Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

4 sept. 2013

Escudos humanos


Le mira con ojos tristes, rasgados hacia el extremo, extrañados.

Tumbado sobre el satén blanco se pregunta qué sucede, qué está pasando esta tarde de miércoles, por qué se ha visto interrumpida la placentera siesta que lo había transportado más allá de las nubes, hacia los reinos olvidados por los adultos, donde los osos amorosos juegan al corro de la patata y los trenes atraviesan los verdes prados sobre raíles de regaliz negro.

La torre, que hasta hace unos instantes ha sido un remanso de paz y silencio, se ha tornado un torbellino de ruidos, gritos, prisas y celeridades. Los primos que ayer vinieron a disfrutar de la piscina corren escaleras arriba, escaleras abajo, metiendo cosas en pequeñas bolsas de deporte... unas cantimploras con agua, gorras, pañuelos, un par de toallas de mano, gafas de sol, chapas de las colonias... Sus padres, los tíos de la montaña, también preparan sus macutos, más grandes, en los que rebosan los bocadillos de pan con tomate y jamón, tortilla de patatas, fuet... amén de alguna lata de refresco y varios botellines de cerveza bien fría.

- Vamos, Pau... ¡Se hace tarde y todavía tengo que vestir al pequeño!

Su madre le agarra el brazo y lo saca de la cuna como si de una ristra de ajos se tratase. Arruga la nariz y una mueca cruza su rostro. El pequeño viene con regalito. Otro contratiempo más. Ávidamente, Carme lo voltea y le deshace los cierres. Premio. Argggg. El pañal se convierte en una bola y la papelera del cuarto en una cesta de baloncesto. Un par de toallitas perfumadas, talco para que el escozor quede mitigado, unos besos en el suave culito y un pañal nuevo y flamante.

Otro más dispuesto a recibir una caquita de bebé que no es caquita ni es nada.

Se escucha una melodía. Alguien ha encendido el equipo de música... o... no, no, espera... el padre está tocando su aparatejo... esa extraña flauta con la que lo acuna por la noche... titiriti-titirita... La música lo calma, le hace olvidar la siesta robada, la tranquilidad perdida, el amigo oso con el que jugaba a atrapar pompas de jabón. Abajo, en el salón, alguien baila dando pequeños saltitos adelante y atrás.

Mamá lo embute en una camiseta minúscula de color amarillo. Pantalón corto a juego y, en la cabeza, la fina gorra a cuadros azules deja paso a una nueva, roja, de tela gruesa que le cuece el delicado cráneo. 

- ¡Ya está! -exclama la madre cuando el infante está totalmente uniformado-. ¿Todos listos? ¡Pues adelante, hacia nuestro tramo! ¡Nos esperan!

Cochecito, conducción temeraria a cargo del primo fitipaldi, pellizcos en la mejilla... ¡Oh, qué macu, així vestit!... y pequeño trayecto en el autobús en el que rapaz... inocente rapaz... se encontrará con sus compañeros de guardería... la Marta, el Pere, Lluc, María... que, con idéntica mirada dubitativa y resignada en los ojos, contemplarán la indumentaria que hoy, este día de fiesta, les tocó en suertes.

Si pudieran hablar... si Ernesto articulara en palabras lo que está pensando ahora mismo... o Laura, que disfrazada de campesina del siglo XVIII, vocaliza sin que sonido alguno brote de su garganta...

Diez minutos de viaje y medio bocadillo de la organización son suficientes para alcanzar destino. La masa baja del autobús en medio de ninguna parte, bajo un Sol de justicia, rodeados de la más absoluta e inmisericorde de las nadas. Sólo una carretera secundaria, tres árboles muertos al fondo y un pequeño grupo de voluntarios que, diferenciados por su gorra roja y su carpeta de la Asamblea, ordenan directrices a los recién llegados. Tú aquí. Tú allí. Ánimo, ánimo. Va, todos quietos, va. Son las 17:14h. Daos las manos, como buenos hermanos. Hoy haremos historia. 


Y ahí se encuentra el niño de teta, recostado en su cochecito, con su padre a la derecha y su madre a la izquierda. Un poco más allá, sus tíos bajados del monte y allí de donde proviene un pequeño bullicio, sus primos, que cantan a pleno pulmón no se sabe bien qué canción infantil aprendida en las clases de primaria de la escuela pública.

Allí están todos, con el consentimiento y la satisfacción de sus padres.

En primera fila.


Como buenos escudos humanos.


4 comentarios:

Reinhard dijo...

Dejad que los niños se acerquen a mí, dice el profeta Artur.

En fin; en la política siempre hay una obscena utilización de los menores. Recuérdese, al efecto, aquella niña de Rajoy.

Saludos.

Agustin dijo...

Que buena metafora tiene hoy tu articulo,con las juventudes hitlerianas y los cahoros independentistas de Artur Mas y Oriol Junquera,saludos,

Herep dijo...

El recurso a la lágrima fácil, Reinhard. Las imágenes de los niños actúan como la vaselina: con ellas entra cualquier cosa.

La niña de Rajoy, el inglés, las chuches... Valores, como diría el profeta.

Un saludo.

Herep dijo...

Carne de cañón, Agustín.
Es curioso cómo los padres no tienen reparos en ponerlos ahí, en primera línea, sin atender a las consecuencias que ese acto pueda conllevar.

Utópicos en el Jardín del Edén.

Un saludo desde este rincón del Mediterráneo.