Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

29 mar. 2011

Días pasados


La abuela miraba al nieto, impasible. Contemplaba su negro pelo, heredado de su José. Ahora lucía en una larga melena lisa. Igualita que la de tu abuelo, Guillermo… igualita. Mientras Guillermo comía unas galletas con chocolate que iba sacando de un paquete, la abuela contemplaba forzando la vista la cara de aquel pequeño que tanto le recordaba a su difunto esposo.

Recordaba su infancia, en el campo andaluz, rodeada de olivos y bebiendo agua de un botijo. Recordaba las verbenas que organizaban en el pueblo cuando acababan las cosechas y el día en el que su padre partió a luchar. Ella y sus cuatro hermanos nunca comieron las galletas que ahora rebuscaba Guillermo dentro del paquete. Las galletas se acabaron pronto. Al igual que el pan. Y la inocencia.

En su frente tan sólo las marcas de la desdicha podían haber escarbado sus arrugas. Desdicha ante la pérdida de un hermano en otra de las luchas que acervaron los ánimos de la época y la vuelta de la escasez de galletas. De nuevo la falta de pan y el vuelo definitivo de los sueños.

Una familia maravillosa se presentaba ante la abuela tan sólo con levantar la vista al salón pero no podía apartar la mirada de Guillermo. Esos pantalones relucientes y esa camisa con el cuello brillante. Había conseguido formar una familia magnífica. Una familia normal, con los problemas típicos de esos tiempos. Problemas que ella no acababa de entender, pero su familia era feliz, y la abuela sabía cuánto costaba conseguirla. ¡Hay mi vida! ¿Va a venir Juanillo a jugar a eso de la tele? Otro mocosillo nieto de una de sus amigas de toda la vida. Las amigas del pueblo. Amigas que cada vez eran menos.

Guillermo se sacudía las migas de la camiseta mientras la abuela miraba aquella figura, aquel pedacito de su carne y pensaba qué tendrían que ver sus ojos. ¿Será mejor su vida?¿Reirá siempre con la misma tranquilidad? ¿Tendrán siempre ese brillo sus ojos?

La abuela no entiende los problemas típicos de estos tiempos. Ella ya contempló la marcha de su padre y el telegrama que hablaba de su hermano. Ya buscó en las cajas y lavó al amanecer en el río. Conoció la penuria y se encontró, de golpe, con los seiscientos en las calles y las escaleras mecánicas en los edificios.

Cuidado en la calle, Guillermín… que hay gente muy mala. Su nieto desaparece de sus ojos y ella, aun con personas a su alrededor, está sola. Se recostará en su butacón, cerrará los ojos y verá a su marido. Su pelo negro y su sonrisa eterna.

Y comerán galletas.

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