Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

21 abr. 2011

Muchos kilómetros a las espaldas


Estos días, el etarra Touriño acaba de dejar la prisión de Huelva, donde ha cumplido 24 años por 22 asesinatos.

Tras el huracán que ha provocado el tema de la puesta en libertad del pistolero etarra, algunos se han hecho eco del caso del preso que lleva más años en prisión en esta chirinola de país: el Sr. Miguel Montes Neiro. Lleva una porrada de años de circuito turístico a cargo de Prisiones Españolas, s.l., con todo pagado… comida, lecho… qué más se puede pedir en estos tiempos. Treinta y cinco años de turismo sin playa, eso sí.

Sin delitos de sangre, sin grandes traiciones ni seguimientos al anochecer. Miguel no pasó frío mientras cronometraba el paso de la furgoneta de la Guardia Civil, ni se atragantó con el pincho caliente al tiempo que aplaudía la noticia de algún tiroteo, al lado, en la rotonda de entrada al pueblo. Miguel tan sólo pegaría varios palos en la tienda de chinos de la esquina, o quizá lo empapelaron vendiendo papelinas en el banco del parque.

Y ahí está, chupando prisión.

El caso es que cuando vi la foto del pobre diablo Miguel, me vino a la mente la imagen de otro autoestopista en esto de la vida: mi colega Carlos, el gaditano de casi dos metros y ojos azules como el mar...

Carlos era tío de un colega del pueblo, mi amigo Oscar. Lo conocí cuando fuimos a pasar unas semanas a su pueblo de Cádiz. Vacaciones de un agosto caluroso, hace alrededor de diez años. Era verdaderamente alto, al igual que extremadamente delgado. Tenía las manos enormes y los pies morados e hinchados. Mala circulación. Su cara, facciones muy marcadas de labios secos y, algunas mañanas, agrietados. Poco pelo y unos andares parecidos a los de las marionetas… dando saltitos, como de puntillas, intentando pasar más bien desapercibido.

Carlos era toxicómano. Había pasado años intentando domar al caballo… y éste le arreó la coz.

Tenía alrededor de 39 años, y estaba hecho polvo.

Había sido, al igual que Miguel, invitado a participar en las excursiones a cargo de Prisiones Españolas, s.l. durante un buen periodo de su vida... y creo que fue ahí donde el bicho le picó definitivamente. Él no hablaba del tema, pero creo que estaba con la metadona, dale que te pego. Era un pillo, Carlos… cuando íbamos a tomar una caña al bar, se escabullía de la partida de billar y, a escondidas, se agarraba al grifo de la birra y se llenaba la copa… como si no nos fuéramos a dar cuenta…

… o nos contaba historias de prisión, pues había estado en varias, a comparar. Se entusiasmaba explicándonos las movidas pasadas en Puerto de Santa María, donde todos los presos eran amigos suyos… o las peleas que había tenido con un violador en Cáceres II... mucho más grande que yo, chaval, pero no tenía ná que hacer… Coincidió no recuerdo en qué prisión con el Vaquilla, del que decía que era un confidente, y por eso se hizo famoso… el protegido de los funcionarios, decía… el chivato… y abría con fuerza aquellos ojos azules. Y yo no sabía si lo decía para impresionar o, al contrario, para darle énfasis a aquel pecado carcelario.

Como a todo desecho sin dónde caerse muerto (¡Ah… las grandes fortunas y sus privilegios!), Carlos tuvo que entrar otra vez en la ruleta de Prisiones Españolas, s.l. pues, transcurridos quince años de aquella noche en la que sus compinches le dejaran tirado en una gasolinera, en compañía del viejo destornillador, el patrón de la cosa le envió un certificado donde le informaban que, en quince días, tenía que volver a embarcar en una travesía de cuatro años.

Y ahí estaba Carlos, con su papel de embarque, plantado delante de nosotros, pues por esos días estaba en mi pueblo, maldiciendo las vacaciones pagadas mientras acariciaba su pequinés mestizo. Seguía moviéndose como una marioneta y su mirada había perdido la poca chispa que podía uno encontrar en ellos. Seguían vivaces, pero fríos.

Me dijo que le grabara un casete con canciones de Extremoduro, pa pasar las horas ahí dentro, compare…

Se lo grabé y aún recuerdo cómo intenté encontrar algún el chispazo de luz en sus ojos, esperando un clímax peliculero donde, entre trompetas celestiales, se abriría una brecha en el techo y se mostrarían una ristra de ángeles alabando la buena nueva… pero nada de eso sucedió. En un instante abrió su viejo Walkman SONY de esponjosos auriculares naranjas y apretó Play…

- Buaaa… Pere… que buenos… Mira, mira… Bfff… que guitarreo… como voy a vacilar…

… sonrió, y para mí ya estuvo hecho. No hicieron falta ni las trompetas ni los ángeles.

De nuevo, con su viejo Walkman SONY, lo volví a ver mientras se agitaba como un masái blanco. Saltaba y se marcaba unos solos de guitarra sin guitarra, ahí, tras el espejo, con su bamboleo característico, ojos cerrados, sueños quizás… tras el cristal del bis a bis, en la prisión de Tarragona, donde fuimos a verlo su sobrino y yo.

Sí, Carlos. Otro puto trullo donde descansaron tus pies, con su cochambrosa comida y sus tardes monótonas, donde ahorrar pilas es lo más importante, sin licenciaturas ni redenciones de pena. Tú, como Miguel, estáis atrapados en el circuito de Prisiones Españolas, s.l.... y la nave no toma puerto para desechos de los que no hay nada que exprimir. Sois los más tristes polizones. Los polizones que nadie busca, abandonados en las esquinas.

La bazofia de redención y la escoria de reinserción no se hicieron pensando en vosotros, pobres diablos.

Tío Carlos, como pasé a llamarlo desde el primer momento que nos conocimos, murió hace unos años. El bicho, que es lo que tiene. Supongo que la Muerte te vino a buscar de noche a tu casa chiclanera, arrastrándote después de dejarte besar la foto de tu hija y arropar a tu perro. O quizás te largaste cumpliendo tu penosa pena, tumbado en tu camarote privado, mirando la negra pared mientras te quedabas dormido, quizás aún soñando en ese Renault 5 y esa maldita canción con la que bailabas, o andabas... o temblabas...

Un día me llegó la noticia de tu muerte así, tarde… en frío.

No podía ser de otra manera, colega.


Y si fuera
mi vida una escalera
me la he pasado entera
buscando el siguiente escalón,
convencido
que estás en el tejado
esperando a ver si llego yo.
(Extremoduro. La vereda de la puerta de atrás)

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