Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

6 feb. 2014

Amantes secretos


Con el rabillo del ojo, el Chuches contempla el brillo fluorescente del despertador de la mesita de noche. Las 02:15h. Perfecto. La hora señalada, piensa para sus adentros, esbozando una media sonrisa apenas perceptible en la oscuridad de la habitación. Con cierta gracia, palpa la mesita hasta hallar las gafas y, con la experiencia que da la práctica, se alza de la cama como haría el romántico ladrón de guante blanco del que se enamoran todas las quinceañeras tras aparecer, fugazmente, su rostro en la telenovela de moda de la temporada primavera-verano. La cama, futón japonés de caña de bambú, no emite ruido alguno...

Bien. Estuvo acertada la parienta al elegirlo, sí. ¡Ay, si ella supiera!

... cuando sus ochenta y tantos kilos de peso bruto, embutidos en un largo metro setenta, se alzan de forma grácil, igual que haría la estrella principal del ballet ruso en el clímax del Cascanueces de Tchaikovsky. Un saltito, dos aciertos al clavar los pies en las zapatillas y un rápido gesto con el brazo para recolocar la almohada en posición vertical, completamente tapada con el nórdico de plumas de pato.

De puta madre. El espantapájaros ya está en el horno. Vamos para allá.

Siete metros le separan de la puerta de la habitación, pero el Chuches se conoce el camino de memoria. Tiene localizados todos los obstáculos: el perchero que la tía Ágata les regaló el día de la boda, el biombo del que la doña se encaprichó durante el viaje a México, la cabeza del tigre que descansa sobre el parquet, en forma de felina alfombra... el tocador, con sus cien mil alarmas en forma de frágiles frascos de perfume parisino... A pesar de la oscuridad y de andar con los ojos cerrados, la fotografía de la habitación brilla con claridad meridiana en su mente. Hace bien. De no ser así, un mal tropezón podría dar al traste con su aventura... y la policía, en estos casos, no es tonta. Comprensiva sí, crédula... pero no tonta.

Además, balbucearía... me atascaría, de nervioso, y ella se daría cuenta. ¿Leche, a estas horas? ¿Que no tuviste bastante con el bogavante del convite? No, no... lagarto, lagarto, lagarto... Haces bien, Chuches. Las mujeres tienen un sexto sentido para estas cosas, hazme caso. Por mucho que inventes, su olfato capta el olor a chumino barato a legua y media. No te arriesgues. Tú, si te ves impedido, alarga los brazos, como haría BorisKarloff en La Momia, y tantea, tantea. Todo antes de hacer saltar las alarmas, Chuches.

Al final, el casanovas sigiloso alcanza el picaporte de la puerta, que se mueve sin emitir sonido alguno. Braulio, el sirviente servicial, ha hecho bien su trabajo, acatando la orden de rociar el mecanismo con cuarto y mitad de líquido lubricante. No hay que dejar flecos sueltos. La puerta se abre, el fantasma cruza al exterior, la puerta se cierra... y una mano amaestrada, tanteando con la yema de los dedos, halla el interruptor, haciéndose la amarillenta y cálida luz de la lámpara del pasillo, regalo de... de... bueno, no lo recuerdo bien, pero regalo, al fin y al cabo. Quizá la trajo el presidente aquel de Kenia, el invierno pasado, cuando vino de visita oficial. Alto, delgado, con la mirada bobalicona del que todo lo descubre tras salir del chamizo. Creo que era masai, piensa mientras una sonrisa fugaz escapa de sus labios al recordar los enormes saltos que daba el sujeto, y su comitiva, cuando se firmaron aquellos contratos armamentísticos.

A partir de ese punto, el periplo se torna mucho más fácil. A pesar de los miembros del Servicio Secreto, las cámaras y los detectores de movimiento, el asunto está bajo control. Las fauces de la parienta, una vez fuera de la alcoba, poco pueden hacer. Esos son sus dominios, y los currantes del palacio están bajo sus órdenes. Tan sencillo como indicarles qué cámaras deben sufrir "fallos puntuales", las puertas que deben estar abiertas, cuántas alarmas desconectadas... Coser y cantar, canturrea mientras un cosquilleo familiar empieza a despertar en el bajo vientre, allí donde, hasta hace unos instantes, el Chuches lo creía todo muerto.

La sangre se altera, el corazón bombea con fuerza... bo-bom, bo-bom, bo-bom... los pulmones se cargan de oxígeno puro, moldeándole sus hinchados pectorales como tanto ha deseado esa noche, mientras veía la reposición del capítulo en el que Mitch Bucanan rescata a tres viejas pellejas en Malibú... imagina, imagina, tú corriendo por los ásperos arenales pontevedreses, pechera al viento, gafas Carrera a juego, bañador slip...  y las miradas de las jamonas que se cuecen al sol con las domingas al aire clavándose en tus marcados oblicuos...

Siente un escalofrío de placer. Vuelve, con mayor fuerza, el cosquilleo en los bajos. La adrenalina le supura de tal forma por todos los poros de su cuerpo que bien podría montar una envasadora de testosterona. Soy el Tom Jones español, tías, habría querido gritar a los cuatro vientos, saltando hacia la Luna como hiciera aquel masai keniata... pues se siente fuerte, un toro, un bravo morlaco dispuesto a empitonar todo aquello que se le ponga por delante, sea carne de hombre, pescado de sirena o PH neutro.

En la antigua casa de servicio, utilizada ahora para los juegos de manos de los invitados, el Chuches observa una tenue luz encendida en la sala, a pesar de que las cortinas están corridas. Y ya no puede soportarlo más, impaciente, supurante de amor contenido... locura de amor juvenil... Aprieta a correr hacia la casa baja, de una planta, donde espera el amante nocturno, a la luz de las velas. Aprieta a correr... y el frescor salvaje del césped húmedo le pasa inadvertido... y el brillo de las estrellas curiosas le resulta indiferente... y la Luna, despechada, llora sin lágrimas por aquellas palabras que el Chuches, una maldita noche de verano, le prometió como haría el Don Juan de Zorrilla... lágrimas por lo que pudo ser, y no fue.

La luna soñó un sueño... al igual que Viri... al igual que tantos y tantos, ultrajados una vez perdido el virgo...

- ¿Estás ahí, amor? -susurra el Chuches mientras abre la puerta del palacete del amor adúltero... prohibido... secreto...

- Aquí estoy, osito mío. Esperándote. Esperando para fundirme contigo bajo toneladas de besos, caricias y regalos envenenados, Chuches. Pasa. Cierra la puerta, que no nos vea nadie. Pasa, ponte cómodo. Esta es tu casa.

Suspira... Está aquí, como ayer estuvo el otro lucero que da brillo a sus ojos... y anteayer el otro, faro que ilumina su negra travesía por el mísero mundo de la palabra dada... como la otra noche hizo otro de sus desconocidos amantes... siempre ocultos al zafio vulgo, incapaz de comprender que él, el Chuches, de día, no es más que un cobarde disfrazado de Presidente del Gobierno...

Nacionalistas, dicen, los intransigentes... ¡como si los nacionalistas no pudiesen ser los mejores amantes!


... pero de noche... de noche, a la luz de las velas, es cuando se desmelena... y ama de veras, a escondidas de los flashes y la moral... y es él... y los secretos se tornan realidades.

Sus realidades.


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