Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

30 ene. 2013

Turismo sanitario



Siempre he sido muy aventurero y muy dado a perderme por los rincones más exóticos del Mundo. De esos que, llegadas las vacaciones del mes de Agosto, agarran su mochila repleta con poco más de lo necesario y se lanzan a la terminal del aeropuerto. La terminal internacional, por supuesto, que en España abunda lo cochambroso y todo desprende cierto olor a naftalina que recuerda a sacristías y fiestas de guardar.

Patético, vamos.

Desde el vuelo han transcurrido dos semanas, si las cuentas no me fallan. En mi pisito de Lérida ultimé los flecos que me quedaban por atar y, sin más explicaciones, me dispuse a marchar a La Habana, Cuba… el Paraíso sobre la Tierra, que diría Braulio, mi buen amigo de la facultad, experto en este tipo de lides y originario de la Venezuela del camarada Hugo Chávez. Fue una lástima que él aprovechara los días de descanso veraniego para ir a visitar a su familia a Ciudad Guayana. Podríamos haber ido los dos juntos y, como Braulio ha estado más veces en Cuba, haberme hecho de guía. Pero bueno. No es nada que me quite el sueño, la verdad. Como antes dije, estoy acostumbrado a perderme yo sólo por esos rincones de la Pachamama.

Llegué a mi destino sin mayores complicaciones que las acarreadas por los controles de la Guardia Civil en Barajas… que si no puedes llevar líquidos, que si quítate los zapatos, ¿algo metálico que declarar?... Chorradas. Técnicas imperialistas para sembrar el miedo entre la población y, de paso, quitarles las ganas de viajar y conocer mundo… impedir que vean, con sus propios ojos, cómo se vive más allá de las miserias que aquí nos pretenden vender como maravillas…

En Cuba todo es diferente. La gente, por las calles, te aborda repleta de ilusión y optimismo. Sí, sí… a veces pueden parecer pesados de tan zalameros y pastosos, pero en sus ojos se observa esa alegría ante la vida, esa serenidad y esa paz interior que tan sólo pueden tener aquellos que habitan en el jardín del Edén… y lo saben. Por doquier escuchaba música sabrosona, el grito agudo del metal trabajado por el afilador y el olor a sudor caribeño emanando de las tascas y las cantinas, dominadas por esa oscuridad imposible de lograr por la luz eléctrica.

Entré en La Floridita y me sirvieron el típico ron aguado de media mañana sin necesidad de pedirlo a un camarero que, junto a dos o tres camaradas más, jugaban a los naipes en una de las mesas mientras en un viejo gramófono… espectacular… sonaban canciones de un Silvio Rodríguez en su época más contemporánea. Degusté el brebaje con especial satisfacción fumándome un cigarro que, un rato antes, una mulata me había vendido por “un pavo, guapetón”. ¡Qué lujo, fumar en un garito, no como allí, en España… tierra de prohibiciones!

No había pensado dónde me alojaría porque, como hago siempre, me gusta improvisar… buscarme una pensión barata, hacerme amigo del propietario de alguna hacienda, buscarme una “amiga” que me aloje una o dos noches… prestar servicio a cambio de comida y lecho… cualquier cosa que no implique firmar un contrato, pagar en efectivo, establecer una relación capitalista…

Como todo buen mochilero, vamos.

Así que, armado con mi macuto, me lancé a caminar por las anchas avenidas repletas de peatones y sin apenas coches. Tan sólo, de vez en cuando, cruzaba la calzada algún destartalado Chevrolet de la época del cabrón de Batista haciendo sonar su cómica bocina... Moc, Moc… pero la ciudad apenas se aparta, ebria de esa tranquilidad y parsimonia que domina la atmósfera caribeña. Caminando, caminando, salí a las afueras de la capital casi sin darme cuenta, abriéndose ante mí una inmensidad de campos de tabaco y, esparcidas una aquí, la otra allí, florecieron las viejas haciendas de madera que, antaño, habían sido construidas por los colonos españoles. Enormes casas de madera que habían sido habitadas por ricachones burgueses explotadores y que la Revolución había expropiado para entregarlas al pueblo… a los parias de la tierra cubana… que ahora las trabajaban con sumo cuidado, sin agresiones estériles, siempre atentos a las necesidades de la Naturaleza.

Allí encontraré algún camastro, me dije.

Como no podía ser de otra forma, lo encontré. La hacienda estaba regentada por un matrimonio con dos hijos en edad escolar que me atendieron con total hospitalidad, ofreciéndome comida y techo a cambio de mi ayuda en la recolecta de la hoja de tabaco. Enseguida hicimos buenas migas. El matrimonio, emparentado con unos primos terceros del Comandante Fidel, compartía al dedillo la doctrina de la Revolución y eso nos permitió echarnos unas buenas tertulias políticas al amparo del porche de la hacienda mientras degustábamos ron de caña, saboreábamos los puros que aquella tierra paría año tras año y disfrutábamos de la acuarela que el anochecer de la Flaca regala a la vista.

Echo la mirada atrás y todo aquello me parece tan lejano…

A los dos días, mientras me deslomaba con alegría entre las hojas de tabaco, un mosquito tropical me pegó un picotazo en el antebrazo y yo, rebelde aventurero que había rechazado las vacunas que querían endiñarme en Madrid por considerarlas otra táctica más del imperialismo zafio, me hinché como un globo. Primero, el brazo, que fue, poco a poco, adquiriendo un color violáceo, y después todo yo me fui amoratando al tiempo que empezaba a inflarse mi tronco superior.

