Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

10 ene. 2012

La Isla Piedra (II)


El Sol alcanza su cénit cuando Noé abandona la Gran Choza. Perfectamente recortada su canosa barba, perfumado con esencias y envuelto en su túnica blanca característica, ha pasado toda la mañana intranquilo, de un lugar para otro… nervioso… rebuscando en los viejos papeles y en las amarillentas notas de letras emborronadas.

Noé no es hombre que pierda fácilmente la compostura. Durante la Gran Marcha, aquellos que le conocen comprobaron el cambio acontecido en su carácter, pasando de extrovertido y abierto… con cierta pizca de hiperactividad… a cierta pausa, reflexión y timidez. ¿La hiperactividad? Permanece… mitigada a causa de la avanzada edad, pero bien visible a poco que se profundice en la arruga.

Severo, antes del amanecer, había colgado en la puerta de la Gran Choza una cinta amarilla. Un recordatorio en forma de lazo de color. Acción innecesaria pues Noé recordaba a la perfección qué quería indcarle el profesor de la Isla. Clase, Noé… hoy tienes que pasar por la choza para darles una charla a los chavales en el aula.

El antebrazo del anciano se sacude violentamente a causa de un espasmo nervioso. Está habituado a las charlas con los infantes… plagadas de inquisitoriales preguntas, despistes innatos… alocamiento de la niñez… Los conoce, además, como si fueran sus hijos y todos pasan habitualmente por la Gran Tienda a consultar alguna sandez con él… antes de los juegos y bailes cotidianos… ejercicio obligado para unas piernas en crecimiento y unas mentes en expansión.

Pero cuatro chavales… juntos… Pedro, Raquel, Marta… y Benjamín, que ha convencido, a regañadientes, a Severo para que haga la vista gorda y le deje, a pesar de su corta edad, estar en el aula sita en su tienda. Unos alimentarán las preguntas de los otros… y así hasta el infinito. Y sabe Dios que a Noé, tal infinito, le parece más oscuro que el todo el que descansa sobre su cabeza.

Tales pensamientos quedan, solitarios, en el exterior una vez Noé corre con su brazo la cortina que actúa como puerta, entrando en la tienda de Severo… acompañado, eso sí, del extraño nerviosismo que le atenaza aquella jornada. Dentro, perfectamente sentados en tres pupitres básicos… tallados en madera de forma rudimentaria y artesanal… esperan los infantes. Benjamín, invitado accidental… huérfano de pupitre propio… está sentado en el suelo, delante de la formación de pupitres.

Los ojos de los chavales, indiscretos, se clavan como espadas en la faz de Noé con tanto ahínco que el orador piensa, por un momento, que ha olvidado la higiene personal diaria… Falsa alarma. Recuerdo el frescor del agua en mi cara. Tan sólo Severo, que permanece de pié al fondo de la choza preparando un par de tazas de café, mantiene con la vista baja, impasible el ademán. Normal, como siempre.

- Chicos…

- Buenas, abuelo –responden los chicos en perfecta armonía.

- Severo…

- Buenas, Noé. Estoy preparando un poco de café, por si te apetece. ¿Has visto la cinta amarilla?

- Sí, tranquilo. La he visto –se abstiene de comentar lo fútil del acto -, gracias… por lo uno, y por el café, que me viene muy en gana. Bueno… chicos… ¿cómo va todo? ¿Preparados para que os de la brasa?

- ¿Brasa? ¡Qué va! Si estábamos esperando con impaciencia que aparecieras, abuelo –espetó Benjamín, el más dicharachero, con diferencia, de los mozos.

Noé temía aquella respuesta. Malo. Va a ser una hora intensa. Respuestas. Fugazmente, el recuerdo de las notas desparramadas por su tienda atraviesa su mente. Las quería para refrescar…

- Abuelo, ¿hoy es el aniversario de la Gran Marcha, no? –pregunta Pedro, un zagal de seis años moreno, ojos marrones claros, pelo azabache.


… ¡la primera, en la frente! ¡Qué grosería más simpática, la de los mozos!, piensa Noé. De repente, comprueba que las notas y la mañana ajetreada, no son más que trabajo inútil… por partida doble. De nada sirve el esfuerzo ante aquellos impredecibles hombrecillos que se sientan ante él.

- Hombre… Pedro… Sí, tienes razón. Hoy es el aniversario de la Gran Marcha.

