Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

1 abr. 2014

Nadie dijo que fuese fácil


Llegaba tarde.

Ojeroso, con el pelo desaliñado, un fuerte dolor en la rodilla y la necesidad imperiosa de fumar un cigarrillo, no hacía ni quince minutos que había despertado en una lúgubre habitación de un motel del centro, después de pernoctar una noche fuera del Cuartel General. Tenía un día perdido de las vacaciones pasadas... no un "moscoso" de esos que gozan los dichosos a tiempo indefinido, no... y decidí gastarlo ayer lunes.

Nada especial.

Tenía pensado levantarme pronto, agarrar cuatro cosas en el petate, lanzarme a la calle e ir a visitar los tres o cuatro lugares que llevan tanto tiempo apuntados en la agenda, muertos de aburrimiento: una pequeña tertulia en el Café Sol, disfrutando de unos churros con chocolate... una visita a la exposición de un famoso marino español... la visita de rigor a la más grande pinacoteca habida sobre la faz de la Tierra... un almuerzo de arroces de todas las formas y colores... También pensé acercarme al cine, pero la cartelera estaba atiborrada de películas españolas... ¡lástima, otra vez será!... por lo que me acerqué a echarle de comer a las palomas del parque, tarea harto más divertida que asistir a cualquier aquelarre de los perros falderos en busca reconocimiento goyesco... o simiesco... de la Academia.

A media tarde, justo cuando empezaba a oscurecerse la noche y acababan mis migajas de pan para las ratas aladas, me encaminé al centro. En la librería Babilón, a las 20:15h., se presentaba la novela de un escritor novel desconocido para mi. Días atrás cayó en mi regazo una revista en la que se hablaba de la presentación de la ópera prima de dicho pobre diablo y, mientras atendía a las palomas con la mirada aferrada a esas barcas que se mecían en el estanque, meditando, recordé la cita.

Nunca había asistido a una velada de iniciación literaria, y no sé muy bien por qué fui.

No sé muy bien qué esperaba encontrar.

Un escenario ridículo en medio de una librería que acababa de cerrar al público, un par de decenas de sillas ocupadas por otra decena de señoras y señores de mediana edad, una directora de orquesta que, armada con un puntero láser, hacía las labores de anfitriona... un escritor algo regordete y con una barba inmensa... una charla interminable, y una gotita de saliva en el labio inferior que, hipnótica, hizo que ni una sola de las palabras que se pronunciaron en aquella estancia calara en mi mente.

Fue ayer, pero no recuerdo ni una palabra de nada. No recuerdo el tema de la novela, no recuerdo quién firmaba el prólogo, no recuerdo qué le pregunté cuando, sorprendido, el virginal escritor descubrió que era el más joven que había recalado por allí...

Una lástima, lo sé. Esas cosas no se hacen, y menos cuando es la primera vez de alguien... agravando mi pecado el hecho de que el escritor, visto su aspecto cercano a la senectud inmisericorde, no podía aguardar una carrera demasiado profusa. Aquella podía ser, además de prima ópera, última función.

Profané su ilusión con mi desidia y desinterés, Monos, y "profanar" no es cosa buena en ninguna de sus acepciones.

La presentación duró un par de horas, pero cuando salí de allí noté que algo no iba del todo bien. Estaba mareado, un poco descolocado o desorientado... y, ahora que lo pienso de regreso al Cuartel General, ayudado por el tembleque del tren... creo que el extraño y empalagoso perfume de la señora que estaba delante de mi tuvo algo que ver. Olía a añejo, con ese matiz característico que tienen los muebles antiguos. Debilitado, con unas piernas que tendían a replegarse sobre si mismas, anduve por la calle hasta llegar a la plaza del Ayuntamiento, centro neurálgico de la Villa.

