Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

10 ene. 2014

El arte de la Guerra


- ¡Soldados!... ¡Levantaos! ¡Alejad los fantasmas, las sombras, las dudas! ¡Haced sonar las fanfarrias y los tambores! ¡Hacedlos gritar fuerte, que su rugido retumbe en todas y cada una de las montañas de nuestra Patria! ¡Corred! ¡No temáis! ¡No dudéis! ¡La Muerte, hermanos, no es el final! ¡Es tiempo de decidir qué tipo de hombres queremos ser!

Con un sonido grave y seco, legiones de hombres valientes se ponen en pie, en formación cerrada, agarrados sus fusiles con ímpetu... y la explanada en la que se asienta el grueso del VIII Ejército Nacional, rompe su silencio temblorosa, quejándose por el peso de la obscena máquina de guerra que allí descansa, nerviosa, hasta que la arenga del Comandante en Jefe pone fin a la duda, la desesperación y el miedo.

¡Sangre!, gritan los veteranos del 3er Regimiento de Morteros, allá en el flanco derecho. ¡Sangre!, responden las unidades de vanguardia, adiestradas en las operaciones especiales de combate cuerpo a cuerpo. ¡Sangre!, se balbucea atrás, en la retaguardia, donde se posicionan las unidades más verdes, recién llegadas al campo de batalla apenas 48 horas atrás, a lomos de una III Brigada Acorazada que, mientras se dirigía a sus posiciones al sur de la línea Alpha-Dog, había trazado un semicírculo para transportar a los últimos pelotones de voluntarios.

Es tiempo de decidir qué tipo de hombres queremos ser, repite el eco parido por las montañas que abrazan el valle...

... y las fotos de las prometidas se guardan en el forro interior del casco tras un fugaz y sentido beso. Quiera Dios que no sea de despedida, aunque la imagen de esa morena lozana, allá en la casa de la pradera, tendiendo sábanas blancas a la brisa del viento de otoño, seguirá unos instantes más tirando del labio superior en forma de sonrisa. Su falda, el carmín de los labios, sus dedos largos y frágiles, de blancas manos y contagiosa sonrisa... Gloria se detendrá mientras el viento hace chasquear las sábanas con el sonido del látigo, perdiéndose su mirada en la profundidad del horizonte mientras se aparta un mechón de su largo pelo del rostro, pensando en su soldadito de plomo, aquí en su guerra... perra, la Guerra... dudando del futuro, del pasado... incluso del presente.

De repente, varios aviones surcan los cielos luciendo el maquillaje de una bandera igual a la que los soldados llevan cosida al hombro. Aves de acero que, con rugido de sabana africana, anuncian tormenta de bombas y balas de 30 milímetros antitanque. Alejad las dudas, exhortan, de nuevo, las bromistas montañas... y la duda se aleja de la mente del soldado Adrián, arrastrada por las turbinas de los bombarderos a reacción, sembradores de muerte, palomas de vientres cargados... y sus ojos se empequeñecen, deseando que el sueño de la mañana con el que azucaró el café pueda cumplirse al llegar la noche, regresado a casa sano y salvo, con el deber para con los suyos cumplido, la cabeza alta, el pecho henchido, la medalla al mérito sobre la repisa de la chimenea familiar, junto a la que ganó su padre... y el padre de su padre...

Suena una corneta, pero el Sargento Magallanes olvidó qué significado tiene el timbre del aviso. Vestido de verde, con la guerrera, el fusil, la bayoneta calada, una 9mm que le regaló su esposa enfundada al cinto... ha perdido toda aquella serenidad que, día tras día, pasea por el cuartel del Regimiento de Artillería.... y no por él, ¡qué va!... Sus huevos están ya negros gracias a cientos de situaciones parecidas que, sus largos años de servicio, le han ido poniendo ante los ojos. Oriente, occidente, arriba, abajo... sus pies han pateado el polvo de los cinco continentes habitados. Los nervios, ahora, nacen de la duda acerca del valor de sus hombres y el comportamiento de estos cuando el azul del cielo empiece a enturbiarse con humos, grises, metralla y sangre.

No temáis, dicen los altos montes... y el Sargento, aguantando hasta la extenuación el aire en sus pulmones, deja de temer.

Mires dónde mires, sólo atisbas a ver soldados igual que tú. Los hay jóvenes, apenas imberbes, y hombres en edad adulta como la fruta madura. Antes en formación, el toque de la corneta los ha puesto en movimiento. Unos avanzan hacia los árboles, otros se atrincheran junto a las posiciones de las piezas de campaña y, a unos trescientos metros a tu izquierda, pequeños torbellinos de polvo y ramas indican que los rotores de los helicópteros de la Aerotransportada se han puesto en marcha.

Los insectos de metal se elevan con un sonido semejante al que tu corazón, acelerado, emite bajo tu pecho... pero la escena te impide degustar su ritmo de bombeo, tener un segundo para ti... para tus pensamientos más íntimos, esos que te hacen viajar siempre a aquella playa en la que pasaste el mejor verano de tu corta vida, donde descubriste el amor, y el dolor de la soledad, entre las cañas del chiringuito y las cañas de aquel barril de cerveza que tú y los tuyos arrastrasteis durante los quince días que pasaste en el paraíso sobre la tierra.

