Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

20 mar. 2017

Fondo sur


El Yoyas baja corriendo las escaleras.
Siempre tarde, abajo espera ya Juanfran con los críos, montados en el coche, refunfuñando, y su Íker, el primero. Virginia tiene el turno de mañana y le ha tocado a él preparar las tostadas con mermelada de ciruela, zumo de naranja natural sin grumos y la mierda del vaso de leche con tres cucharadas soperas de colacao. Las llaves, el móvil, chaquetas para el chaval, su bufanda... un enredo, vamos, pero ahora, el Yoyas, ya baja de tres en tres los escalones del bloque de extrarradio.
Hoy hay partido. Los cuatro, rumbo al estadio. De nuevo, el hormigueo en la sangre, la sed irreductible, el ensanchamiento automático de la garganta que ha de cantar ópera desde las gradas... que si laureles van, que si banderas vuelven... y el Yoyas -padre con hijo y otro en camino-, excitado, revive la placentera sensación de sus años mozos, cuando la liturgia de los días de partido desterraba lejos la congoja de las solitarias tardes de la gran ciudad, derruía los gruesos muros de hormigón y la sangre, en su trote desbocado, hirviente, testimoniaba la vida entera.
Gracias al crío, el estadio consumido por el desuso ha vuelto a erigirse, y aunque el bocata rápido y la cerveza fría en los aledaños han sido sustituidos por la comida familiar de espaguetis con tomate y barritas de merluza rebozadas, la emoción por la vieja afición se ha desperezado y, con ella, arrastrada por la vorágine de la melancolía, el vacío de la existencia, pues es necesario cavar para cubrir un hueco, o conocer la tristeza para disfrutar la felicidad.
Ayer, en sus cánticos, podía entreverse el sacrificio en nombre de la honra y la libertad, y eran acusaciones directas a los hideputas que tejen y tejen, azules y rojos y marrones fucsia carmesí, y quizá se asemejaban a caballeros andantes desconocedores del sino de los tiempos y los gigantes seguirían siendo molinos y los anhelos y utopías, mero encantamiento con el que dioses de carne y hueso adormecen al rebaño balador, pero hoy... o tempora, o mores... el ser nuevo, hombre nihilista moderno, combate los demonios del gran teatro del mundo emprendiéndola a garrotazos con sus semejantes -padres y madres que acuden a ver a sus hijos dar patadas a un balón mientras comen pipas y charlan de la desidia que abotarga su  sistema circulatorio-, y no queda resquicio alguno para la épica.
Todo es vergüenza.
Todo es náusea.