Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

4 oct. 2011

Metamorfosis*


-Buff… ¡Qué dolor! ¡Maldito pinchazo!... Arggg…

Santi, sin abrir apenas los ojos, nota un nudo bien prieto en su estómago. Es tan fuerte que le impide respirar correctamente… presionando el diafragma, arrancando seca tos… como todas las mañanas. Sus pulmones están ennegrecidos a causa de toda una vida aferrada al cigarro. Tabaco de liar en los tiempos malos y finos cigarrillos rubios ahora, con las vacas gordas. Lástima que éstas, como todo aquello que acostumbra a valer la pena, lleguen tarde… a destiempo… justo en el momento en que no puede sacárseles partido.

Pero aquella mañana… mejor dicho, aquel mediodía, volteadas las doce, hora habitual para el despertador de Santi… la tosca tos no es consecuencia del tabaco. Hambre. Un famélico apetito le corroe las vísceras… pequeños terremotos sacuden sus paredes estomacales, dominadas por la sequía y la grieta de la vejez.

Pero, ¿y esta voraz sensación? ¿Y esta famélica gula? ¿No comí ayer, quizás?

Si. Mucho. Acudió presto a la cena en el que jugaba el papel de homenajeado… alago universitario… con la flor y nata de la sociedad patria… ¿patria?... No. Nunca había gustado de aquella palabra. Era… ¿cómo decirlo? Reaccionaria. Antigua. No. A Santi le asaltaban tiempos olvidados… arrinconados en un lugar insondable de su memoria… días de tabaco de liar y arrugado papel de arroz.

Cigalas, langosta, rojas gambas del azul mar… ostras absorbidas con voracidad y ansia… gaznate abajo… líquido viscoso y salado entre los dientes… vigilante para no machacarse uno de sus artríticos dedos con las pinzas para el marisco… sorbiendo las vísceras suaves y agrias del centollo… Una mariscada como Dios… no, otra palabra prohibida para Santi. ¿Dios? ¿Eso qué es? ¡Un engañabobos! ¡Supersticiones de viejas!... no… Aquella había sido una mariscada como está mandado, de aúpa… como las que comía antaño, de joven, cerca de Asturias, donde le llevaron las circunstancias de la vida. Fresco y sabroso marisco del Cantábrico, tierra trabajadora y viva.

Aún con los ojos cerrados, intentó hacer memoria. ¿Había bebido más de la cuenta? No. Una copita… quizás dos vasos de Ribeiro joven… o Albariño, no sé… y, tras el postre… un chupito de aguardiente y un par de copas o tres de coñac… con un buen puro habano traído directamente de su añorada Cuba. Regalo del Comandante, Don Santiago… recordó que le decía… ¿cómo se llama esa periodista?... pensó mientras la imagen de una señora rechoncha y no muy agraciada cruzaba su mente. Desistió. No recordaba el nombre de aquel que había sido su sombra durante toda la velada, siempre atento a sus necesidades. La mente, a según que edad, ya no está para muchos trotes.

Bueno, ya está bien. Pongamos remedio a tanta hambruna matutina.

Dijo y, con renovado ímpetu, se dispuso a tambalear su gastado cuerpo para alzar la espalda, anudada como un viejo roble… artrítico y débil.

Pero algo había cambiado. Algo había sucedido durante la noche. Algo nuevo. Algo…

La espalda de Santi no se quejó ni chascó imaginarios labios en sonido de dolor. Hoy no. Hoy se alzaba recta, fuerte, dura… como antaño. Como los días de fuerza y brutalidad, de puñetazos y carreras entre gritos y amenazas… puños en alto… Días inolvidables. Éstos, al contrario, están a buen recaudo en su memoria y en su corazón.

Siempre presentes. Recuerdos que le habían acompañado durante toda su larga y prolífica vida. Jordanas de lucha que eran abordadas una y otra vez en aquellas reuniones que, de vez en cuando, se celebraban en su honor… hoy en el Circulo de Bellas Artes… mañana en el Ateneo… siempre rodeado de sus viejos amigos… sus camaradas… con buen vino, buena comida y excelente compañía.

- Si. Anoche fue una gran no…

De repente Santi pierde el habla. Sus ojos ven, al igual que ayer, pero todavía no ha alargado el brazo para agarrar las recias gafas. Parpadea varias veces, incrédulo… pero no, no… sus ojos ven con claridad. De cerca, de lejos… sin borrones ni nieblas… con un enfoque perfecto, digno de los mejores y más sofisticados aparatos militares. ¿Cómo? ¿Pero… pero…?

Y entonces, tras inspeccionar ese cuarto que llamaba habitación con el mayor detenimiento que había empleado en años... deleitando su excelente vista con las fotos en blanco y negro de las milicias, las Brigadas y los camaradas extranjeros que adornaban las paredes o emocionándose ante la clara y limpia visión de la bandera roja… Santi advirtió cómo su corazón maltrecho por un excesivo número de latidos, se detenía. Un instante, tan sólo… pero éste se hizo eterno.

Sus brazos ya no estaban… o… bueno, sí que estaban… pero no eran brazos. No humanos, al menos. Eran… ¡eran muchos!... sin saber muy bien qué y cómo lo hacía, aquellas patas agarraron la sabana y… y la apartaron… ¡Ocho! ¡Cuatro a cada lado!... y… ¿y su cuerpo?

