Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

30 ene. 2015

Bautismo


La historia de los Pérez no tiene nada fuera de lo común.

Como ellos, en la provincia que habito, puedes encontrar mil familias sin tener que levantarte de la bancada, todos chatos, todos morenos, todos mirándote con esos ojos curiosos pero cansados. Generación tras generación han pisado las calles asfaltadas de la capital, contemplando las arrugas que el tiempo ha ido arando en el rostro de las avenidas y los edificios. Nada escapa al minutero. Tampoco el hormigón, el cristal o el acero.  

Hombres trabajadores nacidos de mujeres todavía más trabajadoras, las generaciones van sucediéndose una detrás de la otra acompañando al inexorable ritmo atómico del reloj con una melodía sencilla y relajante, armonía reflejada en el pentagrama de la Providencia. No es extraño comprobar cómo los oficios han pasado de padres a hijos, los vestidos de novia vuelven a brillar en los jóvenes cuerpos de las hijas, los ancianos meciéndose en la cochambrosa silla del porche de casa, frente al jardín que da a la calle principal. Ahora pasa la viuda del sereno, doña Margarita, apoyada en su bastón de cedro y la anciana que se mece en el porche, dejando la calceta sobre su regazo, la saluda con brío alzando una temblorosa mano artrítica.

Ayer niñas, hoy viejas.
Sin perdón.

El nacimiento de un bebé siempre conlleva reflexiones de este tipo. Unos nacen, otros mueren, y los pájaros se quedan piando. Ayer nació una pequeña criatura en casa de los Pérez y la anciana, que se ve achacosa mientras vuelve a enfocar su cansada mirada entre la lana y la aguja, se ha levantado más pesada, con los hombros más alicaídos, sabedora de que ya es abuela y eso, según reflejan los libros, empieza a ser sinónimo de fiambre. Pronto sus manos sucumbirán a los temblores y se acabarán las bufandas de lana igual que se esfumaron las mantillas el día en que el Dr. Amor le diagnosticó las cataratas. Sólo será un bulto a la espera de que la experiencia, el conocimiento y la sabiduría que ha ido adquiriendo a lo largo de sus rápidos años de vida, una mañana cualquiera al despertar tras un hermoso sueño de infancia, dejen paso a la terrorífica nada de la memoria que se esfuma diluida como niebla bajo el Sol gracias a esa broma macabra que es la senilidad.

Antes de que las lecciones se borren y el conocimiento vital se desvanezca, pero, los abuelos han dado cumplimiento a la tradición. A escondidas ruega a Dios haber tenido tiempo suficiente para realizar el rito iniciático con el que fue bautizado su esposo, y el padre de su esposo, y el padre del padre del padre de... Ruega con fervor a la Moreneta y mañana, cuando vea a su yerno llegar del trabajo, le pedirá que la acerque a la montaña mágica para encender un cirio y rezar en voz baja. Quimet la acompañará a pesar de los reniegos y la maldiciones que acuden a su boca cuando le habla de cosas de curas. Blasfemias que no son más que pura bravuconada de tasca para quedar como un machote con los vecinos. A la hora de la verdad, leal y fiel como un perro. Tradición y costumbre, nada más. Tradición y costumbre para con nuestros antepasados. Él vendrá. Cuando llegue se lo propondrá, y no habrá posibilidad de negativa. Imposible. Además, seguro que entra por la puerta eufórico, con una amplia sonrisa en el rostro, incapaz de decir que no a la honorable abuela. Sus ojos, detrás de las gruesas lentes que humanizan un rostro manchado, vidriosos, mirarán a su esposa anciana arrugada como una uva pasa mientras agita el carné.... ¡Ya lo tengo, Dolors! ¡Ya es socio del Barça!... exultante. El abuelo cumplió la ley no escrita... la ley innata... la ley del silencio que se transmite de generación en generación, impertérrita, sangre viva y vital que alimenta una idea.

El recién nacido está vacunado. Ningún microbio fascineroso podrá apalancarse jamás en su cuerpo. Ya tiene el anticuerpo que todo lo puede y todo lo vence. Alabado sea. 

Y líbranos del mal, amén.

Como dije antes, la historia de los Pérez no tiene nada de especial.
Como ellos, en la provincia, legión.

4 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Preciosa historia por lo sencilla y bien contada. Y con pleno conocimiento de lo que es el avance de la edad en los ancianos.

Qué triste sino el de algunos que terminan con la cabeza perdida y sin consciencia de qué hacen ni con quién hablan. Es terrorífico.

Tengo la sensación de que en otros tiempos no les daba tiempo a los seres humanos a llegar a ese estado porque se morian antes.

Recuerdo que cuando yo era jovenzuelo los de 60 años de edad eran muy viejos. Hoy esa edad es perfecta actividad mental y laboral, y viejos lo son los de 90 años.

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Entrañable, Herep.
Buen artículo

Herep dijo...

Los avances médicos alargan la vida de las personas, pero poco puede hacerse cuando los males se apoderan de la mollera, querido Javier.
Quizá con el tiempo se venderán, pero no se muy bien en qué se habrá convertido la humanidad.

Un saludo.

Herep dijo...

Merci, Enrique.
Saludos.