Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

14 ene. 2013

El hombre del rostro de hierro


Todas las mañanas, al abrir los ojos, se repite la misma imagen protagonizada por la tranquilidad de estas cuatro paredes de fría piedra negra, apenas rota por una pequeña grieta a modo de ventanal y la puerta, ridícula y de recios barrotes, también sin cierre. He perdido la cuenta, si alguna vez hice alguna, de los días que he amanecido en mi pequeña suite de lujo cuyo hotel… residencia… ubicación… no llegué a descubrir jamás. Lo único, este cuarto. Esta… esta madriguera, mi celda, un nido…

Me trajeron aquí de pequeño, con apenas diez o doce años, no lo recuerdo bien, hace… no sé… cuando se acabaron las piedras calizas dejé de marcar las jornadas en la pared. Llevaba casi quinientas barritas… pero de eso hace mucho tiempo. Muchísimo tiempo. Me miro las manos y no sabría calcular cuántas primaveras han sufrido, el número de crudos inviernos que han soportado mis huesos en tan húmeda estancia, los tórridos veranos repletos de olores a sudor y orín…

… cuántas generaciones de mis amigas, las ratas…

De fondo se escucha el batir de la mar, a lo lejos, a través de la piedra, en el acantilado. Asomándome al lujoso ventanal, agarrando los barrotes tras dar un pequeño salto hasta la altura de la grieta, se contempla el infinito océano. Azul y más azul, cruzado por el blanco de la espuma cuando sube la marejada. En algunas ocasiones he visto un barco… lo que imagino que será un barco… pero desde hace un tiempo para acá… no sé, no me apetece. Perdí el interés por observar el mundo exterior, decaído, desesperanzado… si alguna vez tuve esperanzas.

Pero, ¿qué es la esperanza? ¿Qué es todo? ¿Qué es qué?

Todo lo que aprendí, lo que me enseñaron, lo que escuché, fue gracias a Colibrí. Me dijo que se llamaba así, Colibrí, y me pareció el nombre más bonito del Mundo. Al menos él tenía un nombre porque yo… yo… ¿Qué es nada? ¿Qué soy yo? Pasaron muchos días hasta que Colibrí se dignara a hablar conmigo. Una mañana, al despertar, me encontré allí, en mi pequeño mundo de cuatro paredes, y él ya estaba… fuera… tras los barrotes… acercándome un puchero con cuatro patatas hervidas y un poco de caldo de apio. 

Mañana, tarde y noche. Subía por una escalera que había al fondo… al otro lado del Mundo… siempre con la cara tapada tras una capucha roja, vestido de negro riguroso, peto de cuero, espada y puñal. Siempre en silencio arrojaba mi sustento, echaba un vistazo al agujero de la fosa, contaba las ratas… pero de pronto, un día, observé que su mirada se detenía un instante, un segundo nada más, en mis ojos… ojos compasivos, deseé…

Ojos que me perdonen, que no teman mirar a este monstruo encerrado en la más remota isla del lejano mar. Hasta ahí había alcanzado mi presidio, desintegrador de mi resistencia… hasta considerarme como un monstruo, una anomalía, un desecho destinado a pudrirse sin recuerdos y sin memoria. Un ser indigno capaz de la más criminal de las atrocidades, capaz de matar a quien lo viera, portador de la Negra Parca… la Peste… encerrado y oculto tras otra insensible capucha, una templada careta… una máscara de hierro… en la que bailaban esos dos minúsculos puntitos negros, mitad asustados mitad asombrados.

De repente, otro día perdido en mi interminable espera, aquella mirada se afianzó sobre siete u ocho palabras. Dos frases… ¡Maldita suerte! ¡Perra vida!... y escuché el hablar, las palabras, algo distinto a los rumores del acantilado. Ha sido la única. Jamás escuché otro cantar. Los siguientes, los carceleros que le siguieron, no hablaron conmigo nunca. Ni una palabra. Ni un estornudo.

Cuando Colibrí murió… no, pensándolo bien, cuando Colibrí consiguió reunir el dinero suficiente para poder marcharse a su casa, junto a su esposa y su retoño, de los que tanto se vanagloriaba y me hablaba en aquellas charlas al atardecer… el silencio volvió a reinar en mi torre. Tan sólo quedó el rumor de la mar… gutural canto de sirena que si al mismísimo Ulises enloqueció, ¡qué no conseguiría de un mísero como yo! ¡Qué no ha conseguido, sino enloquecerme un poco más cada día!

