Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

15 may. 2011

Batalla naval


Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás.
Moby Dick, Herman Melville

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Conversan mientras el barco es mecido por las suaves olas.

No hace aún dos meses se hizo con el barco que ahora fondea, majestuoso, ante Isla Rubí, mecido por el suave oleaje mientras la suave brisa desentumece la madera nueva del casco y el mástil, que se eleva hacia el cielo perdiéndose a la vista. Dos días atrás largaron el ancla ante la Cueva del Tuerto, en una de las calas más bonitas de tan inhóspita isla, alejada del mapa… perdida en la inmensidad del océano.

Aquella ensoñación otoñal… esa imagen mostrada en su placentera mente aburguesada… aquel sueño… todo empezaba a tomar forma.

Con tres o cuatro saquitos cargados de monedas de oro había dejado atrás sus ropajes fastuosos y sus perfumes traídos, expresamente, de Francia para enrolarse en un navío mercante que hiciera escala en Puerto Salvador, donde debería iniciar su tarea: vivir su sueño.

Con información precisa sonsacada fácilmente a los viejos marineros vagabundos que deambulaban por el puerto a cambio de varios maravedís, pudo guiarse por las calles de Fuerte Reina, oscuras y malolientes, transitada tanto por la sombra de las gentes como por la de las ratas, esquivando prostitutas y escorbuto, hasta llegar a la Posada del Tuerto, donde había adquirido la nave… y la no menos espléndida tripulación.

Ahora, en ese mismo instante, ante su vista, se contempla el vergel desierto y los barrancos agresivos de Isla Rubí, la más famosa del gremio, protagonista de cien canciones y musa de igual número de oraciones. Inhóspita, verde, misteriosa… tal y como imaginaba tras escuchar, durante horas, las increíbles historias del viejo Casimiro, el loco pescador de agua salada que tantas veces había tenido que levantar, tras un lento derrumbe ahogado de ron, del suelo de la taberna que regentaba su hermano, allá en Palos. ¡Qué hombre, este Casimiro! ¡Cómo recordaba aquellas historias y se avergonzaba del terror que infundían en su mente infantil! Pero ahora el miedo había quedado atrás. Estaba ante la isla, con su barco, con su tripulación, con sus cañones…

De las dos docenas de hombres que formabas la tripulación, nueve eran oriundos de su Sevilla natal, artesanos madereros con deseos de aventura; cinco eran marineros ingleses, desertores buscados por la justicia para ser colgados en la horca; tres italianos muy vivarachos y nerviosos, amén de expertos en el arte de las interpretación de cartas astrales. Tenían un pequeño apartado junto a la amurada donde revisaban sus planos y notas, discutiendo esta o aquella indicación. Cerraba la tripulación el enorme cocinero samoano, dos críos rescatados de la calle y un destino plagado de hurtos, y dos negros africanos enormes, altísimos, a lo que nadie nunca escuchó hablar, ni tan siquiera en el momento de la firma.

Deambulando por el alcázar se veía, más bien con la luz de la Luna que no de día, al Primer Oficial Suárez. Hombre tosco, malhumorado, borracho y pendenciero, ahora se mostraba relajado, complaciente e incluso simpático. Hay muchos misterios en este mundo y uno de ellos es, sin dudarlo, qué dibuja la sonrisa en la cara del Oficial Suárez. La idea de rememorar glorias pasadas bajo la batuta del nuevo capitán, quizás… el volver a sentir la fragancia y frescor del mar en la cara después de una larga temporada en tierra firme… Un misterio, al fin y al cabo.

Todos los grumetes, españoles, ingleses, exóticos africanos… habían aceptado el envite convencidos a base de ron y golosas promesas: botín. Botín a partes iguales. Habían vendido sus ebanisterías, dejado atrás las fugas eternas y las jornadas de estudio para embarcarse en aquella nave, en aquel barco lustroso, de magnífica línea e imponente quilla, de velamen blanco y puro.

Todo tal y como había imaginado en sus sueños de otoño.

Era capitán del navío Victoria… mejor dicho… capitana. La Capitana Heredia, como era conocida por sus tripulantes. Sevillana, recatada, en edad casadera y con buena dote, había dejado todo atrás para vivir la aventura de la mar. Había vendido sus cuatro pertenencias personales, a escondidas, engañando a sus familiares y realizando, en un acto que arrancaba su sonrisa cada vez que afloraba el recuerdo, el único, pero primero de muchos trabajos de piratería futuros: robar a su padre esos saquillos de oro que habían abierto las puertas de aquella nueva vida. Ahora vestía imponente con su traje comprado a medida en las mismas callejuelas de Fuerte Reina, con aquel fino corsé que disimulaba sus femeninas formas y aquel sombrero alado que recogía su larga y negra melena.

En lo alto del palo mayor, sobre la gavia, una bandera bordada por sus propias manos, ondeaba. La bandera pirata.

… Asia a un lado, al otro Europa… y enfrente…

- Enfrente Isla Rubí, Plumas

……Grrrr….Ggrrr... Isla Rubí… Isla Rubí…

- ¡Piratas!

- ¡Piratas somos, tripulación!

Arriba, en la cofa, el vigía gritaba indicando al Norte donde, tras el acantilado, empezaba a mostrarse un buque viejo, destartalado, roído y sucio. La capitana Heredia, periscopio en mano, observó las pequeñas caras de aquellos marineros desdentados, de barbas a medio afeitar y roídos dientes. No podía observar su indumentaria, pero intuía la semidesnudez de aquellos cuerpos y la abundancia de vendas, pañuelos y parches en cada centímetro de sus pieles. La suciedad de aquellas cuerpos y uñas se le antojaba real pese a la distancia y aquellos ojos, aquellas miradas embrutecidas, criminales, violadoras… Miradas curtidas en cientos de batallas y saqueos que ahora estaban posadas en su navío, en el usurpador del refugio secreto, dispuestos a honrar otra victoria con cicatrices en sus cuerpos.

Aquel navío de velas amarillentas y desgastadas, demostrando una agilidad y destreza inimaginable, a cada parpadeo parecía haber avanzado 10 millas, dirección sotavento, mirada fija en su presa.

Alertadora, infinita, real, una gota de sudor frío se deslizó por la espalda de la capitana Heredia.

Ondeaba la bandera de la calavera. La Bandera Pirata.


2 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Herep:
¡Me has hecho ver una película de aventuras! ¡Riéte de Jack Sparrow!
Una narrativa digna de Stevenson...perdona mi ignorancia pero pensaba incluso que podía ser una traducción.
Desde luego cuando más te luces es en los relatos...
¡Felicidades!
Asun

Herep dijo...

Buenas, Asun
Me alegro de que te gustara!
Es una crítica, a mi estilo, de los piratas Walt Disney que se estilan hoy en día... no los somalíes, eh, que esos no venden!

Saludos, bloguera.