Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

22 nov. 2016

Palabras veladas


A todo esto, la disputa viene a cuento del aniversario del asesinato del socialista talentoso, el hombre bueno del que hablan las profecías, en una fría noche de Barcelona, en la puta rúe, de dos tiros de pistola etarra.
La alcaldesa de la ciudad que fue testigo del crimen emite un bando en las redes sociales -el parlamento de la democracia real ya- canonizando a la víctima, político de izquierdas comprometido en la defensa de los derechos humanos y la tolerancia y el libertad, libertad, sin ira libertad. Rápidamente, la réplica viene servida por el rudo concejal de partido bolche: otro refrán en la red social para adjetivar el sesgo político de la víctima... sí, pero de la banda del terrorismo de estado.
Jarana, sarao, el mensaje corre por los móviles, las tabletas, el joputa de la tele ya tiene un chiste para acompañarnos durante la cena. Poli bueno, poli malo. ¡Qué barbaridad!
Al quite aparecerán los gurús de la nueva izquierda, auténticos maestros en el arte de disfrazar de lindo gatito la miseria ideológica que les corroe las entrañas. Dirán que el muerto fue un político adelantado a su tiempo, un firme partidario de la solución dialogada, paladín de los derechos humanos -antifa y antifra y antitrump-, defensor de la pluralidad de las Españas, la redistribución de la riqueza y el canal liga en abierto, pero los votantes iluminados que obraron el milagro de las ratas y los concejales esgrimirán contra esos argumentos el mantra del terrorismo de estado, la lucha armada y la pleistocénica opresión ejercida por las Españas. Ira y odio en pequeñas dosis, ciento cuarenta caracteres, cosas del humor macabro que destila la generación mejor preparada de la historia.
El episodio finalizará en un inmenso orgasmo democrático: El socialista fue un daño colateral de los días en que no imperaba la solución dialogada del conflicto político, titularán los corresponsales de la subvención, y asunto resuelto. Vale ya. Feliz la alcaldesa, que evoca el talante del hombre del pueblo y su convicción férrea en el poder hipnótico de la neolengua aplicada; amargado el rudo concejal a pesar de la equiparación de víctimas y verdugos que conlleva la aceptación de la tesis política.
Este ha sido el motivo de la discusión con el viejo que ha venido a limpiar el hollín de la chimenea. Él decía que el concejal es un radical, que esas cosas no se pueden decir, el pasado pasado está, y que la alcaldesa tenía que meter en vereda a los exaltados, no fuera a prender la llama en la sociedad, seca y colérica como un bosque mediterráneo a mitades del verano. El socialista -catalán, recalcaba el viejo cabrón- quería hablar con los chicos de la gasolina, llegar a un acuerdo, firmar una hoja de ruta como la que escribiría el presidente felón una década después. Acercarles las bondades de la palabra. Un futuro de amnistía, tías y cerveza fría entre "hombres y mujeres -vascos y vascas- de paz".
Yo le he dicho que debería buscar otro trabajo. Tanto hollín terminó por penetrarte el cerebro, viejo. En la partida de ajedrez del terrorismo etarra compiten socialistas con blancas, y socialistas con negras... y es una partida amistosa, amañada. El muerto cayó como un peón sacrificado en busca del jaque a la descubierta, un pasatiempo para adormecer a una sociedad que en circunstancias diferentes jamás habría consentido la humillación de ver a España rendida ante una banda de asesinos. Su muerte fue el empujón necesario. La consagración de la palabra como medio para solucionar el terrorismo. Podemos ver cómo es santificada en todas las casas de culto de la progresía socialista.
Y la palabra es deshonor, claudicación, y muerte.