- Tres años, Noé. Tres años desde que cruzamos el charco en el yate, ¿recuerdas? –dice Severo mientras acerca la taza de humeante café al invitado del día.

- ¡Cómo olvidarlo, Severo! La fría noche… los llantos de los niños… la oscuridad… Lo recuerdo todo, viejo amigo. Incluso lo que desayunamos aquella madrugada: sardinas y chocolate. ¡Las mejores sardinas de mi vida! Del chocolate…

- ¿Chocolate?

- … mejor no hablar –pero ya es tarde, como puede comprobar Noé. La sonoridad del palabro ha despertado la curiosidad de los alumnos -… esto… veréis… el chocolate es un manjar de las Tierras Secas. Comida dulce, niños… con una pizca de amargor indescriptible.

- Buaggg… ¡Amargo!

El anciano ríe por dentro. La mueca de asco de Raquel redescubre en él la inocencia de la infancia. Amargo… ¡Bendita amargura!, piensa nuestro sabio mientras, inconscientemente, lamenta no poderle acercar un pedazo de aquel metal negro que se deshacía en la boca… para que quede hechizada de por vida…

- Amargo, preciosa… pero dulce y vigorizante como un beso, Raquel… Eres joven aún, mi vida, pero… quizás, con suerte, algún día podrás disfrutar de tal amargor. Pero recuerda que, muchas veces, las cosas amargas son más provechosas que el mejor de los manjares. La amargura pocas veces se disfraza. El dulce, ataviado con mil ropajes, acostumbra a ser más empalagoso.

- Abuelo… ¿la Gran Marcha?


Bendita inocencia, tan descarada e impulsiva… La Gran Marcha, sí. Mira a los chicos, sus abiertos ojos y sus cerradas, misteriosamente, bocas. Seis años… siete Marta… posiblemente entenderán  lo que les voy a decir. Porque en Isla Piedra, los niños… la infancia… no dura ni un segundo más de lo necesario. Los niños la exprimen al cien por cien, como no podría ser de otra forma en un paraje como aquel, repleto de juegos que tan sólo precisan de imaginación. Más tarde, poco a poco, los niños irán despertando a la madurez como hace la fruta en el árbol… sin pausa, pero sin prisa… ajena a los mil y un obstáculos que se levantan allende los mares… en las otras islas donde, por las noches, resuenan los truenos… allá en las Tierras Secas.

- Veamos…

Mientras empieza a hablar, Severo, sentado en su butaca, enciende un par de pipas, mezclando con ahínco la picadura de tabaco. También él escucha atentamente las palabras del maestro, aunque aquella historia… la partida y el por qué… le son bien presentes. En su piel se escribe, a sangre y látigo, las líneas que dibujaron la ruta a seguir. Sí, Noé. Conozco los motivos… y no hay otra alternativa, dijo aquella noche perdida… y el recuerdo… la mención del motivo y el regusto amargo de su realidad, fortifican el ánimo de Severo, afianzando su espíritu.

-… chicos… La Gran Marcha. Cómo empezar… veamos… antes de llegar a la Isla, nosotros, todos, vivíamos en las Tierras Secas. Tan sólo el bebé de Silvia, cuando nazca, será hijo legítimo de la Isla Piedra. Los demás, inmigrantes en esta nueva tierra… el nuevo Paraíso que decidimos construir alejándonos de todo el mundanal ruido de nuestro antiguo hogar. Yo, Noé, trabajaba por aquellos días en una empresa que se dedicaba a prestar dinero a los ciudadanos para que estos pudieran emprender sus negocios.

- ¿Qué es el dinero? –pregunta Benjamín mientras hurga en su nariz con afilado dedo.

- ¡Benjamín, ostras! ¡Cállate! ¡Jo, no tendrías que estar aquí! ¡Eres muy pequeño y estorbas! –espeta Raquel visiblemente malhumorada ante la interrupción del enano.

- Tranquilos, tranquilos… el dinero, Benjamín, es… son como piedras de metal y papeles de colores con
los que la gente premia y muestra el valor y la valía de los servicios prestados. El precio de las cosas, por así decirlo.  ¿Entiendes?

- No.

