Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

3 abr. 2013

La mala suerte

Ni cinco minutos pasan desde mi llegada cuando empiezo a notarme los nervios a flor de piel.

Todos los jueves, a la misma hora… un poco después de las cinco de la tarde… pringando como un idiota, cuando todos mis compañeros de oficina ya están en sus casas, jugando con sus retoños o, en el peor de los casos, masacrando marcianitos con las consolas de tercera generación. ¡Qué digo mis compañeros! ¡Todos los funcionarios del Ministerio, a las cinco, están ya disfrutando de la sopa boba! ¡Todos los funcionarios de todos los Ministerios, coño!

Menos yo… el más pringado… el tonto del haba… a quien le tocó la chinita de la suerte… el palo más largo… todo el sobrepeso de la gorda…

… y ahí sigue Dolores, sin quitarme el ojo de encima, despachurrada en su butacón… desnudándome a través de esas recias gafas que, más que de cristales parecen estar hechas de rayos X… regodeándose… ahora arriba, ahora abajo, pasando con pícara rapidez por mi entrepierna. Me fijo, observo, contemplo… algún tic, un gesto, una mueca, pero sus labios no muestran nada fuera del temblor normal.

De nuevo un escalofrío recorre mi espalda. ¿Qué coño hago pensando en esto? ¿Qué me pasa? No sé. Es superior a mí. El ambiente, esta sala… ellos… no puedo.

No sé soportar esta presión.

Me licencié en Derecho con honores… Cum Laude en Yale, el primero de mi promoción… y cuando regresé a España no tuve problemas con la carrera de Económicas. Chupado. Siempre me gustó estudiar, clavar los codos… y el estrés, los nervios o la presión fueron totalmente desconocidos para quien ahora tiembla como la hoja de un sauce. Incluso ante la oposición, con sus doscientos aspirantes para aquellas cinco plazas, me sentí tranquilo y confiado. Tanto que, al dárseme la buena nueva, mis familiares y amigos se sintieron más sorprendidos por mi éxito que no yo.

No es falsa modestia, pero siempre me he tomado la vida con filosofía… Si, a pesar de mi esfuerzo, las cosas no salían como tenía pensado, ¡a otra cosa, mariposa!

Luego, cuando conseguí mi maletín y tuve que enfrentarme a la cruda realidad de mi profesión, la cosa no varió en exceso. Sí que me enfrenté a situaciones que pondrían los pelos como escarpias a la mayoría de la ciudadanía, pero yo agarraba aire, hinchaba los pulmones, y hacía el corazón fuerte. Desahucios, empresarios que veían cómo la persiana de sus negocios bajaba para no volver a subir jamás, amenazas, reclamaciones, insultos… Una vez un desgraciado con muy malos modales me arrojó un café hirviendo a la cara, en su despacho, mientras le presentaba el informe de los técnicos, pero pude esquivarlo con un rápido movimiento de caderas, reminiscencia de mis clases de tango en New Haven, cuando pretendía impresionar a las yanquis con mi “carácter latino”. En otra ocasión en la que lo esquivado no fue café, sino un directo de izquierdas que tenía como objetivo mi mentón.
- ¿Cómo estás hoy, jovenzuelo? Bien, ¿no? ¡Ay, qué majete!
Ves. A esto me refería. Úrsula y sus pellizcos, a quemarropa. Lo sé. Sé que no hay día en el que no me agarre los carrillos y me los pellizque hasta que las lágrimas saltan de mis ojos… pero jamás estoy a tiempo para ponerme en guardia. Dicen que son lentos y quejumbrosos, pero a mí me parecen alumnos aventajados del mismísimo Bruce Lee. No los ves, no están… pero, ¡zasca! Directo al moflete o al lóbulo tirón… y, si pasas despistado ante el grupito de las más picaronas, prepárate para un leve picor en las nalgas.
Contemplo con nostalgia aquellos días pasados, cuando mi tarea no era esta, sino aquella para la cual me prepararon y entrenaron a conciencia. Echo de menos los embargos, las multas, los recargos… Las mañanas paseándome por las anchas avenidas de las grandes ciudades, bajo el Sol primaveral, anónimo a los ojos de los viandantes… inofensivo como una mosca del vinagre… hasta que entraba por la puerta del edificio, presentaba mis credenciales, y la prescindible mosca se tornaba feroz mosquito tigre. ¡O tempora, o mores! ¡Qué ojitos ponía la secretaria! ¡Qué vocecilla, el contable!
Ya os dije que muchas veces la tensión se respiraba en el ambiente, pero… ¡qué quieren que les diga!... la tensión y yo nunca nos llevamos bien. Le tenía la partida ganada… siempre…
La baraja era mía, y estaba marcada.
Ahora también, la verdad, pero no es lo mismo. Manolo, el rufián de la empresa de alicatados, podía levantarme la mano y amenazarme con esa barra de hierro que decoraba, horteramente, la mesa de su despacho. Podía, igual que puede maldecirme Alejo, pero este último… defenderme de él… no, no es lo mismo… Podré sonreír, intentar amedrentarlo diciéndole que “la Ley está de mi parte”, pero no servirá de nada. La semana que viene, el próximo Jueves tarde, volverá a levantar su pesada cabeza por encima del decrépito hombro y me mirará con esa mirada tan suya… tan vacía pero, al mismo tiempo, tan cargada de odio… “rata de cloaca”, parece decirme… y yo tendré que aguantar, tragármela, otra vez, sin poder hacer nada.
Está de vuelta de todo, Alejo… y Jeremías… y Francisca… y doña Gregoria…
Todos están de vuelta de todo.

