Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

23 nov. 2013

Sillas vacías, mesas vacías


Estaba hipnotizado por el fuego, mirando el crepitar de las llamas en la magna chimenea que preside la Sala X del Cuartel General de El Ejército de los 12 Monos...

... y la sangre, roja, empezó a abrazarse al calor desprendido... inflamándose, encendida, hirviente.... mientras, de fondo, disfrutaba de arengas en forma de melodía cantada por jóvenes actores que, delante de las cámaras, representan el papel de aquellos que, años antes, habían vivido aquellas aventuras de entrega y sacrificio donde la parca que mece podía sorprender tras cada esquina... tras cada esquina negra, del color de esta época oscura... Miserable para miserables... todos... Rojo y negro, de hombres enfadados, de tiempos que deben quedar atrás...

... y el hervor del fuego me hace erguirme sobre mis patas, henchir el pecho de aire, mirar alrededor, sentir furia, azuzar el oído... esperando, esperando, esperando la señal... la señal que no llega, el silencio que todo lo embriaga, la Muerte que avanza, inexorable, sonriente ante las comodidades que vamos presentándole a cada paso, ¡Oh miserables mortales desagradecidos!... y nadie canta, y nadie grita, y nadie avanza por la calle... valiente... y los adoquines están todos en su sitio, alicatados con la dura pasta de hormigón que produce, al mezclarse, la indiferencia y la traición encubierta.

Los tiempos no son propicios para los actos revolucionarios... y no volverán a serlo jamás, dejando paso a la Resistencia feroz.

La música me habla de barricadas y franceses orgullosos, con la tricolor al pecho, sucios de mierda como sólo pueden estarlo las gentes trabajadoras... en su pesquero, en su despacho, armados con su tijera de podar o su brocha deshilachada por el uso... Y esos jóvenes sueltan exabruptos por sus bocas, y dan muestras de fuerza, de coraje, de pena y envidia por los camaradas caídos mientras danzan sobre el piso de madera, al son del acordeón, ondeando su bandera aferrados a la cornisa de un tejado roñoso de esclavo... ¡despertaos, miserables!¡acudid a la llamada!... gritan todos ellos, ahí donde estén, disfrutando del placer del que se sabe con el deber cumplido, apostadas las cartas al color elegido, a pesar de la pérdida, que es toda y, al mismo tiempo, no es nada... pues nada tienen... solo su canto y su vida... monedas de escaso valor en el mercado de carne, pero oro en paño para el que la posee... valiente soldado despojado de miserias.

Incluso en la derrota fúnebre ellos ríen recostados sobre el pavimento o sobre las nubes, con mirada condescendiente al que quedó abajo, atrapado entre las cadenas de un mundo que le embriaga de lágrimas, roído por algo que creía odio... asco... un cáncer en la piel... un grano que supura hedor, con posibilidad de extirpación... pero que acabó por convertirse en resignación, pena, vergüenza... infinita tristeza mientras contempla la anaranjada llama que devora el pedazo de encina...

... y la devora como él creyó que sucumbiría la vida toda, entre lametones y apetecibles dedos untados en la más dulce miel que pisaran las abejas... con un futuro en blanco, presto a ser escrito por la pluma que guardas en el bolsillo que se esconde junto al corazón... rojo pasión... con la tinta que caracteriza tu mente... negro realismo... elevándose al cielo una obra de arte, tuya y de nadie más... donde se cumplan todos los deseos y la felicidad no quede rezagada en la red de mentiras que tejen los ojos alrededor.

Red de mentiras, de envidias, de pecados todos... monstruos... falsedades... esclavitudes...

Grita, Hombre que antaño fuiste Mono.

Grita hasta desgañitarte y haz temblar la solitaria avenida por donde deberían desfilar las legiones a paso alegre, con la cabeza en alto, dispuestos a vivir miles de vidas... miles de muertes... miles de "buenas muertes".

Sigue crepitando el fuego, Monos, y las sillas y las mesas están vacías.

Te has despertado de un sueño que creías realidad y ahora, alrededor, nadie canta. Nadie ruge. Nadie clama por ese amanecer que mentan los trovadores de cantina para encandilar a las doncellas. Se esfumaron las esperanzas, los amigos, la música...

Ya no quedan doncellas.

Sólo sombras en las paredes... Fantasmas reflejados en los espejos...

Futuro que arde bajo las llamas.

¿Sientes el canto del pueblo, Herep?

No.

No siento nada, hermanos. No escucho música alguna. No me acaricia la brisa de la mañana y el alba me trae olores acres de naftalina. La ruda injusticia se apodera de las calles, de las aceras, de los portales donde no hace tanto los amantes se besaban a hurtadillas. ¿Qué nos paso? ¿Qué quedó por el camino? ¿Dónde compramos la falsa misericordia que embrutece el aire, las almas, la sonrisa del infante? Miro el fuego que purifica, pero no me responde... soberbio él... dejando que me corroa esta desidia empalagosa.

Mientras, en la penumbra, las sillas siguen vacías. Las sillas y las mesas, vacías... Y no sé si siempre estuvieron así o, por extraño hechizo, quienes anteriormente las ocuparon no fueron más que fantasmas de mi imaginación calenturienta, plagada de momentos del pasado que, como cantan las canciones, siempre fue mejor. En él los sacrificios todavía conservaban su halo, su dignidad, su sentido... su honor.

Hoy, estas sillas y mesas vacías, atestiguan la futilidad de sus ausencias.

Ahora canta Fantine, y entre sollozos me susurra que "soñó un sueño". ¡Cómo nos tenemos que ver, Fantine! ¡Qué miserables, Fantine, creyendo que el mundo volvería a ser excitante, ilusión... y las lágrimas, felices en brazos de ese amor sin fin!

¡Qué lástima, Fantine!

El fuego sigue devorando maderas, la música todo lo embriaga y una borrachera melancólica, fúnebre, va diluyendo las imágenes de esta patria nuestra que se escurre por el sumidero, este futuro nuestro que queda huérfano... lloroso... sin cantos, sin bailes, saqueado ante nuestros ojos inertes, vacíos... quemados.

Miserables todos... pena infinita... ¿Has escuchado, Herep, al pueblo cantar? ¿Lo has visto sangrar? 

Ni imaginarlo puedo, hete aquí la miseria original del sueño soñado.


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