Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

15 may. 2013

My fair lady


Escribo esta carta sin ánimo de expiación. Mis pecados son muchos… demasiados… Ni cumpliendo todas las tareas de un Hércules resucitado podría lavar mi corroída alma… devolverle, al menos, un ligero brillo, un destello de humanidad…
Pero no. No anhelo el perdón, la misericordia, la clemencia… Escribo estas letras para que mañana, quizá, sean leídas por aquella madre que aguarda en el valle de mi infancia, tejiendo a la vera de la lumbre, mascullando canciones mientras sueña con ese hijo que partió a la ciudad cargado con un fardo de ilusiones y esperanzas.
Las mías… y las suyas.

Y también la escribo para ti… sí, sí, para vos que leéis este último testamento mío. Me es indiferente que me juzgues, que me odies, que busques mi tumba y escupas sobre ella. No. Sólo quiero que sepas, que creas, que entiendas que yo, aquí y ahora, he existido.
Llegué a la ciudad deseando grandes aventuras, protagonizar los lienzos que colgaban en los grandes museos, figurar en los noticiarios tras grandes conquistas o increíbles expediciones más allá del ancho mar… pero pronto me vi arrastrando el saco de huesos en el que se había convertido mi cuerpo por las más paupérrimas calles, callejones, tascas inmundas… sin oficio ni beneficio… sin tutor, sin patrón, sin recomendación alguna… vagabundeando por las avenidas del puerto mientras recibía patadas de los marinos borrachos o corría delante de obesos tendederos después de arrebatarles una manzana o una naranja del aparador de sus tiendas… 

Jamás por vicio. Siempre fue necesitad.
Pero corriendo, corriendo, acabé tropezando con él.

Ahí empezó mi descenso a los círculos infernales de los que habló Dante.
De buena familia, señorial con tierras en propiedad, siempre se mostró anárquico y rebelde para con la sociedad elitista que lo había visto nacer. Fanático de las ropas plebeyas y más propias del mercado ambulante de la Plaza Mayor, destacaba sobremanera su fino y culto lenguaje, amén de unos modales que atestiguaban la excelente cuna. Tal combinación, provocadora e impropia según las chascarrillos de la cohorte familiar de amigos y allegados, contrastaba con los sentimientos encontrados que hervían en los corazones de las mozas en edad de merecer.

El pelo largo, lacio, negro… su sonrisa pícara… la mirada desafiante… Algo enigmático desprendía su figura, algo mágico… misterioso… desconcertante… Algo que hacía que ellas cayeran rendidas  a sus pies, dejando a un lado las estrictas, y caras, enseñanzas de las institutrices venidas de todos los palacios de Europa. Perdían la vergüenza, las formas, las virtudes… ofrecían espectáculos denigrantes en el que una o dos jovencitas se enfrascaban en peleas dialécticas propias de los burdeles de los barrios de las afueras.
Palabras, actos, amenazas… situaciones que creía olvidadas, pasadas, recuerdos vagos de tiempos que había dejado atrás.

Pero él tenía un juego. Agraciado por la vida aristocrática que su antiquísimo apellido le había proporcionado, mataba las largas y tediosas jornadas de aburrimiento practicando un arte que había inventado tras alguna borrachera de esas que tanto frecuentaba. En silencio, a hurtadillas, se escondía tras las columnas de los grandes salones de baile, al acecho… buscando y rebuscando a su presa… aquella, la de más allá, esa de mejillas sonrosadas, virginal, de pechos firmes y blanca piel de realeza… My fair lady, solía llamarla… para, una vez seleccionada, lanzarse sobre ella como haría un lobo al olor de la carne fresca.
Unas miradas, unos gestos, palabras desconocidas por la dama y que hasta la fecha se le habían presentado como prohibidas… la excusa de un sofoco ante tal expresión de belleza, la necesidad de una bocanada de aire fresco… el paseo por los jardines en flor… y la cacería se cerraba con un rotundo éxito. El zurrón, como tantas y tantas veces, volvía rebosante al hogar.

Una tras otra. Una damisela tras otra. Un horror tras otro.
Las señoritas, antaño flor y nata de la sociedad, quedaban atrapadas en la tela de araña que él había bordado con anterioridad. Un excelente final habría sido el despecho y el ninguneo, pero las bases de su juego no indicaban nada de eso. Una vez aguijoneadas, él las utilizaba como peleles, en el mejor de los casos, o como meros bufones capaces de animar cualquier reunión.

Las burlas, los excesos, las cartas anónimas hurgando en el dolor de las familias… las súplicas de unas señoritas que habían perdido todo atisbo de elegancia y honor… las lágrimas, los robos, la mala educación que imparten las calles… Todo eso lo vi con estos dos ojos que pronto se apagarán. Todo fue vivido por este miserable que tanto esperaba y tanto mal hizo. Abortos, proxenetismo, crímenes…
Él abrazaba posibles y las transformaba en imposibles.

Y yo miraba, perplejo, sin hacer nada.

No escribo estas letras con ánimo de perdón. Lo dije antes, y ahora lo repito. Hablé de aquella madre que espera… o de ti, que lees estas letras… pero, la verdad, es que da igual a quién vayan dirigidas.
Tan sólo quería hablar de mí. Un poco. Dejar constancia de que he existido.

Dejar constancia de que existen personas como yo.


4 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Por un problema en la vista que me estoy tratando no leo blogs. Me limito a escribir mi entrada diaria.
Por casualidad, he leído tu post y me has estremecido.
Otra vez.Y poca gente consigue este efecto. Enhorabuena.
Muchas gracias, amic meu.
Bona nit
Asun

Old Nick dijo...

Muy BUeno, Como Siempre, Hermano HEREP.
¡Que Siga La JUERGA, Mientras El Cuerpo Y "LA MARCA" AGUANTEN!
Que Cuando Llegue El "DÍA DE LA ESCOBA Y LA MANGUERA, Nos Pille Bien PREPARADOS PARA "LA LIMPIEZA".
Un Abrazo, GENIO.
Un BRindis
Y
¡¡RIAU RIAU!!

Herep dijo...

Espero que te recuperes de tu problema con la vista, Asun... y que pase esa mala racha, eh!
No te preocupes por leer, o no... y date con manzanilla.

Un abrazo, tarragonina.

Herep dijo...

Cada día nos sorprenden nuevas miserias, querido Old. Al final la limpieza se volverá eterna y nos llevará años... pero, ¡que no se diga! Ahi estaremos, firmes con el mocho y el ácido que la aniquile.

Un brindis, maestro.
y ¡Riau!¡Riau!