Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

20 may. 2011

Pólvora mojada


Con la llegada de los primeros rayos de Sol, Eric al fin distingue el motivo de su repentina intranquilidad: sus manos, todavía sumidas en la moribunda penumbra, han empezado a temblar. Durante la tarde noche de ayer, durante la larga noche de espera mecido en la barcaza, sus manos se mantuvieron firmes, secas… pero las luces del nuevo día han mutado aquellas manos, ahora temblorosas, débiles y sudorosas.

La determinación y el valor habían desaparecido durante el transcurso de la noche, evaporándose sobre las aguas de aquel mar bravío. Habían emigrado como esas aves americanas que, llegado el invierno, emprenden un largo viaje en busca de tierras más cálidas y seguras. De igual modo se había trasladado su coraje… a tierras más seguras.

Una ola engreída zarandeó la barcaza lanzándole frías gotas de agua marina al rostro, perturbando la contemplación minuciosa de aquellas manos y devolviendo a nuestro héroe a la tensa realidad que le rodeaba.

Alzando la vista, ésta tropezó con la figura de Carlos, el Cagadas, que yacía recostado contra la pared interior de la barcaza, con los ojos cerrados, mientras pasaba entre sus dedos las cuentas de un pequeño rosario. Aún en la situación en la que nos encontrábamos, aquella imagen le pareció curiosa. Nunca antes había visto a Cagadas rezar. Hubiera jurado que no creía en Dios… en cualquier otra cosa quizás, pero no en Dios.

Ambos se conocieron hacía más de veinte años. Habíamos sido compañeros en la primaria, secundaria, y fin… la secundaria resultó un obstáculo demasiado alto para tan cortas piernas. Vecinos y compañeros desde la infancia, habían disfrutado de la vida adolescente y, el día en que se presentaron en la oficina de reclutamiento, lo habrían hecho cogidos de la mano de no ser por la mala imagen y las habladurías levantiscas.

En el acuartelamiento aprendieron a dar barrigazos contra el suelo y a correr por la pista americana, ahora descalzos, ahora con los ojos cerrados, corriendo hacia atrás… la cosa había estado entretenida… pero una vez finalizado el periodo de instrucción, todo cambió. Atrás quedaron las carreras y las pruebas físicas. Aparecieron las extinciones de incendios, la limpieza de las playas o la colocación de tiritas. Era aburrido pero, a la abundancia de tiempo libre, se unía la cantina siempre cercana y el sueldo.

Fue durante esos meses cuando Carlos pasó a ser conocido como Cagadas.

Alzó la vista y sus miradas se cruzaron. No sonaron palabras, pues no hacían falta. Una amistad tan larga había obrado el milagro. Cada uno conocía perfectamente el ánimo del otro. Igual de Eric veía el miedo en el gesto de su amigo, Cagadas había deparado en el temblor de aquellas manos. Unos segundos conectados… rotos por el helor del agua salpicando de nuevo sus caras. El mar se estaba encabritando alrededor...

… o la barcaza empezaba a enfilar la costa.

Abstraído de sus pensamientos, Eric escucho el ronroneo del viejo motor diesel de la embarcación y levantando un poco la cabeza, superando la barrera de cascos y cabezas de los demás compañeros, divisó, al fondo, majestuosa, la línea de la playa. Veía ante sí dunas de blanca arena, moldeadas por socavones arados a bombazos de la artillería naval, en un fracasado intento por destruir los diminutos bunkers que se divisaban, medio escondidos entre una maraña de alambre de espino, zanjas antitanques y demás objetos metálicos.

Se habían alistado con la intención de ver mundo, en la Armada, buscando una novia en cada puerto.

Eric recordaba, sentado con la vista fija en el cogote de su compañero, la noche en que su madre le telefoneó para preguntar si había escuchado las noticias, si no sabía que habían invadido una de nuestras islas… informaciones que hablaban de una guerra inminente y de la participación del ejercito... Recuerda la carcajada con la que se tomó aquella pregunta, y la posterior preocupación. ¿Guerra? ¿Nosotros? Tranquila, madre. No hay por qué preocuparse.

Y ahora estaba allí, balanceado por aquellas aguas extrañas, negras y frías… salpicándole la cara, la frente, la ropa verde camuflaje. La pesadilla se había materializado en pocas semanas, tras un embarque precipitado en un viejo barco destartalado y una travesía eterna hacia el puerto desde el que se daría inicio a la invasión. Tres semanas. Todo se había organizado en tres semanas.