Santi quedó, por un instante, petrificado. Su corazón había dejado de latir, de nuevo… unos segundos que, como antes, parecían no tener fin.

Su cuerpo no estaba… había desaparecido… ya no era.

Se transformó en algo… algo extraño… una masa entre marrón y rojiza… sin piernas… bueno, piernas no tenía, pero sí… patas. Piernas, pies, manos… de cuerpo humano, de hombre en plena senectud… nada… ¡Se había transformado!... no podía ver su cara, pero imaginaba que… también. Ahora era… ¿un insecto? Sí. Un insecto… en plena forma. Se sentía como si hubiera abandonado una vieja cáscara… libre y activa... como si acabara de nacer.

Y con un apetito infinito… pensó, pues ahora tan sólo pensaba… no podía hablar.

… y pensó… y pensó…

… y de tanto pensar, boca arriba sobre la blanca sábana, mientras sus nuevas patas pedaleaban en el aire y se tambaleaba a causa de la curvatura de su… ¿espalda?, halló la respuesta a su nueva clase.

¡Una garrapata!

Y una garrapata fue.

De un salto, técnica innata, volteó sobre su eje, quedando patas arriba. Milagro… no, milagro tampoco… ¡Eureka! Santiago pensó una bonita sonrisa para su nueva tez mientras se imaginaba en ese nuevo cuerpo joven… en las nuevas posibilidades, los nuevos horizontes, el camino que podría seguir transitando… seguro… desapercibido, pero siempre maquinando en la sombra, a la espalda del huésped de turno… parásito… chupando sangre fresca, limpia… como tantas otras veces hizo… de mujeres… de niños… de ancianos… hinchándose de fresca savia inocente…

¡Rápido!... piensa mientras mira el reloj de la pared… Son las 12:05…

Dentro de nada llegará Enriqueta, la sirvienta. Salta de la cama en una milésima de
segundo, escondiéndose tras la cómoda… nerviosa, intranquila… sus dos patas delanteras no paran de frotar su cabeza mientras las traseras se tensan preparadas para el salto… novata ante su primera víctima… una débil trabajadora…


… y es que el sabor de la sangre no entiende de clases sociales.


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* Homenaje a Die Verwandlung, de Franz Kafka (1915).

8 comentarios:

Tío Chinto de Couzadoiro dijo...

¡Caray con don Santiago! ¿Puedo ponerle el don, amigo Herep?
Buen homenaje a Kafka.
Un cordial abrazo.

Old Nick dijo...

Amigo Herep, Te Superas A Diario.
¿Es Ilusión Mía, o El Santi "Metamorfósico", no Recuerda a Cierta Asquerosa Persona que Ahora-¡Que Penita de Ancianito!-, está Hospitalizado por Ligeras Molestias?
POrque Lo Recuerda y Mucho.
Sobre Todo, Su Reencarnación en GARRAPATA, por Su Acendrado Amor por la Sangre Ajena?
Sea o no Ese Hideputa Impune, Terminará Como Toda Garrapata. o Envenenada o Liquidada, Ahogada con Aceite o la Brasa de un Cigarrillo que la Haga Estallar...
Un Cordial Saludo
y
¡¡RIAU RIAU!!

Herep dijo...

Gracias, Tío Chinto...
Sabes, me sentía generoso y me dije: "Vamos a hacerle un homenaje en vida, para que no se queje y nos diga que tan sólo nos acordamos de él cuando murió".

Y ahí está mi pequeño tributo a su persona.

Saludos, figura.

Herep dijo...

Old,
Creo que pensamos en la misma persona, sí.
Tuve que revisar unos papeles de mi época en el instituto y ví un trabajo sobre "La Metamorfosis" que me inspiró estas letras.
Pero bueno... nada fuera de lo común.
Esta comparación la ve hasta un ciego.

Un abrazo, maestro.

Y... ¡Riau!¡Riau!

Candela dijo...

Que pena que Enriqueta, nada más abrir la puerta y en su afán desintectante de buena limpiadora no viera al repugnante animal y, tras chafarlo de un pisotón, lo barriera y desinfectase después el suelo con lejía Neutrex.

¿A que mola?

Excelente homenaje a Kafka.
;)

Zorrete dijo...

Me lo parece a mí o cada vez escribes mejor amigo Herep. Si el relata pudiera ser mas largo el suspense duraría mas, pero claro, enseguida se te viene al coco "El Marques de Paracuellos", como le llama Lancharro en su blog. Pero no era cuca era garrapata dañina y perniciosa JaJaJa.
Saluditos.

Herep dijo...

Buff... Candela.
Creo que no hay suficiente lejía en este país para desinfectar tanta mugre. Además, piensa que ya es una garrapata bien gorda... bien cebada de tanta sangre como está.
De todas maneras, un buen pisotón es casi infalible.

Un abrazo, Candela.

Herep dijo...

No es mérito mío el escribir bien o no... es la realidad de estos tiempos, que son extraordinarios.
Y me apunto eso de "El Marqués de Paracuellos"... así, con título, tan sólo hace falta que se busque una ciega y se case con él...
Si la encuentra.
Un abrazo, Zorrete.