale de la boca de algún agente, cualquiera de aquellos peleles se inventará historias dignas del mejor dramaturgo clásico. Historias que me llevarían al paredón.

Todo el edificio era una ratonera donde los hombres descansaban esperando la salida del Sol… o la llegada de la noche eterna.

Pero tengo que salir de aquí. Hace siete horas que he perdido la pista a Maxi. Me dijo esta mañana que había recibido una citación para acudir al complejo ZP Ind. y todavía no ha vuelto. Espero que esté bien pues si algo le sucediera creo que me volvería loco. El viejo de Maxi ha sido un gran apoyo para mí. Sin él haría mucho tiempo que habría muerto, desganado de vivir, sin nadie con quien hablar… Con ese viejo se podía… no... Con este viejo se puede hablar de cualquier cosa… de música, de libros… incluso de mujeres sabe algo, el viejo verde…

Nos conocimos hace cinco años, creo... no estoy muy seguro pues el tiempo pasa demasiado despacio confinado entre tantas paredes. Él se presentó un día en la habitación y, apartando con el pie las pertenencias de uno de nosotros, se hizo un hueco, dejando caer su cuerpo extremadamente delgado. Creo que fui el único de los presentes que deparó en su llegada y en su presencia. El Sol estaba a punto de ponerse y en la habitación seguía reinando la espera.

Las caras de los hombres son todas iguales, en la ciudad. Inexpresivas. Estatuas... recuerdan las grises y viejas estatuas de los cementerios… cuando existían.

Pero yo, según Maxi, todavía conservaba un halo de luz en la mirada. Me lo dijo a los pocos segundos de entrar en mi vida, mientras se descalzaba aquellas botas negras que, tiempo después, supe que había robado a un agente de la Brigada Nocturna mientras se refrescaba los pies en una fuente, al norte, en la Zona Muerta. Maxi me enseñó a ser invisible ante los ojos de los agentes. Me enseñó todo lo que sé, que no es nada, aunque siempre me decía que era más listo que él, más valiente que él y mejor que… bueno, cosas por el estilo… Visitábamos las Zonas Prohibidas que rodean el puerto y una madrugada fuimos a visitar los edificios del Distrito Rosa. Nunca había estado tan cerca de aquellas moles y, cuando las divisé, la desilusión, la pérdida, la tristeza… se apoderaron de mi corazón. El Distrito Rosa era igual que el nuestro… con sus edificios a modo de latas de sardinas, su mugre y su misma oscuridad. El Distrito Rosa no olía a perfume ni se escuchaban cantos angelicales en sus calles. Todo aquello que había escuchado siendo niño, era mentira.

Una vez en la calle, aquellos edificios quedaban lejos, al oeste… pero ZP Ind. está a trescientos metros al este. Trescientos metros solitarios. Corro a escondidas, entro en los portales para esquivar las luces móviles, siempre con cuidado de no pisar al despojo humano de turno, acurrucado en el portal, descansando en su parcela… hasta llegar a la reja de ventilación del edificio principal del complejo. Trescientos metros recorridos en dos minutos… deprisa, corriendo… expuesto hasta alcanzar la diminuta abertura, agarrarme a ella con las dos manos y colarme dentro de aquella fábrica.

Gateo por los conductos metálicos mientras estos crepitan, lamentando mi peso, hasta que en una sala pequeña, pintada de un blanco impoluto, distingo la figura de Maxi, recostado sobre una camilla blanca y vestido con una túnica del mismo color. No veo bien su cara, pero distingo que algo ha cambiado en sus ojos. Parecen apagados, tristes… llorosos… y yo empiezo a notar una sensación extraña.

Aparto con cuidado la rejilla.

- Maxi, amigo…

Me escucha. Me ve. Saluda… y salto a su lado.

Su mirada vuelve a ser la del primer día, aquella que me escudriñaba mientras se despojaba de los agujereados calcetines, y me siento aliviado. Unas luces distraen mi atención hacia las paredes donde, ante mi sorpresa, se proyectan sin cesar imágenes de pajarillos, agua corriendo por ríos montañosos, inmensas playas desiertas… todo ambientado con una música dulce, relajante…

Maxi se reincorpora un poco y me da la sensación de que ha perdido fuerzas. Le veo más débil… envejecido. Empieza a decirme que no debería estar ahí, que no es mi sitio… y empieza a hablarme de alimentos, de la superpoblación mundial y las epidemias… de antiguas guerras por el agua y la energía… no sé qué líder con no entiendo qué doctrina… Me explica una cosa muy extraña sobre unas élites que viven en Distrito Este… su arrogancia… sus lujos… esclavos… donde dice que sí hay mujeres, que él las ha visto… y algunas llevan enormes lágrimas brillantes colgadas del cuello… Me habla del sufrimiento de la vida… y de la muerte de Dios…

Pero mi cabeza gira y gira, sin escuchar nada de lo que me está confesando aquel viejo decrépito, que no es ni la sombra de lo que fue. Sólo la palabra muerte da vueltas a mi cabeza. Sus ojos, ahora llorosos, me miran, mientras se lamenta por un viejo amor secuestrado en el Distrito Rosa… y me acaricia con su mano, mientras ruega que no me preocupe, que esté tranquilo… que es normal morir... todos son nudos de una misma cadena… y que va a tener una muerte digna… sin sufrir, encerrado en esa celda pura, mecido por la suavidad de la música, intentando recordar esas imágenes de su infancia que tanto se asemejaban a las que ahora se proyectan en las paredes… Que esté tranquilo, pues una vez fenecido lo introducirán en algún tipo de máquina de la que saldrán más de 1000 píldoras verdes… alimento, chaval… alimento… y que así, en el estómago de aquellos que se pudren en las calles, se mantendrá vivo su recuerdo…

- ¡Este es el mejor momento de mi vida, hijo! ¡Estás aquí, conmigo! Estás a mi lado durante estos últimos instantes… has venido a despedirme… ¡Jamás imaginé que moriría acompañado por un amigo!

Mi cabeza ya ha dejado de girar. Los ojos de Maxi están cerrados y hace un rato que no aprieta mi mano. Le doy un beso en la frente y le coloco las manos sobre el pecho.

No, Maxi. Yo no quiero convertirme en una pastilla. Miro mi reloj. Las 00:05h. Quedan cinco horas de oscuridad.

Voy a saltar el Muro.




NOTA. Tras la inspiración de Asun, sencillo homenaje a Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973).

2 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡Herep, QUÉ AMABLE, NO SÉ COMO DARTE LAS GRACIAS!
Me ha encantado la atmósfera que recreas, ya sabes esa es siempre tu "pièce de resistence"...
Me has recordado a Huxley pero con un estilo más minucioso y meritorio en la descripción ambiental...
¡Cómo me gusta leerte!
Fondo y forma armonizados en un texto sin par.
¡Enhorabuena una vez más!
Un abrazo colmado de gratitud
Asun

Herep dijo...

Buenas, Asun
Leí tu entrada y me vino a la mente la imagen...
Gracias por la comparación con Huxley... Un mundo feliz... Bufff... Grandes obras.
Encantado de que pasees por el blog.
Saludos