Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

29 nov. 2017

Viernes negro


En Siset lleva desde las siete de la mañana sosteniéndose la cabeza sobre el mostrador del colmado La Cosa Nostra, sito en Calle Paralelo esquina La Fresca, abierto de ocho a ocho, doce horas sin interrupciones, seis días a la semana, que en Siset es muy de ir a la misa dominical que imparte su viejo amigo de pupitre mossén Gallardo, franciscano misionero que impartió doctrina más allá de la India gandhiana, y hay costumbres ancestrales que es mejor no quebrantar.
Durante la tediosa mañana -ahora las agujas apuntan al mediodía- ha tenido tiempo de pasar el mocho por el piso, borrar de los cristales el rastro de las gotas de lluvia que cayeron ayer tarde en la ciudad condal y lustrar con un paño húmedo la magnética piel de las manzanas, peras, naranjas, kiwis, plátanos, sandías y melones ecológicos que vende en su paradita de productos saludables y, hete aquí lo importante en la empresa particular, rurales... autóctonos... de la tierra catalana, es clar... servidos con puntualidad inglesa, todas las mañanas del año, por el payés que baja desde el huerto a lomos de su John Deere ajeno a las retenciones de tráfico provocadas por su lento traqueteo.
Fruta, verdura, legumbres, aceite de la primera prensada, copan los canastos centrales de un establecimiento al que Siset ha dedicado los últimos siete larguísimos años de su vida, y por el que abandonó su plaza de profesor interino de historia medieval en un colegio concertado de las teresianas, aburrido de tanta teoría y deseoso de ponerse manos a la obra en esta gran aventura de crear país.
Un proceso sacrificado el que lo ha traído hasta aquí... hasta este mostrador cuya pulcritud tan sólo se ve alterada por los folletos fotocopiados que publicitan la cerveza artesana destilada por el Sr. Mainat en su alambique casero. Tastila, lee y relee en Siset una y otra vez, y si no fuera por el intenso dolor en el bajo vientre debido a la cata de cebollas crudas con que la señora Rovira intentó endosarle las bondades de su producto... orgánico, sobra decir... ya habría dado buena cuenta de un par o tres de botellines del amarillento brebaje amateur.
Tras un esfuerzo sobrehumano, sólo compatible a su fuerza de voluntad, ha cambiado las etiquetas de los productos. Hay rebaixa del 15% en este divendres negre organizado por él, a su cuenta y riesgo, clara muestra al mundo mundial del innato ingenio para los negocios que tienen los de su ralea, herencia de abuelos y tatarabuelos y demás estirpe del gran árbol genealógico del catalanismo, siempre al quite de la pela, el interés compuesto y la usura, sea aceite de oliva arbequina, kilométricos ovillos de seda con arancel, cepas de cava protegido o tráfico esclavista entre colonia y metrópoli.
Pero nadie entra, Siset, en tu tugurio comercial víctima del gran boicot de la resistencia... y ahora barres, ahora enciendes el transistor para comprobar que el pellizco que te han cobrado en la radio pública del terruño tuyo no ha sido en balde y la sexual voz femenina que elegiste -en modélico y vocalizado nivel c- enumera las virtudes de La Cosa Nostra que expusiste puntualmente en el guión. Ahora miras las tinas repletas de moscatel o vino de todas las cooperativas agrícolas afines a tu imaginario, después posas la mirada nerviosa en las ristras de espetecs que cuelgan de las vigas del techo dándole un aire de masía rural al ambiente y, más tarde, tendrás tiempo para catar el agror de la leche de pura vaca pirenaica, la aspereza del textil manufacturado con código de barras nacionalista, las avellanas, el arroz bomba del delta, el puro café de Mollerusa, la carne de burro aborigen fileteada mirando a la moreneta...
... y no comprenderás nada, fiel Siset, feligrés convencido de la comparsa imaginaria nazional-separrata que ha de convertir el agua en vino, el vino en cava y el cava en Ítaca.
Ahora, apoyándote en tu hueca cabeza, Siset, ves organizando cómo comerte tu miseria, que es mucha, pero nada en comparación con la anchura de tus tragaderas, figura.
Buen provecho.


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