Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

26 abr. 2016

Luz de invierno


Tenía los ojos verdes, los ojos más verdes que haya visto jamás; el pelo, negro y lacio, la piel blanca, nívea, si creyera en reyes podría presentarse como heredera de sangre azul. La conocí una noche en un garito atestado de humo, sudor y alcohol de garrafa, subproducto típico del litoral de veraneo. «Svitlana», dijo presentándonos una camarera que había observado mi gesto sorprendido, y los quince minutos posteriores a los dos besos en las mejillas los pasé mirándola como si ante mí bebiese, hablase y riera un ángel caído del cielo.
Seco el vaso, salió a la calle, sentose en un escalón y yo, que la hubiera seguido hasta el fin del mundo, me senté a su lado.
-Svitlana. -Ella me miró, dudosa y tímida. Yo pregunté si era extranjera, desconcertado, y hoy esas palabras me hacen sentir un imbécil. Posó sus ojos sobre los míos, venciendo lo que supuse vergüenza, sonrió ligeramente.
- Sí, soy de Prípiat.
Apartó la mirada, agachó la cabeza, murmuró varias palabras incomprensibles.
Pasaron varios segundos, apostaría a que fueron horas, pero volvió a dejarme soñar reflejado en sus ojos verdes. Charlamos toda la noche, hasta los primeros rayos del amanecer, sentados en el escalón de una terraza de bar cutre, propio de la costa mediterránea donde va la gente para pasar sus días de vacaciones tostándose al Sol y bebiendo ingentes cantidades de sangría durante los tiempos muertos en los que no intenta cazar una gacela veinte años menor.
Aquel, pero, no era el caso de Svitlana, la angelical Svitlana, nacida en Prípiat treinta y siete años atrás, cuando la ciudad vivía, el aroma del pan recién hecho recorría las calles y la noria... su imponente noria... mecía los sueños de los hombres, meros microbios venidos a más.
Durante las cuatro o cinco horas que hablé con ella, ninguna imagen de la ciudad que fue acudió a mi mente, no percibí aromas ni me hicieron sonreír los querubines correteando por las aceras, pero días después, cuando regresé al cuchitril donde había encontrado un ángel, la camarera se burló de mí dibujándome tenebrosas escenas de tierra yerma, juguetes rotos y un gris omnipresente corrosivo como el plutonio.
Nunca volví a ver a Svitlana, el ángel ucraniano, sus ojos verdes, el pelo negro, su sangre azul.
Quizá volvió al local un año después, no sé, pero hoy, treinta años después del accidente de Chernóbil, he recordado aquella noche, los quince minutos que pasé embelesado por la belleza más pura que haya visto en siglos, la timidez de quien ha respirado el aroma de la muerte, la duda del que se sabe desamparado...
... porque Svitlana, en su niñez inocente, fue abandonada por ese ente adorado que tantos quieren reconstruir de sus cenizas radioactivas, y no es la energía atómica de uso civil, ¡bendita sea!, sino la URSS de las repúblicas socialistas soviéticas (de Iberia), falsaria y cobarde donde las hubiere, risa de hiena, famosa por esconder los fracasos y camuflar, bajo paredes de papel, una central nuclear impostada en la que enriquecían plutonio destinado a ensamblar las bombas nucleares de un arsenal de ciencia-ficción.
Durante todo el día, leyendo las mentiras oficialistas de la progrez que surgió de los cascotes del Muro de Berlín, con sus ecologistas sandía, el fantasma aterrador del invierno nuclear a la vuelta de la esquina y las centrales nucleares vendidas como bombas a punto de estallar, sufridas una tras otra las convulsiones de la manipulación atroz de los maltusianos del séptimo día, prolijos en el somero arte de la burla y el agravio, duchos en la tergiversación climática o la ciencia física de los neutrones, electrones y protones, sobrevivida la náusea provocada por el testimonio sesgado y la ideología a sueldo de la Bestia...
... hoy, día aciago para la historia de los hombres sometidos a un poder totalitario y criminal...
... he recordado a Svitlana y sus palabras susurradas, ininteligibles.
Quizá, ante tanta infinita tristeza, rezaba.

2 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Preciosa disertación sobre una de las falsedades más camufladas y que al final quedó convertida en tragedia cuasi-perpetua.

Herep dijo...

Como sucede en infinidad de ámbitos, don Javier, no conviene que la realidad estropee un buen titular, una historia moderna, una manipulación interesada. Esta es otra más de la que muchos viven.