¿El hecho de que no me conozcan? Bua… Eso no importa nada. Ellos no tienen ni idea de quién soy, ni falta que les hace. ¡No conocerían ni a sus puñeteros hijos, de no haberlos abandonado en ese estercolero público! Allí, en lo que ellos ven como su castillo, son los amos. Toda visita de un extraño entrajado y con maletín, aunque traiga bombones, como intento hacer un par de veces al mes, es considerada hostil y proclive al garrotazo… o, lo que es peor, a la muestra desmesurada de un cariño incomprensible.

Como dije antes, no nos entrenan para eso, en el Ministerio.

- Bi… Bi… Bi-bi-bin… ¡Bingo!
La señora Paca canta bingo y yo, inspector de Hacienda, me paseo por las mesas del geriátrico, hablando a los desamparados ancianos… consolándoles… ¡Josefa, por un número! ¿Qué paso, Braulio? ¿La “niña bonita”, José? ¡No, hombre, no… ese no lo cantó la enfermera Agustina!... al tiempo que, en mi cuaderno de trabajo, apunto las pérdidas de quienes pierden y las ganancias de aquellos que, afrontando los últimos minutos de sus vidas, ganan algo… si a eso se le puede decir ganar.


Perra vida.

8 comentarios:

Candela Ca dijo...

Herep, que pena que al prota no lo destinasen a la Casa Real, su vida hubiera sido diferente sin duda. Emoción, sexo y violencia y al final un pelotazo hacendístico que lo hubiese elevado hasta el séptimo Cielo.

Claro que, con riesgo de aparecer con los pies atrapados en cemento en el fondo del mar, matarile!!

Agustin dijo...

Ese heroe es de plastelina y sin alma,prefiero a un simple enfermero que cuida a ancianos en una residencia.Pero hoy se lleva al trepa,un saludo,

Zorrete Robert dijo...

jijiji que vida tan triste.
Saluditos.

Pedro H.R dijo...

A propósito, de cuanto fue el bingo?
Saludos.
elperroverde

Herep dijo...

En esa casa sí que todos los días son de fiesta, Candela. Hay que tenerlos cuadrados... Donde no existen los problemas del común de los mortales, ellos mismos los crean.
Ese el el mal, amiga... la codicia criminal del que todo lo tiene, y quiere más.

El inspector de Hacienda, una de dos... o se corrompe o, como bien dices, acaba en el fondo del mar buscando a Nemo.

Un abrazo, y buen fin de semana.

Herep dijo...

El trepa está de moda, Agustín. No sé cómo será por allí, pero aquí el astronauta ha sido sustituido por el concursante de Gran Hermano.

Pronto nuestros líderes instaurarán una licenciatura sobre tal materia.

Un abrazo,neozelandés. Buen fin de semana.

Herep dijo...

Triste, Zorrete.
Estoy por recluirme en una ermita de esas que están perdidas en las montañas.
Dame tiempo...

Un abrazo.

Herep dijo...

Pues no lo sé, Pedro... pero espero que fuera de menos de 2.500€, o ya sabes, a pagar impuestazo de Montoro.

Un saludo y bienvenido a este, tu Cuartel General.