Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

13 mar. 2018

Tragedia-Comedia


La vida del hombre es un suspiro de dioses.
¿Cómo, si no, evitar la relación entre el clásico de Eurípides, Medea, y lo acontecido estos pasados días con el caso de Gabriel, el pequeño al que su madre postiza asesinó a sangre fría en pleno siglo veintiuno, época de coches híbridos y exploración del planeta rojo?
Dos mil quinientos años... un suspiro... y vuelve la mula al trigo en este camino pedregoso que es la Historia, ajena a la supuesta evolución que tanto proclaman los sabios del invento de igualdad, fraternidad y progreso con el que se empeñan en hacernos creer que al fin se han superado las bajas pasiones heredadas desde los tiempos de la caverna y la superstición.
Ni mucho menos.
Al final, los celos, la envidia, la maldad pura y dura que está adosada a las células del lobo-hombre y que los amigos de la paz de los cementerios nos pretenden hacer olvidar envolviendo sus mentiras lennonistas en brillante papel regalo, vuelve a campar a sus anchas por el verde prado de la ley de la selva. Como dijo el olvidado griego, de cuyo nombre no quieren acordarse ni en las escuelas ni en las universidades actuales capitaneadas por los pedabobos de la corrección político-académica, desterrado de los planes de estudio y los debates filosóficos, la mujer... la víbora que tanto se empeñan en blanquear los paladines del otro mundo es posible y la revolución pendiente en femenino de género neutro, bajo cuya batuta el mundo flotante dejará de ser raro para tornarse el edén del universo... de un estacazo acaba con la inocente vida de la infeliz criatura.
Quizá esta vez -y hasta que la próxima exclusiva de los nauseabundos medios de comunicación que revolotean los cadáveres cuales buitres carroñeros- no tuviese nada que ver la venganza por el deshonor conyugal, pero el hecho en sí es el mismo: la muerte del hijo, el vil asesinato, la mordedura ponzoñosa de la mujer despechada.
Llora el rey la muerte de sus hijos...
... aunque esta vez, las lágrimas, a diferencia de las derramadas por un Jasón que perdurará a lo largo de mil suspiros, serán menos duraderas debido a la lluvia de la actualidad cambiante y la realidad efímera. Pronto, entre aspavientos y sectarismo cenagoso, no serán más que una comedia al gusto de la mancha humana devoradora de morbosa carnaza servida en bandeja por aquellos que cabalgan contradicciones en busca del paraíso prometido.
Para los incrédulos, el dolor quemará siempre como un hierro candente.
Para los crédulos, los pobres de espíritu que adoran la sombra tenebrosa del buen salvaje, mañana, tras la ducha fría, el infanticidio dejará su lugar a la justificación del criminal y sus circunstancias, estén estas en la asfixia de la cultura occidental, el hachazo fascista de una sociedad dominada por el racismo, el empoderamiento funesto de las tiarronas en su lucha contra la misoginia o los pobres niños que mueren en las guerras olvidadas merced al capitalismo de las armas.
Y la sonrisa de un crío, Gabriel, desaparecerá como ayer se coló en nuestros hogares... pero quedará Eurípides, y Medea, y los hijos muertos para recordar, hasta la caída del último de los dioses, la tragedia clásica representada en el gran teatro del mundo.

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