Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

21 jul. 2017

Dura lex sed lex


Le cantaba Serrat* cuando tenía veinte años y una guitarra. 
Mecido por los acordes, con la mirada perdida en el infinito de la nostalgia falsaria que ha podido recopilar un niño de teta, parecía verla delante de mí, difuminada por la imaginación, a la tieta que loaba el vinilo con sus giros a 45 revoluciones por minuto. Joven o vieja, siempre triste y solitaria... más o menos como todos...
... y esta tarde ha vuelto a aparecerse, virginal, mientras bajaba la tata del váter, con su rebeca de fino punto y la media sonrisa resignada en los labios. La permanente es reciente, lleva el fino collar de blancas perlas que le dejó en herencia su madre difunta no hará media vida. Aparecen finas arrugas en el vértice de sus negros ojos. Tacón bajo y cuadrado. La sempiterna falda con la que empezó a pasearse en el despacho donde ejercía de secretaria del Dr. Siset y que, años perdidos después, sigue acompañándola en las reuniones del club de lectura de la biblioteca pública... en las largas noches de invierno de su gran casa en la cima de la colina.
Es domingo y sobre la mesa de la salita aguarda el negro bolso de ir a misa.
La música del vinilo describe un día espléndido, acrecentando el contraste lóbrego de la tieta al deslizarse, con sigilo, por las calles a rebosar de críos que malgastan las perrillas que le soltaron los padrinos. Ladran resabiados perros a su paso. Los jóvenes en edad casadera la observan pasar enmudecidos. Las groserías se han ido desvaneciendo con los años. ¿Pensará que es una lástima? Puede, aunque conociéndola, seguro que restará importancia a otra de las muchas ausencias que han ido creciendo con el paso del tiempo.
No dejaron ni esquela.
Dobla la esquina, dos "bon dia, desconegut; bon día, tieta", mirar a derecha-izquierda en el paso de cebra de la plaza, cuatro escalones anchos, especiales para gente de avanzada edad, y el vacío que dejó el mendigo que acostumbraba a pedir limosna a los bienaventurados feligreses a las puertas del templo, aunque a ella, la miseria cotidiana nunca le llamó la atención, huraña de años y genes. Sólo el nicho y el ataúd, la melancolía de los claveles y los blancos lirios y, ella sí, cuatro letras en una lápida gris para quien quiera leer.
Cosas sin importancia, piensa. Cuatro monedas, cinco...
... treinta de oro para pagar una multa al padre de la patria, dice el párroco al pasar el cepillo recaudatorio entre alabanzas al fundador del terruño, al mesías de esa otra ilusión funesta que la ha acompañado durante su resignada vida no-vivida.
Cuando la aguja enmudezca y el altavoz calle, todo caerá en el olvido.
Así es la Ley.

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* En la Sala X.

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