- Bueno… dejémoslo para otro día… dentro de unas semanas, ¿de acuerdo? Cuando seas un pelín más grande, lo entenderás mejor. Esto… como iba diciendo, yo trabajaba en una empresa de esas… conocidas como bancos… y ocupaba un puesto elevado, con despacho propio y secretaria a mi elección… enfrascado catorce horas diarias entre balances contables e informes de beneficios… ajeno a lo que acaecía en el exterior de los ventanales que revestían mi jaula de luz. Por aquella época, hacía ya mucho tiempo que no veía la TV… ni escuchaba la radio… apenas prensa… Todo era activo, pasivo circulante, plazos, primas…

- ¿Fue durante esos años cuando te instruiste en las Grandes Fuentes?


¿Las Grandes Fuentes? ¿Qué diablos eran las…? ¡Ah, sí!, piensa para sus adentros el anciano, entre sonrisas de humildad.

- Sí, Pedro. Fue durante aquella época. Pero no me miréis así, chavales… no os asombréis pues no estáis ante ningún bicho raro… no… Las Grandes Fuentes, como vosotros decís, no son más que la Cultura Clásica Occidental… su pensamiento y su filosofía… la base de lo que pretendía ser… o eso creía yo por aquel entonces… la Tierra Seca. El resto del tiempo que no pasaba en la oficina o ayudando en el orfanato del barrio, lo dedicaba a una de mis grandes pasiones… el Saber… y eso, hijos míos, también necesita dedicación privilegiada. Bucear entre libros, pergaminos, viejos tratados… tertulias con compañeros de idénticas inquietudes… reflexiones en voz alta dentro de la profunda madrugada… Eso es beber en las Grandes Fuentes, chicos… interesarse por el funcionamiento del Mundo… en el por qué de las cosas…

- ¿El por qué de qué? ¿No nadaste? ¿Estaba fría el agua de las Grandes Fuentes?

Los chicos que ocupan pupitre, observan en silencio a su compañero foráneo… miradas amenazantes… mientras gesticulan con la cabeza dando muestras del rechazo que experimentan ante una pregunta que ellos, pequeños sabios, consideran ingenua.

- Benjamín… pequeño… no, no estaba fría el agua de las Grandes Fuentes –contenta Noé lanzando una mirada a los chavales con la que intenta justificar la curiosidad del mozo -. Un buen día… el primero de mi nueva vida… vi la Luz y todo quedó en un segundo plano. El Mundo… la Tierra Seca… había perdido toda razón de ser… toda razón de lucha y sacrificio. Sin darme cuenta, una mañana, corrí las cortinas invisibles que ocultaban la panorámica que la calle ofrecía… y lo que observé entre los coches y las papeleras, no me gustó en absoluto.

- ¿Por qué?

- Porque en nada se parecía a aquello que se vislumbraba en las Grandes Fuentes –dice Noé mientras guiña un ojo al mocoso del grupo. Nada. Las palabras, convertidas en actos, habían perdido todo su significado. La Justicia, antaño ciega, ahora era una prostitu… ejem… un juguete en manos de mil niños… voluble… moldeable cual plastilina de color. Yo lo vi, chicos… ante mis propios ojos. En mi pupila se clavaron las lágrimas de aquellos que perdían sus haciendas al no poder cumplir las promesas pactadas ante notario… sí… yo lo contemplé, y no hice nada, pues nada podía hacer. A aquel negocio, chicos, no acudía nadie por voluntad ajena. Todos sabían qué firmaban y a qué se atenían…

… pero aquel día, la Justicia fue desposeída de su venda y se voltearon las tornas. Cuando fueron empresas como la mía quienes no pudieron cumplir sus compromisos, éstas no vieron afectados sus resultados y balances pues, presto, acudió a su auxilio el Estado Todopoderoso… los mandamases de las Tierras Secas, chicos… dispuestos a rescatar a aquellos entes que se veían imposibilitados para cumplir con sus obligaciones… firmadas ante notario, también. Y para la “operación rescate”, utilizaron los bienes de aquellos que, mediante el sudor de su frente, sí cumplían con lo firmado o, sencillamente y de forma más hiriente, expoliando a aquellos que no habían querido jugar al juego del trilero en el que se había convertido el mercado… repleto de tejemanejes y entuertos que,… siempre, siempre… beneficiaban a las élites con asiento en el Consejo de Administración de turno. Trampas al solitario. Y eso, chicos, no viene en ningún manual filosófico… en ningún tratado justo… en ningún sitio. No es pensamiento sabio, hijos míos… más bien, ideología de rata… contagiosa como una plaga de la Peste… como millones de langostas devorando al ganado mientras este duerme…

La atmósfera, envuelta en briznas de curiosidad, interés y sorpresa, se rompe, súbitamente, gracias a los sollozos de Benjamín, el infante polizón en aquella charla académica. Sus berridos, meros murmullos vergonzosos al inicio, mutan a lacrimosos arrebatos al tiempo que Severo… mano de santo en el trato con los niños… se acerca al chico, más mocoso que nunca, arropándolo con su grueso brazo.

