Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

8 ene. 2016

Bienvenida, barbarie


Cayo Lucio muerde una uva.
Recostado en el triclinio del jardín, su silueta recorta el atardecer. La escena es perfecta para ser coloreada en una de las tinajas de aceite que habrán de decorar, mucho tiempo después, la sala principal de los grandes museos modernos, pero nadie acompaña a Cayo Lucio: no hay escultores, la familia partió al bazar, no queda nadie... y él, complacido y relajado, medita de la mano de sus pensamientos más íntimos.
El dulzor de la uva es placentero, dichoso, y Cayo Lucio se siente feliz y en paz. Son tiempos buenos, han aminorado los recios vientos, las hordas de bárbaros están tranquilas desde que las legiones depusieron las armas y las murallas fueron hechas añicos como señal de buena voluntad. Pasean ataviados de pieles y barbas y turbantes; con sus cuernos y sus hachas cruzan las calles pavimentadas de nuestras ciudades, observándolo todo con ojos asombrados y desconfiados, en respetuoso silencio, quizá penitente. Las disputas menudean, y casi siempre son ocasionadas por algún liberto dado a la provocación y la desvergüenza dolosa. Incluso las mujeres han aprendido a sacar provecho de las agresivas costumbres de los bárbaros que tanta contrariedad trajeron sobre nuestras conciencias, y ahora adecuan su vestimenta y resistencia según hubieren despertado con mayor o menor voluptuosidad y lujuria.
¡Es tan poderoso, el amor de la carne!¡Tan universal, la ley del deseo!
Desde que derribaron el Templo de Atenea, el jardín trasero de Cayo Lucio ha mejorado en vistas. Arrasadas las columnas, las aguas de la bahía se abren frente a sus ojos, frescas como la uva que sucumbe en su boca. Fue una excelente idea acabar con aquel nido de supersticiones y mundos imposibles. Los patricios como Cayo Lucio se desataron las cadenas invisibles que les impedían realizarse como seres humanos de su tiempo nuevo, e, igual que lograron abrir los ojos a los ciudadanos plebeyos acerca de la insensatez de las vestales, los sacrificios y los juegos, también han de conseguir que las tribus de recién llegados abandonen sus cuevas de misticismo cuyas paredes están repletas de ilusiones pintarrajeadas con la forma de un dios.
No será difícil, piensa Cayo Lucio eufórico. Pan y circo, hermanos, y las ovejas alienadas se sumergirán, virtuosas, en las plácidas bondades de la ciudadanía del imperio.
Respira hondo el verdor de las flores que habitan en el jardín de la villa, mezcla de perfumes venidos de todos los rincones del imperio; azucenas, jazmín, menta y azahar, como hermanas nacidas del mismo tallo, imitando el mundo que se muestra hasta donde abarca el pensamiento de Cayo Lucio, que ahora se ve bailando con efebos del color de los desiertos de Arabia... círculos y más círculos de júbilo y risas... ahora da él, con el siguiente adagio tocará recibir, saltando de flor en flor cual abejita en una primavera infinita.
Al fin han conseguido que el imperio se asemeja al paraíso anhelado. 
Ya nadie es de nadie, no existe más ley que la martilleada por los escribas del consejo sobre tablillas de arcilla. 
Ya nada es de nada, los edificios y las propiedades han quedado huérfanas de particulares, incluso el racimo que sostiene Cayo Lucio con su mano, de tú requerirlo, puede acabar saciando tu apetito gracias a la magia benevolente de la nueva sociedad que han deconstruido con sus obras todos los dóciles buenos salvajes liberados del imperio.
Pero no estás, y es él quien disfruta del esplendor de la tierra labrada, satisfecho cor el resultado obtenido tras tantos sacrificios.
Arroja una uva al interior de su boca, muerde, sus dientes se estremecen.
Este imperio durará mil años, Cayo. Puedes apostar la vida en ello...

... y Cayo Lucio se duerme colmado ante el gran abrazo.