- ¡Soldados… -empezó a decir el sargento, y todos posaron la vista en aquel hombre rechoncho, barba a medio afeitar, calado de agua desde las patillas de las gafas hasta la suela de las botas, mientras apuraba un cigarro y lo lanzaba al mar, como si intentara castigarlo con una quemadura -… es la hora! A mi señal, empezad a saltar por estribor o babor, con celeridad… ¿entendido? No hay tiempo que perder, pues el enemigo espera impaciente nuestra llegada. Tened cuidado con las minas que pudiera haber en la arena… y no dejéis de avanzar. No tengáis piedad, pues ninguna vais a recibir, soldados… y aferraos a la vida con las uñas y los dientes. Suerte. ¡En pie, marineros!

Suerte para todos, pensó Eric mientras se reincorporaba intentando no perder el equilibrio. Sorprendido y aliviado, comprobó que el temblor de sus manos iba remitiendo poco a poco. Al fin un buen augurio.

Alzado, la visión que se presentaba ante él era impresionante: delante, decenas de barcazas similares a la suya avanzaban en una carrera infernal hacia la playa, mientras que, por detrás, decenas… centenares de embarcaciones similares les seguían hacia un destino incierto, escoltadas por buques de mayor tamaño con enormes cañones. Por el aire, sobrevolaban aviones de reconocimiento y flotaban, como nubes de azúcar, globos sonda y de observación. El descomunal aparato bélico estaba en marcha y él, junto a su inseparable Cagadas, forma parte del espectáculo cinematográfico.

La suave caricia del agua pasó enseguida a convertirse en furiosos latigazos, a medida que la barca cogía velocidad. Eric agarró su fusil y se lo acercó al pecho. Estaba cargado y, con su mano izquierda, quitó el seguro mientras una fuerte explosión levantó una gran cantidad de agua. La barca situada a babor había recibido el impacto directo de un obús. ¡Vamos, vamos! ¡Más deprisa, joder…!

- ¡Adelante! ¡Abajo, soldados!

Era la señal. Eric agarró el fusil con una mano y, apoyando la otra, se dio impulso. Su bota izquierda quedó enganchada pero, en menos de tres segundos, había abandonado esa barcaza con forma de diana y se sumergía en el agua. Profundo silencio y calma placentera, tranquilizadora… el tiempo parado durante unos instantes… que finalizaron al erigirse, intentando coger aire.

Al sacar la cabeza, el espectáculo que se presentaba ante él era real. Empezó a arrastrarse buscando un lugar seguro mientras analizaba la situación intentando dominar el pánico. Por doquier se veían soldados correr, a cubierto tras los obstáculos anti-tanque anclados en la playa, gritar mientras se acurrucaban en el suelo o, simplemente, deambulando entre las balas que ya no les buscaban como objetivo… Y cadáveres. Cadáveres jóvenes. Desde los bunkers, situados a unos 150 metros de la playa, se daba la bienvenida a los turistas de uniforme con miles de balas y otros tantos proyectiles: fusiles, ametralladoras, morteros… La artillería naval no parecía haber causado daños a las fuerzas que aguardaban en la playa. Cosquillas, tal vez… pero daño efectivo, escaso. Y ahora esas posiciones se estaban dando un festín.

- Eric

Cagadas estaba a veinte metros a su derecha, agazapado en un hoyo abierto por algún proyectil enemigo y medio parapetado tras el cuerpo de un soldado que yacía boca abajo. Cagadas. Había olvidado por completo su existencia. Por unos segundos, Cagadas había pasado a la historia.

- Cagadas… ¡Cagadas!

Arrastrándose, Eric se acercó a la posición de su amigo y, a pesar de la situación, los dos se sintieron aliviados, fundiéndose en un abrazo. Era una mala situación, pero estaban aún vivos. Y ese aún valía mucho en aquella situación.

Por un momento, pensaron en permanecer ahí, sin moverse… muertos… pero sabían que acabarían fiambres si no abandonaban ese agujero. Se miraron y tras otro silencio cómplice, se dispusieron a lanzarse al ataque, hacia el frente invisible, bayoneta calada.

Eric corrió el cierre de su fusil y besó aquel pedazo de metal y madera con regusto a sal mientras Cagadas agarraba una granada de su guerrera. Se dieron un último saludo de ánimo golpeando ambos cascos y abandonaron su escondrijo con la mirada puesta al frente. Al instante, las balas estaban surcando el aire desde el flanco derecho y Eric, girándose mientras seguía avanzando a trompicones, apuntó y apretó el gatillo, mientras Cagadas lanzaba la granada hacia la trinchera enemiga.

Del fusil empezaron a salir, igual que balas, palabras de colores, tales como progresopazdiálogoigualdad...

… de la fragmentación de la granada surgió un destello y unos brillos parejos a fuegos artificiales formando la palabra talante

… provocando en el enemigo una explosión... de risas.

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