Roberto, temiendo que el veneno del mosquito estuviera circulando a toda velocidad a través de mi vena basílica en trayecto directo al corazón, me montó sobre su viejo Ford como si yo fuera otro saco más de tabaco y me condujo, a la máxima velocidad que el carro permitía, al Hospital 10 de Octubre, en el Cerro. Tranquilo, chaval, tranquilo. Respira pausado, me decía Roberto mirándome con ojos impávidos, inexpresivos… como siempre, aunque hasta aquel momento no me había fijado en que estos raras veces coincidían con la sonrisa que irradiaba su boca, como si vivieran ajenos al son y merengue cubanos.

Entré en parada, si no me equivoco… De eso hace dos semanas… sí… dos semanas…

No he visto doctor alguno desde que desperté, hará cinco días. Tampoco ha pasado por aquí ninguna enfermera y el tipejo que tengo a mi lado diría que está fiambre.  Al pie de la cama nada indica qué tengo, qué me picó, qué me están enchufando, vía intravenosa, en el brazo y el mero acto de mirar el tubito de goma, la bolsa de plástico repleta de un líquido que se antoja viscoso y la aguja semioxidada me produce arcadas… ¿por qué me picará tanto todo por dentro?... que tengo que contener porque no puedo levantarme de este camastro cuyo colchón está repleto de manchas amarillentas que adivino orines… y atestado de algo que, doy fe, son chinches. No tengo fuerzas para levantarme y salir al pasillo y la humedad del cuartucho me está calando los huesos… llevándome al tembleque… presentándome la congoja, el miedo… la soledad… la rabia… la duda materialista, histórica… histérica… ¿y este ardor que me corroe las entrañas?...

Sí... me hallo bajo la atenta mirada y cuidado del fabuloso Sistema Sanitario Cubano... tan revolucionario todo él… y sigo en parada.


Parada que se me antoja definitiva.


8 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡Gracias Herep! al principio estaba un poco desorientada, pensaba que había entrado en el blog de Willy Toledo pero me extrañaba porque seguro que él no escribe tan bien como tú, amigo Herep...
Una cosita que hay que reconocer aunque sea a nuestro pesar: mi marido - que es profesor en un gran Horpital - me comenta que los médicos cubanos que llegan aquí huyendo de "la felicidad castrista", tienen una buena formación clínica pero que muchos de ellos ¡¡¡no han visto nunca una ecografía!!!! ¡Ay la tecnología popular que no acaba de funcionar!
En fin, gracias una vez más por un post tan currado y original...
Un fuerte abrazo
Asun

abulto67 dijo...

Recuerdo en una ocasión que conocí a dos cubanos en casa de unos amigos, se pasaron toda la noche hablando de lo maravilloso que era el regimen cubano y que si patatìn y patatàn y que "es que ustedes aquí..." "es que en España... después de oir un montón de gilipolleces y tres whiskys, les pregunte "que si tan estupendo era aquello, porque cojones habían venído a España" no les gustò mucho y en fin...
Me considero un tipo bastante educado y correcto, pero mi capacidad para aguantar pijadas ha ido mermando con los años.
Pensé incluso en cambiar de marca de whisky.....

Tío Chinto de Couzadoiro dijo...

Durante años, amigo Herep, la revolución, que nos vendió las excelencias del paraíso cubano, tenía, como buque insignia, la sanidad. Hoy debe ser otra cosa, sí. Por más que el Comandante se haya llevado allí a su coleguilla venezolano...
Un cordial abrazo.

C.S.Peinado dijo...

Los logros de la revolución cubana se equiparan a los logros de la Unión Soviética y cualquier cosa que huela a comunismo. Miseria, miseria y más miseria.

Un saludazo.

Herep dijo...

No te preocupes, Asun. El tiempo y la lectura me ha hecho inmune al virus "Willy".
Me parece interesante lo que comentas de tu marido y las "prácticas" de los médicos cubanos con las ecografías pero, como podrás imaginar, eso un progre no acabará de creerlo jamás... por mucho que sea portada de El País.

Un abrazo fuerte, tarraco.

Herep dijo...

No encontrarás marca que te ayude en esos malos tragos familiares, abulto67. Cuando empieza la discusión con algún projeta, la razón y los datos objetivos vuelan por la ventana.
Por eso yo apenas discuto con ellos... y mucho menos si son pro-ComAndante!!
Aunque en eso tienes razón... no conozco a nadie que se haya ahogado nadando de Miami a La Habana.
Por algo será.

Un abrazo, campeón.

Herep dijo...

El ComAndante se llevó a su amiguito porque para ellos quedan resvados los áticos de los hospitales, donde tienen de lo bueno, lo mejor... comprado directamente en Suiza, donde tienen el parné, Tío Chinto.
Abajo, en las plantas de los ciudadanos cubanos, queda la mugre y la utopía de aquellos que se creen cualquier cuento revolucionario.

Todo muy parecido a lo que sucedía en la Europa del Este cuando estaba bajo el influjo de la URSS.

Un camelo, vamos.

Abrazos, artista.

Herep dijo...

Miseria al cubo, CS.
Para dar y tomar.
No entiendo a qué esperan los Willis de turno para ir allí a recibir algo de eso que tanto pregonan.

Un abrazo, jienense.