- Se ha asustado, Noé. Ya sabes… las ratas…

El sabio anciano, mudo, contempla las lágrimas que corren por las mejillas del muchacho.

- Está bien, Severo… no pensé que… -observa los chicos con pupitre propio mientras apura las últimas caladas a la pipa - … bueno, ya está bien por hoy. Se hace tarde. Cuando Severo crea conveniente, proseguiremos con la charla.


Noé, perseguido de camino a su tienda por el desasosiego que le han causado las lágrimas del niño inocente, redescubre la existencia de las notas y los viejos pergaminos que había rebuscado aquella misma mañana… antes de asistir a la clase pedagógica… ¡maldita memoria!... y recuerda que se subrayó, expresamente, el no nombrar a las ratas.


8 comentarios:

Old Nick dijo...

Ni Más Alto ni Más Claro, Hermano Herep.
Sólo Plasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplasplas.
Así es la Vida.
Quien Quiera Saber lo que es la Filosofía Verdadera, que Entable Dialogo con Niños.
Aparte de sus Niñerías, NO SE LES ESCAPA NADA IMPORTANTE.
Así que Mientras Haya Niños con Ganas de Aprender, Nunca ha de Faltarles un Maestro de los de Verdad, Porque Todos Asumimos Esa Función Cuando Tenemos Hijos, Nos Guste o No...
Sólo Cuando se les Dice Siempre la Verdad, Sin Edulcorantes ni Otros Placebos, Se Está Cumpliendo LA VERDADERA LEY y Todo Está en EQUILIBRIO.
Sin VALOR nada Perdura.
Un Abrazo
un Brindis
y
¡¡RIAU RIAU!!

Candela dijo...

Buena lección para el que quiera entenderla Herep. La reacción ante la mentira nunca se hace esperar, no puede pedir comprensión, ni tiempo, ni paciencia aquel que falta a la verdad.

Tanto marketing para luego ignorar principio éticos y prácticos elementales.

Un saludo tristón -no por tu culpa-

Agustin dijo...

Honesto y sincero como todos tus post.un saludo.

C S Peinado dijo...

Fiel espejo de lo que es la vida y a lo que nos vamos abocando pasito tra pasito Herep. Por lo demás, ¿Qué decir, maestro? Grande cómo siempre, modesto y muy muy imprescindible.

Un saludazo.

Herep dijo...

Los niños, como los borrachos, siempre dicen la verdad. O, al menos, eso dicen.
Lo que sí sabemos a ciencia cierta es quién son los que NUNCA la dicen. Todos tienen nombre y apellidos... y trabajan con cartera, chaqueta y teléfono a cargo del contribuyente.
Nada bueno se puede sacar de aquel que no dice la verdad ni cuando miente.

Pero bueno, engañan a quien se quiere dejar engañar. Yo ya hace mucho que perdí la fe en sus palabras.

Un abrazo, Old... y perdonad por el tocho de ayer.
Un brindis, hermano. ¡Riau!¡Riau!

Herep dijo...

Esa es una de las caras ocultas del márketing, Candela. Con tanta y tanta propaganda, al final, aquello que más publicitan, es lo más tarado de todo.
El arte del engaño, que diría aquel.

Ya me explicarás el por qué de tu tristeza, ok? Que seguro que no es para tanto.

Un abrazo.

Herep dijo...

Gracias, Agustín.

Esta historia es una idea que llevo tiempo pensando y que, de tanto en tanto, da algo de fruto.

Un abrazo allende los mares.

Herep dijo...

Muchas gracias, CS... aunque no se merecen.

La historia de la Isla Piedra. Ya iré sirviendo más fascículos... aunque intentaré que no se alarguen en demasía.

Un abrazo, campeón.