Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

13 feb. 2011

Final alternativo...

De repente se apagan las luces para, un instante después, volver a encenderse con un parpadeo cegador. Esas luces y la música estrepitosa y pegadiza transportan al público a un estado de excitación ya de sobras alimentado por lo trascendental del momento.

Esa paria de maniquíes, engalanados esta noche para la ocasión, luce toda clase de perfumes, lociones, manolos, escotes y americanas. Una simple cerilla prendería la mayoría de las cabelleras naturales o postizas que intentan embaucar a las cámaras para que se paren, ante ellos, un ratito.

La madre del héroe luce erguida, recto el torso y seria la expresión. Luce un buen traje no tan brillante como el de los maniquíes, pero no es esa su función. Intuye lo que se le viene encima, y no ríe. Mantiene los labios apretados y las gotas de sudor que han resbalado por su espalda unos segundos antes de la explosión, le han tensionado todos y cada uno de sus músculos. Está a la espera, igual que el cazador, y la presa es el héroe. Su hijo.

Entre las luces, en el centro del escenario, se encuentra la figura de la presentadora, ataviada con un vestido único y singular: americana-pantalón con una pamela enorme, todo a cuadros negros y blancos, a modo de bandera indicativa del final de la carrera. Resta a la espera de saludar al campeón envolviéndolo en sus brazos mientras el champán aguarda sobre la mesa (el bueno), o se desparrama por los sofás que ocupan los maniquíes (el malo). Nuestro héroe no verá bandera sino tablero, pero ella no lo sabe. Aún.

De repente, entre ese terremoto de luces y sonido, empieza a abrirse la puerta por la que ya todos esperan la llegada del héroe, frotándose las manos y dando gritos de impaciencia y nerviosismo. Una cortina de humo blanco resbala por la rendija cada vez mayor de la puerta y la escena adquiere ya, en todo su conjunto, un cuadro preorgásmico de bebida, luz, música, humo, excitación y sudor. El público ayuda con la percusión, a rabiar, de sus manos.

Y ahí está, ahí aparece nuestro héroe, entre la niebla de humo con su cara de niño grande y sus cuatro pelillos por barba. Sus ojos nerviosos buscan una faz conocida mientras intenta ver a través de la niebla, intentando no caer por los escalones que le conducirán al escenario. Y cuando aún no ha distinguido ninguna cara, ninguna voz, ningún olor… aparece, rápida como la mordedura de la cobra, la madre antes sería, ahora rota por las lágrimas, sin apenas voz, sin pensamientos. Tan sólo tiene besos para él, abrazos de oso y caricias.

Se abrazan. Se miran. Se besan. Se vuelven a abrazar. Se vuelven a mirar. Le dice que se siente orgullosa de su hijo, que no tenga miedo por nada, que es su pequeño, su hombre, su héroe. Él llora y la besa. Llora, besa… y canta.

- Ay, mare hermosa, llena de pena por dentro, por fuera como una rosa….

Su voz es protagonista en un acto eterno que apenas dura cinco segundos, interrumpido por una estampida de familiares que lo abrazan y le acarician el pelo no sin un poco de curiosidad ante el aspecto que ha tomado dentro de la casa. Le pellizcan los michelines que, picaronamente, acaban de descubrir. El héroe, sintiéndose protagonista, les abraza a todos, les besa, les mira…. les canta.

-… si un día me quedo ciego, mis ojos quisieran ver, aquel gran tercio de quites que hicieron Juan y José…

Al instante una nueva turba de fanáticos se lanza sobre el protagonista, cada vez más sorprendido y confuso. En muchos de sus sueños aquellas últimas semanas había imaginado un final como éste, pero ahora, rodeado por la nueva farsa de maniquíes, todo parecía escapar a su control. No recuerda haber soñado estar rodeado de mujeres de tersa y morena piel ni de hombres lustrosos musculados, apenas imberbes.

Pero nuestro héroe permanece atento. Ya han pasado los momentos de debilidad ante el abrazo de su madre y los ánimos de sus familiares. Aquella nueva muestra de cariño por parte de las perchas ha estado de más para él, que espera ya aclararse la garganta con el vaso de agua que acompaña al champán junto a la mesa. Su mente ya está clara.

Como al toque de corneta, la turba de lilas, dorados, blancos y marrones se sienta de nuevo alrededor de la mesa alta donde dos taburetes esperan a sus ocupantes. La presentadora, última en saludar a nuestro as, se acerca a él con gestos lentos de reverencia, mientras le agarra de la mano apretando con fuerza. Se la lleva a la boca para besarla, mientras le susurra, asombrada, lo contenta que está con el resultado final. La enorme repercusión de su triunfo y lo dichosa que es por poder participar en el acto.

