Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

30 ene. 2014

20 de Abril


Esta mañana, mientras realizábamos el entrenamiento acuático diario... piscina arriba, piscina abajo... captamos, vía hilo musical, esa vieja canción de los Celtas Cortos que habla del tiempo, del brillo perdido de las estrellas, de esos ecos sordos que traen las voces abstractas... A veces llega un momento en que te haces viejo de repente, se las oye susurrar al oído... pero, mientras chapoteamos en el agua, de pensar, poco. La preocupación se centra en comprobar cuándo, tras qué brazada, estallará el corazón o se desinflará un pulmón, tornándose acero el aire... llevándonos hacia abajo... hacia la villa de los cangrejos y demás crustáceos... donde tantos descansan el sueño de los justos.

Pero ahora, sentado aquí, en mi sillón de la Sala X, pienso en las palabras que se convirtieron en canción bajo los acordes del grupo de Cifu. Pienso en el mensaje de la tonada del estribillo, en las imágenes que se suceden al son de la danza de las velas, despejando una niebla existencial perpetua, dibujándose frente a mis ojos sus formas vagas, banales, fantasmagóricas...

cuánto hemos cambiado, sí

Por aquellos tiempos reía más. Atravesaba las noches enteras, de cabo a rabo, a paso firme, esquivando las luces de las farolas como el gato que caza, furtivo, seguro de su sigilo, sin temor a nada, siempre presto a quemar la noche, arrancar los adoquines de la rúe, salir corriendo del taxi al llegar al último semáforo en rojo, siempre entre risas, carcajadas, lágrimas arando en las mejillas.

Las juveniles estanterías de mi biblioteca particular estaban repletas de trovadores del amor. De ellos... de los románticos del Romanticismo... pretendí averiguar los secretos inconfesables de la pasión. Los besos de las mujeres, sus palabras, las miradas que condenan al abismo, el lento y suave vuelo de la falda danzando al son de la orquesta veraniega... el roce de la piel, el sonido de tu carcajada emanando a través de todas las caracolas del océano... el amor que jamás pudo ser, aunque aquella noche todos los astros me susurraban que sí... que adelante, Pere. Hoy nos alinearemos para que jamás olvides esta lección, hijo...

... no la olvidaré jamás. Acertasteis, malditos.

En aquellos tiempos reía más. Soñaba más, también despierto, presa de esa imaginación que, estos Años Oscuros, han borrado del ADN de la juventud actual, más ofuscada en el guión televisado, la pauta marcada o el trabajo del prójimo. Miro a aquel desgraciado adolescente que fui y me veo ensayando discursos frente al espejo, practicando besos con el dorso de la mano... componiendo poemas en los márgenes de las hojas de los libros de texto del instituto, inventando princesas encantadas y valerosos capitanes de un ejército fantasmagórico que, prestos, acudían al rescate de la bella doncella amenazada...mientras miraba de reojo a cualquiera de las mil musas que poblaban mis aventuras noctámbulas y que, en esos momentos, cabizbajas en el pupitre del aula, disimulaban la sonrisa que mi esquizofrenia inmadura les arrancaba en mitad del examen de latín... o de griego... o de historia del arte... o de nada, pues nada importaba que no fuera esa sonrisa.

Una tarde que, hoy, se me antoja triste, pero que en aquellos momentos parecía resplandeciente de anhelos por realizar, aparecí con un petate a la espalda. Lo creí cargado de esperanzas, pero ahora sé que allí, apelotonados entre prendas color verde militar, sólo viajaban mis sueños rotos... mis amados sueños rotos, míos de aquí hasta la eternidad, paridos por esta mente maravillosa que, a pesar de la realidad inyectada en vena, todavía imagina lo inimaginable... pero con cierto aire a realismo mágico aniñado.

Los románticos del Romanticismo... Lord Byron, Víctor Hugo, Poe... el inconmensurable Pushkin... mi Bécquer, mi Espronceda... mis besos perdidos... Todos estaban ahí, atrapados en la red del petate verde... la cual, pasada aquella tarde, mudó de piel... verde viento, verdes ramas... al oscuro negro de las bolsas de basura...

cuánto hemos cambiado, sí

... y allí, junto al marrón contenedor de la materia orgánica, quedó el romántico que vivió en mi, esperando un tren, aferrado a un ramo de flores, sin que nadie le dijera que las vías, como los tiempos, siempre cambian al acercarse, las locomotoras de acero, al bullicio de la estación. Marchando de aquella última parada, de haber sido visible por quienes se cruzaron en mi oscuro sendero de piedra, bien podría haber sido el nuevo inquilino del manicomio provincial.

Me esfuerzo, pero no sé si fue un 20 de Abril...

cuánto hemos cambiado, sí

... cuando los encargados de la recogida de basuras, cargando fardos, encontraron mis libros, mis tesoros de antaño, junto al contenedor orgánico. Quiero creer que... quiero imaginar que... al lanzar hacia la prensa hidráulica lo que quedaba de mis sueños rotos, algo desgarró la oscura jaula y, por un fogonazo de curiosidad, alguno de esos seres agarró uno de ellos para, acabada la jornada, leer algún párrafo...algún verso... alguna de aquellas quimeras...

... y cambiar, como cambié yo, nosotros... mis musas, antaño sonrientes, y hoy frías como carámbanos de hielo. Me embriago de mi innata, y parasitaria, imaginación alienada, visionando hombres plenos y honorables contagiados por el virus del conocimiento, la duda, el qué... cuándo... por qué... fuera temores del zurrón, hombres hechos y derechos... mirada al frente, valientes... ¿Qué fue de aquellas promesas? ¿Cuándo la reacción que provocó la acción? ¿Cómo de afilado es nuestro puñal? ¿Cómo de grande nuestra venganza? ¿Qué de los augurios del tele-predicador satánico que, como la oruga envuelta en su capullo, se tornó mísero político estafador? ¿Qué de la Justicia para con los caídos? ¿Qué de la memoria para con los asesinados? ¿Dónde para, el Bien, que no lo encuentro?

cuánto hemos cambiado, sí

Antaño jamás nadé en alcohol como hago ahora. Una brazada, otra... piscina arriba, piscina abajo... sopesando el pulso, la respiración, el pinchazo de un hígado que, espontáneo con suerte, bien podría ganarle la apuesta al corazón o a el pulmón de acero... que pesa...que te arrastra hasta el fondo del océano... allí donde moran las anémonas, la roca viva... el despojo de los románticos...

Ah... ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!


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