He llegado a odiarla. Moría por encontrarla, pero ahora la odio. Preferiría que jamás hubiera aparecido, que Colibrí no hubiera sentido lástima por mí, que hubiese callado para siempre…

… pero no lo hizo…

… y me habló. Me contó qué era aquel palacio, qué mar me canta, qué es un hombre, qué una mujer, qué un “moribundo vejestorio”, como solía autodefinirse… De él aprendí a distinguir algunos de esos trapos de colores que ondeaban en los palos de los barcos y me explicó historias de cuando él era aprendiz de herrero, en su pueblo. Hablaba, hablaba, hablaba sin parar, como si echara de menos ejercer ese don durante “las noches de los viernes, en la taberna, entre jarras de cerveza helada”… nostálgico de su aldea, de la amistosa compañía, desesperanzado por sentirse inútil…

Y de tanto hablar, una noche, me contó la historia… mi historia, creo, pues no tengo recuerdo de ella, ni imagen, ni sueño… de nuevo nada… Un relato amargo que le había encogido el corazón desde la primera mañana en la que lo llamaron para “el nuevo encargo”: un chaval, un “hijo de”… un buen mozo, demasiado bueno en una familia de lobos, ¡qué digo lobos! ¡Peor que ratas!... cuyos ademanes, valores, palabras…Moral… no coincidía con el credo de la familia, más ladina, más manipuladora, más diabólica… siempre pensando en ellos, en su beneficio, en su superioridad física e intelectual… Y ahí estabas tú, chaval, me dijo, entorpeciendo el Gran Teatro… la última prueba, la misión postrera, la que los jubilaría a ellos, a sus antepasados en sus tumbas y a sus futuros bastardos por los siglos de los siglos*.

Por lo visto yo, mísero de mí, sobraba en todos aquellos planes. Mi presencia los torpedeaba. De un plumazo me quitaron de en medio. Una noche oscura, un asalto a la mansión familiar, un secuestro pactado,  una celda perdida en el ancho del firmamento… una máscara de hierro… y un gemelo nuevo, un hijo nuevo, adoptado genéticamente, parido rápido… a contrarreloj… con el ADN de la familia corriendo por la sangre, siempre presto al hurto, a la puñalada por la espalda, a la traición suprema.

Después de tanto tiempo sigo dándole vueltas al asunto sin acabar de comprender nada. Yo no sabía qué eran los lobos, qué las ratas, de dónde sale el dinero y para qué lo utilizaban esos que no me querían… sigo sin saber qué es un Mercedes, qué un Lotus o un complejo hotelero en quién sabe Dios dónde está Méjico… sin saber por dónde cae Suiza y no sé ni pronunciar la palabra “encriptación”… Según parece no fui del agrado de mis padres por falta de astucia… ¿Colibrí dijo “seny”? … y, decepcionados, me encerraron avergonzados de mi honradez.

Colibrí. Maldigo todas y cada una de sus palabras. No por su significado, que desconozco en su mayoría. No. Las maldigo por quedar calladas, por rasgar una mañana el silencio y volverlo a tejer una vez caída la tarde. Maldigo esas oraciones que quemaron aquel silencio primerizo de antaño, virginal. Las maldigo ahora y siempre… aunque en el fondo las amo… son mi vida toda… mi luz… mis recuerdos verdaderos…

Son míos.


Los viví yo.

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* Amén.

3 comentarios:

Candela dijo...

En fin, Herep, la verdad nada tiene que ver con las fosas de ratas.

Perdida la vergüenza o la inocencia, para ser un buen ladrón hay que venir al Sur.

Herep dijo...

Tienes razón, Candela... el Sur tiene algo mágico, pero el Noreste peninsular tampoco se queda corto en este antiquísimo arte de los "dedos largos".

Un abrazo.

El Fugitivo dijo...

Está muy bien la historia....

Al final he pensado que podría tratarse del único hijo honesto de Pujol, quitado de enmedio para no arriesgar el latrocinio familiar institucionalizado?

Enhorabuena.y FugisaludoS