Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

22 mar. 2017

El rastrillo



Yo compro ropa, luego la vendo, así consigo este rollo que yo tengo.
Chic para mí, chic para mí, chic, chic...
Hazme una rebajita.
Claro que sí, guapi.
Chic para mí, chic, chic para mí, chic, chic, chic para ti.
Yo compro ropa, luego la vendo, cambiar de armario no me lleva ná de tiempo.
Chic para mí, chic para mi, chic, chic... chic para ti, chic, chic, chic.
Yo compro ropa, luego la vendo, así consigo este rollo que yo tengo.

Y todo, en ambiente disco, se conjura para que el oyente medio, ido detrás del culamen respingón -¡válgame!-, pierda comba del resto de la canción con tanto darle al seso en un debate absurdo por averiguar si podrá hacerse, en las próximas fiestas del barrio, al son de la Orquesta Alaska -que no es el pinchadiscos del Studio54, pero ahí está, andándole a la zaga-, a una rubia tan sabrosona en caso de que una moza así apareciese por lo alto de la calle de la fuente.
La segunda estrofa, que algo de lo que en ella se dice impregne su mente, eso ya es mucho pedir. Del yo compro jueces, luego los vendo, nada. El cambio de armario, el jubileo de togas, bien parece un intercambio de calcetines. Estos perfumados que tanto me adoran, a la saca; los que ya han perdido la ilusión servicial, a las rebajas, llevados al rastro, purgados. Así, los sátrapas que diseñaron la aplicación de uso público, mercadeando con el poder judicial, lucen orgullosos su palmito molón, el rollito guay que los coloca por encima del bien y del mal, su soberbia infinita... chic para mi, chic para mi, chic para mi, chic, chic, chic...
Cuando les pides una rebajita,
.... claro que sí, guapi, y uno o dos, a lo sumo, mientras con la diestra mano salen en el traje de saliva televisado del momento aplicando el atenuante del lo hice por amor, yo no sabía, ¿un qué en la cochera?, el materialismo dialéctico o la Nasió de las mil danzas, con la siniestra, arriba y abajo arriba y abajo, van obsequiando favores, imponiendo medallas y aplicando -dura lex, sed lex- sus bien merecidos descuentos y rebajas.
Por desgracia, amenizando este inútil desenlace, que no falte el ritmo sabrosón del culito respingón... ¡válganme las nalgas del diablo!... con el que los hijos de la Bestia aplacan, tan fácilmente, a los Justos.
Chic, chic, chic.

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