Nuestro héroe se deja llevar a su taburete arrastrado por la directora del espectáculo, agarrando el vaso y bebiendo de él mientras sus oídos hacen el vacio a las palabras de su anfitriona. Está tranquilo ya que lo peor ha pasado. La entrada ha sido completada sin ninguno de los inconvenientes que tanto le habían asustado en los segundos de reflexión pasados tras la puerta de entrada.

Y, poco a poco, las muecas que realiza la mujer que tiene sentada delante de él van despertando su atención, agudizando de nuevo sus oídos. Las palabras van empezando a formarse en su mente y la comunicación se activa, de nuevo. Entiende a aquella mujer diciéndole, de nuevo, lo feliz que es ante aquella victoria. Entiende la repercusión que intenta mostrarle la conductora del evento ante el triunfo. El seguimiento y la explosión de alegría, desparramada por todas las calles del país. El triunfo de una idea, de un sentimiento, de una elección del hombre.

Sus viejos ojos van humedeciéndose mientras recuerda los días que han transformado al jovencito tímido, retraído, tradicional, en nuestro héroe contemporáneo. Le muestra los videos donde aparecía ataviado con su indumentaria habitual, hermana de la utilizada durante su primera comunión. Las fotos protagonizadas por aquel joven y varias personalidades políticas del país a las que idolatraba. Bromea con sarcasmo acerca de lo que pensarán sus compañeros de seminario ante el giro radical que había dado a su vida. Insulta y desprecia aquellos valores con los que había entrado a formar parte de la prueba, y que había despedazado sin compasión para llegar a ser el héroe que ahora estaba ante ella. Un hombre nuevo, sabedor de su poder y dictador de su voluntad. Él había enseñado al pueblo cuál era el camino de la liberación. Cómo debía comportarse el hombre, desprendiéndose de su pasado, declarando su elección sexual, su compromiso por lo relativo, la muerte de Dios...

Y las luces vuelven a parpadear acompañadas ya no sólo de la música estridente: una lluvia de papelitos y globos de colores caen del cielo y los maniquíes son los primeros en alzarse para golpearlos unos contra otros. La presentadora, presa del momento, se suma al improvisado partido de volley que se ha formado en el escenario, ante la atenta mirada impasible de nuestro héroe.

De nuevo todos sentados y el conclave en silencio, la presentadora, emocionada, da la palabra ansiosa por escuchar la voz temblorosa de su interlocutor.
Pero nuestro héroe sabe que aquella mujer sigue ya un guión equivocado. Su voz no será temblorosa y, tras una mirada fugaz a su madre para comprobar la tranquilidad de su cara y el perdón que representa su presencia, habla.

Y dice que ganado ya el juego, el juego ha acabado. Les explica que todo lo sucedido dentro de la casa es falso como una moneda de cobre. Narra el plan orquestado desde la puesta del primer pie donde, conociendo las debilidades y prejuicios de sus compañeros, podría actuar en consecuencia para poderse ir deshaciendo de ellos de uno en uno, hasta quedar sólo. Se sincera cuando explica a la presentadora que el papel elegido lo transportaría directamente a la victoria puesto que también conocía las debilidades y prejuicios del público. Sonríe mientras especifica los valores que tan profusamente a venerado la presentadora tan sólo unos minutos antes. Ríe cuando razona acerca de la capacidad del hombre de elegir su sexualidad, o cuando enuncía el valor de la familia, la tradición, la responsabilidad o el honor que, según la presentadora, ha pisoteado para ganar y que, confesada la actuación ahora, tan sólo ha ocultado.

La cara de la presentadora va cambiando a menudo que las palabras van saliendo de la boca de nuestro héroe. Todas las caras van cambiando presas de un contagio digno de la caída de las fichas del dominó. Tan sólo una parece inamovible, con el mismo gesto de tranquilidad, amor, paz y perdón que presentaba hace un instante: su madre, que tampoco cambia el gesto cuando su hijo, nuestro héroe, se levanta impetuoso de su taburete y, dirigiéndose a la cámara mientras se arranca los botones de la camisa, dice:

- ¡Os engañé! ¡Os engañé, ridículos! ¡A todos vosotros! ¡A todos vosotros que pensabais que había abdicado de mi manera de ser! ¡A todos vosotros que creíais que estaba dominado por el miedo y el temor! ¡Os he engañado y me he librado de vuestras patrañas sobre el hombre! ¡Yo soy el hombre del futuro! ¡El hombre nuevo, traedor de esperanza! ¡Yo soy el hombre padre de familia, amante de su mujer e instructor de sus hijos! ¡Yo soy el hombre eterno hijo y heredero de la Naturaleza, mientras que vosotros sois etéreos y finitos! ¡Yo soy el hombre de pelo en pecho!

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