Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

4 ago. 2014

Io (no) soy Tisona


Esta noche, de nuevo, la pasé en vela... pensando, cocinando mis neuronas a fuego vivo, candente, a toda máquina... sudando la gota gorda a pesar de la agradable brisa mediterránea que corría por los pasillos del Cuartel General. Chorreaba sudor y las sienes me ardían debido a la presión inconmensurable que se apoderaba de esa masa que habita en la cueva cerebral... donde, también, habita el olvido... y que no cesaba de dar vueltas y más vueltas, divagando, preguntándome el por qué de tanto horror, por qué tanta miseria, tanta mugre... tanta nausea... hora tras hora, acompasando el tic-tac del viejo reloj despertador que sustituye un complejo sistema de seguridad que, durante este mes, también se ha fugado en busca de lo que cree unas merecidas vacaciones.

¿La causa? Banal. Esta vez ridícula... y, quizá por ello, terrorífica.

Reconozco, ahora, en la intimidad, que no es la primera vez que me sucede un percance semejante. Culpa mía. No aprendo... pero en mi defensa argumentaré que este fin de semana ha sido complicado, con mucha maniobra campestre y un conato de desembarco anfibio que quedó en nada a causa de un temporal de levante que casi hizo zozobrar la nueva LCM comprada a una Armada que vende sus buques a precio de saldo. Nada, dejémoslo para otro día, dijimos viendo la marejadilla que avanzaba... y de esta guisa, despistado y desorientado el ejército rojo debido al imprevisto, deambulé hasta un chiringuito de esos en los que hoy, con tanto extranjero y tanta divisa fresca, casi que ni caso le hacen a uno, desagradeciendo el gesto de estos 12 Monos que en pleno Invierno, cuando la playa es un solar helado, se gastan sus cuartos en ese mismo antro que ahora nos recibe sin alfombras rojas, limón exprimido en el gintonic o gambas saladas de tapa, como si fuéramos unos parias más... españoles, para más saña.

Llegué, pedí un champú helado, atendí la mirada y la mueca del camarero seboso y añadí, para mis pensamientos, el "cabrón" que tamaña bola velluda se merecía... y...

... despistado...

... mi curiosidad fue a posarse en la pequeña TV que descansa en una esquina, vigilada por la atenta mirada de la suegra del camarero, supongo.

Craso error. Una noche en vela. Ni Belcebú lograría tanto como esa imagen fugaz.

España, mi querida España, está en ruinas, amenazando derribo. Su Historia, vilipendiada y ultrajada, es lo que se ha llevado el viento... y nadie sabe cómo ha sido, o no lo quiere saber. No es la primera vez que nos referimos al tema, y mucho me temo que no será la última. Por aquí han pasado pedazos vivos de nuestro pasado que, ahora, descansan en una cuneta sin Ley de (Des)Memoria Histórica que los saque del ostracismo, condenados al olvido premeditado por todos aquellos que se avergüenzan de un camino único y plagado de milagros. En este país donde antaño no se ponía el Sol, tan sólo quedamos unos pocos que degustamos mirando las piedras que hay esturreadas por la senda común. Pocos, quizá no más de 12 Monos condenados, también, a un fracaso nostálgico del que vive sin vivir en mi... infinita tristeza... rodeados, por doquier, de víctimas del relativismo de todo tipo, sea intelectual, histórico, científico, virtual, moral o animal.

Cien trillones de temas. Mil millones. Saqueo, corrupción, mafias familiares o de partido, una "Transición ejemplar" que no fue más que la celebración del bodorrio de la hija de Don Vito Corleone, donde los padrinos decidieron quién mataba, quién moría y cómo se moverían los árboles para recoger las nueces... con su Rey campechano, sus militares amordazados, los caciques de siempre, ahora con chaqueta de pana, chupando la savia del pueblo de siempre... y los empresarios del monopolio a la par del Gobierno del Monopolio, convirtiendo España en una Marca Registrada, Marca España Margallo, donde cualquier desacato puede suceder. Hemos visto llorar más a los muertos ajenos que no a los propios, maldecir a quienes nos defienden, escupir sobre las tumbas de nuestros héroes, insultar la sangre vertida durante la Reconquista... Hemos visto las putas puertas de Tannhäuser, más allá de Orión, y las hemos cerrado no fuera a jodérsenos la siesta eterna que llevamos pegándonos desde hará un par de generaciones... Hemos visto eso y más que está por venir, pero las pesadillas... el vaivén de las imágenes que te atormentan durante una noche del mes de Agosto, mientras los vecinos disfrutan de sus vacaciones, a voces, a las 02:34h. de la madrugada, dándole que te pego al vino, a las palmas y al pandero del vecino despistado, hoy, se las debo a un pequeño aparato emisor de rayos catódicos, auténtico rayo láser desintegrador de neuronas y masa encefálica.

Así, en un color sepia deslucido, a través de la pantalla minúscula del chiringuito pero a toda potencia acústica, la excelente TV pública española, fiel reflejo de la cultísima Kultura Moderna de los intelectuales de la ceja, la farlopa, la carta (que no es carta) en defensa del pueblo palestino (que no es defensa) o el IVA al 21%.... me parto con eso: ni al 1% me gasto un céntimo con esta podredumbre de casta... emitía una de esas películas patrióticas en las que se da buena muestra de qué es España y qué ha sido en el conjunto de la Historia Universal. En antena, protagonizada por un afeminado Ángel Cristo, la sin par "El Cid Cabreador", dándole un buen repaso a otro de los nuestros, Monos... ¡y viva el vino!

Algunos dirán que, a falta de pan buenas son tortas... pero yo, estas tortas, ni con la mano abierta.

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Los años siguen pasando, y los malos augurios se acercan, imparables, riéndose de nosotros. La recreación de nuestro pasado, el reconocimiento de nuestra gloriosa Historia, no parece más que un inalcanzable sueño que, allá en su poltrona, se ríe de nosotros, pobres desgraciados.

En algunos lugares, en cambio, la Historia es venerada, recuperada, amada y entendida. Sin complejos. Sin vergüenzas. Sin miedos.
Sirva esta galería para disipar, escasamente, nuestra infinita tristeza.

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