Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

6 ene. 2016

Yes, we'll cry


El silencio en el Cuartel General es atronador. Los Monos, esta mágica mañana, juegan con sus pequeños primates disfrutando de los regalos que trajeron ayer noche sus majestades de Oriente, los Reyes Magos con pene, en nada asemejados a las vaginas republicanas o las pichas flácidas posmodernas que recorren las calles de las ciudades del cambio como fantasmas venidos de otros tiempos y latitudes.
Tradicionales, sus majestades vinieron cargados de bicicletas y triciclos, un telescopio para escudriñar los misterios del firmamento, lotes y lotes de camisetas y calcetines a rayas y un zurrón atiborrado de bombones, golosinas y caramelos que son el sustento del dentista del barrio.
Poca importancia dieron a las recomendaciones de los mamporreros gramscianos del área de la psicología inversa elaborada con la argamasa de los tochos caídos del Muro de Berlín que proclama la variación intrínseca del género del regalo. Nuestros reyes, ancianos con más de dos mil años, no son fáciles de convencer. No entienden estas modas pijiprogres de la bata de cola para el macho y el injerto de mustacho para la hembra.
A los niños, azul; a las niñas, rosa.
A ellas, muñecas... a ellos, pistolas.
Pero don Papá Noel, ese viejo gordo que vive en el esplendoroso norte de la civilización occidental -allí donde florece miel entre los radios de las bicicletas que pueblan sus verdes y limpias calles, los profesores son el vivo ejemplo de la virtud desinteresada y la policía no detiene a los maleantes una vez alcanzadas las nueve de la noche, edén de la progresía universal y espejo de la sociedad lennonista que está por venir-, no tiene tantos miramientos: en sus cada día más amplios y laicos dominios, a bordo de su carro tirado por renos de roja nariz beoda, él es la ley, y su verbo, palabra de gitano.
El títere que regenta la franquicia en tierras useñas, conocedor del fervor que los feligreses profesan al orondo personaje de larga barba y vientre satisfecho, perfecto manual del buen comunista, ha salido a la palestra para obsequiar a la audiencia con uno de sus discursos empalagosos tan típicos de la tragicomedia que los medios audiovisuales pretenden inyectar en vena, seriales propensos a la moral relativista y afines a la crítica marxista-leninista de los males que nos rodean, todos derivados de un fascista y retrógrado antiguo régimen que debe ser superado en beneficio de la utopía.
El títere responde al nombre de Obama, y aunque es negro como el carbón del mediodía, son legión los alelados televidentes de la iglesia del auxilio rojo que siguen a pies puntillas sus sermones aunque estos sean poco más que un canto a la desvergüenza, la manipulación farisea y el envite al suicidio colectivo como civilización.
Armado con su arsenal de buena voluntad de baile de salón, palabras grandilocuentes e imágenes enternecedoras de un gran mañana donde los miembros (y miembras) del género humano jugaremos al corro de la patata y nos reiremos contando las historias de nuestros fracasos al abrigo de una cálida hoguera regada con gotitas de LSD, la palabra de gitano del Papa Negro del decreto ley ha decidido poner coto al negocio de las armas en los USA.
Armado con su arsenal, yes we can ha desarmado el derecho useño a portar armas...
... y lo a hecho entre lágrimas, sollozando desde su atril en el Olimpo de los dioses progres, ese que mantuvo impoluto de ignominia lacrimógena George Washington allá por su Guerra de la Independencia, o los generales Grant o Robert E. Lee durante las afrentas de la Secesión del norte y el sur. No hay noticias de los lloros de Wilson durante la IWW, tampoco de Roosevelt derramando lágrimas en lo más épico de su batalla en el Pacífico ni de Truman al firmar el lanzamiento del petardazo sobre Hiroshima. ¿Tendría tiempo de llorar Kennedy al recibir el balazo que lo fulminó? ¿Nixon al verse atrapado o Clinton mientras era succionado?
Dudas, dudas, dudas... que se convierten en certezas cuando el Papa Noel del Harlem empieza a hablar por esa bocaza que su dios le dio, y ya puede mentir como un bellaco o disfrazar la realidad como un alquimista que sus palabras serán aplaudidas por todos aquellos que creen en el profeta de las bienaventuranzas del "otro mundo es posible". Al amparo de la musicalidad de su verbo, nadie se preguntará por qué existen países con estricto control armamentístico cuyas estadísticas de muertes violentas sobrepasan los índices de los USA o por qué hay países en los que la libertad para poseer un revolver no se refleja en tiroteos diarios en las escuelas o en los cines.
Nadie reflexionarán sobre qué se esconde detrás de una medida que no es tanto por los males de las armas, sino por el control de las mismas... y con él, la privación de la autodefensa al ciudadano de a pie, el escamoteo de su libertad para defenderse frente a la agresión de los hijos de la Bestia, siempre armados, haga frío o calor, habida o no prohibición. Como buenos feligreses aleccionados por las mágicas bondades del Papa Noel de los buenos sentimientos y las lágrimas bondadosas, dejarán su legítimo derecho a entes mayores, al Estado y su violencia amparada, y a vivir que escaso es el tiempo dado y largo el sendero de amarillas baldosas del Reino de (h)Oz (y coz).   

3 comentarios:

Agustin dijo...

Esas lagrimas no sabria como catalogarla,pudieran ser de cocodrilo,o de la humedad donde se dio la rueda de prensa.Una cosa es clara esas lagrimas podria tener un destinatario seguro,los chiquillos sirios,digo yo,saludos,

Herep dijo...

Esas lágrimas son falsas como los trajes de Armani que venden en el mercadillo de mi pueblo los martes por la mañana, Agustín. Publicidad, propaganda y educación sentimental, pilares de la sociedad abocada al suicidio que están construyendo los pastores mientras las ovejas balamos.
Un saludo, neozelandés.

Blogger dijo...

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