Impaciente y algo neurótico debido a una sensación de ahogo que se desperezaba dentro de un servidor, entré en el primer bareto que encontré. ¿Qué le sirvo?, me preguntó un camarero recio, con la pechera al aire y un mondadientes entre el canino y el premolar superior. Lo miré. No me hizo falta pensar demasiado. Esto... mmmm... un bocadillo de jamón serrano... ¡y una Voll Dam! Acabé con ella de un sorbo, y pedí otra. Luego otra. Otra más... y otra... hasta que perdí la cuenta. La sed había quedado atrás hacía rato.

A partir de ese instante las cosas son más confusas. Me vienen imágenes del camarero conversando con la parroquia presente sobre temas futbolísticos... y... sí, sí... vino un tipo extraño a pedirme un cigarro, creo, pero no se lo dí, que el tabaco va caro. Es extraño, pero en ese bar se podía fumar. Si ir más lejos, el camarero... si no desvarío, creí verle, en el brazo, un tatuaje de la Bripac... se fumaba un puro de aquí te espero mientras se cagaba en los muertos de quienes aprobaron la Ley Anti-Tabaco... ¡Puto ZP! ¡Puto Mariano!

Espero que me perdonéis si ando errado, pero todo me viene con tintes oscuros, entre sombras. Sé que me reí mucho y que me marché de allí cuando el paraca cerraba la persiana... sólo, por esas calles que me eran desconocidas... tropezando con farolas y bailando tangos con los árboles...

Esta mañana, al despertar, he visto que tenía un sello en el reverso de la mano, así que supongo que acabé en alguna discoteca de la parte alta. No se me ocurre otra explicación que aclare las instantáneas fugaces que me vienen a la mente ahora que fuerzo las neuronas... imágenes de unas charlies de aquí te espero... altas, morenas, de labios así como de negra zumbona, gruesos... y bajitas con buenas curvas... castañas... maquilladas, sin maquillar, go-go's, setas, frescas o saladas... de todo, recuerdo ahora... todas guapas, ¡guapísimas que parecían sacadas de un catálogo de modelos de Victoria's Secret!... porque ya sabéis, Monos, que de noche todos los gatos son pardos.

Sea como sea... y pasase lo que pasase... me he levantado sólo en una habitación que no recordaba haber contratado en ningún momento. Sólo, y tarde. Las 10:15h. Demasiado tarde teniendo en cuenta que el tren de regreso salía a las 10:33h. Por suerte, el motel de Psicosis estaba cerca de la estación de tren, por lo que recoger mis pertenencias y echarlas dentro del petate ha sido cosa de pocos segundos.

Dormí con la ropa puesta... malo si tienes pretensiones sexuales... así que me ahorré desvestirme, ducharme y volverme a vestir. Un poco de agua en la cara, un poco de espuma en el pelo, y a correr rumbo a la estación principal. Después de diez minutos, tres pasos de cebra en rojo y ocho o nueve bocinazos de kamikazes con motocicleta de reparto, he llegado a la meta.

Un vistazo al reloj y un suspiro de alivio. Tengo tiempo de sobras, Herep....

Tenía...

... pues ahora, reposando mis posaderas sobre el asiento del maldito gusano de acero de medianoche, todavía sigo cagándome en la santísima madre de ese muchacho que, merced a su preparación LOGSE, ha echo que pierda todos los trenes que salían con la luz del día.

¿No se creerán ustedes que, al llegar a la estación y acercarme a la máquina expendedora de billetes, el mocoso que tenía delante de mí se ha pasado cinco horas... ¡cinco horas!... en sacar un penoso billete de cercanías? ¿Se creerán ustedes la proeza que representa formar una cola de setecientos cincuenta y cuatro metros? ¿Se creerán vuestras señorías que el chaval, tras mostrar sus dotes intelectuales, todavía ha tenido la gentileza de, girándose a la multitud que le abucheaba, perdonarnos la vida?


¿Me creerán en el Cuartel General cuando el corneta toque silencio? 


2 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Lo has llevado muy bien y el final es apoteósico.
Gran literato está hecho, amigo Herep.

Herep dijo...

Muchas gracias, Javier.
La realidad te da para escribir más de lo que uno se imagina.