Y se elevan...

Y te recuerdan aquella famosa película de cuyo nombre no quieres acordarte, por horrorosa... por triste... por lúgubre...

... hasta que los sonidos, todos, enmudecen. Los rotores de los helicópteros con sus panzas cargadas de hormigas mimetizadas; los aviones que, como la aguja con la que las madres remiendan los sietes en las rodillas de los pantalones de sus hijos, rompen la invisibilidad del aire que todo lo envuelve; el crujir de las cadenas de los tanques vadeando el pequeño riachuelo que, ajeno al transcurrir de los siglos, muerde la tierra circundante...

... todo resta en silencio, en una última oración interna.

La Muerte, hermanos, no es el final... escupe la cordillera rocosa justo cuando el Comandante en Jefe, mesándose su irrisoria barba, finaliza su arenga postrera. Se ha encendido un puro habano, largo, aromático, semejante al mayor lujo que cualquiera de aquellos soldados haya disfrutado jamás... con todo un pecho cargado de medallas ganadas en el campo de batalla del juego de embustes de la dialéctica política, por mayoría absoluta y abstención de la oposición, deseosa de encontrarse en su lugar. La gorra no le encaja, el uniforme le va pequeño, las botas le aprietan los planos pies y las gafas, de miope empedernido, se le empañan debido al sudor frío que le ataca cuando, la Providencia, obliga a tomar partido.

Corred, piensa el Comandante en Jefe... pero desecha la idea, a pesar del familiar hormigueo en las piernas. Tras su cetro de mando, legión. Legión de acorazados... legión de aviones... legión de buques, si los precisara también, en las costas, esperando... cientos de miles esperan... legión de infantes, legión de artilleros, legión de legiones aguardando la orden en pie, firmes, voluntarios, hechas las paces con Dios.

Legión de valientes.

Cuando de repente, enfrente, tras la línea de un enemigo que podría contarse con los dedos de las dos manos, un grito humano... sin eco... repleto de burla, desprecio y humillación inmortal, exclama:

... ¡Fascista!...

... y el Comandante en Jefe, mordido por un misterioso sentimiento que le envenena hasta el tuétano de la pelvis, tira el estandarte, aterrado por ese fantasma que le persigue, que le encadena en lo más profundo de la gruta que se abre en su mente... cobarde... traidora... rindiendo al VIII Ejército sin mediar tiro alguno... sangre ninguna... nada. Sólo un tintineo, un repicar sutil de chapas... de medallas que entrechocan las unas con las otras mientras Mariano... nuestro Mariano... corre bajo las faldas de aquellos que, con ojos socarrones, tan bien le quieren y engatusan, sabedores de la fuerza y poder que les da el complejo de tamaño Comandante en Jefe

Atrás, esperando en pie, las legiones.

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En verdad os digo que sé de uno de vosotros que me traicionará. Jesús de Nazaret.


4 comentarios:

Old Nick dijo...

Juajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuaaaaaa
Y
Plasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplas.
¡Con Semejante JEFE SUPREMO Y SEMEJANTES MANDOS, NO PODÍA ESPERARSE OTRA COSA, QUERIDO HEREP!
¡Me Has ALEGRADO EL DÍA Y AÚN ESTOY RIÉNDOME Con ESE FINAL, GENIO!
Me Pregunto Si Habrá Tirado Las "MULETAS" PARA CORRER MÁS Y ALCANZAR La Suficiente DISTANCIA "DE SEGURIDAD"...
Y Me Pregunto Que Habrán Hecho Sus AGUERRIDAS Y "BIEN PAGADAS TROPAS", ANTE TAN "EJEMPLAR COMPORTAMIENTO Y VALOR FRENTE AL ENEMIGO"
Y Me Pregunto ¿Qué EStará Haciendo "EL ENEMIGO" A La Vista De Su "ÉXITO"...
Espero Que Nos Saques Pronto De Dudas MAESTRO De Los RELATOS Y La IRONÍA FINA.
Un Abrazo Y UN Brindis "POR LA VICTORIA FINAL" Y LA ESCOBA DE FUEGO
Y
¡¡RIAU RIAU!!

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Me hago eco de los elogios del Maestro, un texto sorprendente con el regusto amargo del realismo... ¡enhorabuena, autor!
Un abrazo
Asun

Herep dijo...

Preguntas complicadas las que expones, Old. ¿Qué harán las tropas? ¿Qué el enemigo? ¿Hasta dónde llegará, corriendo, el Jefe Supremo?
Preguntas complicadas, sí... aunque, bien mirado, creo que todos conocemos la respuesta. Y desprende cierto tufo a decadencia.
La época de los valientes pasó a la Historia, amigo. Ahora priman más los relativismos y el "donde dije digo..."

Suerte que Asmodeo, y su escoba de fuego, no tienen complejos.

Un saludo y un brindis con buen ron añejo, que todas las penas cura. ¡Riau!¡Riau!

Herep dijo...

Gracias, Asun.
Visto el panorama, sólo nos queda el realismo.

Un abrazo, tarraconense.