Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

17 jun. 2016

Comercio justo


Ayer me encontré con Margarita, una antigua compañera de la facultad de Historia. Hacía años que no sabía de ella, y a pesar de que nuestra relación no fue ni mucho menos estrecha -solíamos saludarnos con un ligero gesto del mentón-, se mostró muy risueña y me invitó a un café con hielo.
Ella hablaba y hablaba; yo la miraba y miraba. Aún podía distinguir la belleza que tanto me acobardó siempre que pretendí acercarme a ella en la cafetería de la facultad. 
Sus ojos negros, su cara pecosa, la nariz respingona... 
La sonrisa, pero, había perdido el magnetismo de antaño; ahora se entreveía cansada.
- Yo no diría cansada, Herep. Quizá dolida, sí. 
Cosas del desamor, pensé inmediatamente, pero la realidad era bien distinta. 
La realidad siempre es bien distinta cuando la conoces.
- Cuando acabé la carrera me enchufaron en el archivo de la biblioteca municipal. Estuve cuatro meses, no más. Aquello no me llenaba, me sentía desaprovechada, día tras día, semana tras semana, con una honda congoja aquí dentro -dijo señalándose el pecho-, hasta que una mañana, viendo a Évole en la TV, tuve una revelación: pedí el finiquito en el curro, me lié la mochila con cuatro pequeñeces y salí al ancho mundo dispuesta a ayudar a todo aquel que lo necesitase.
Permanecí en silencio, aguardando, previsor.
- Anduve por aquí y por allá... en comedores sociales, gestionando documentación para quienes solicitaban ayudas públicas, en campamentos de ilegales al otro lado de la valla marroquí, y en una isla griega atestada de refugiados -prosiguió a media voz, hablando para el cuello de su blusa en un soliloquio íntimo-. Mucha mierda, tío. Mucha mierda.
Margarita enmudeció, pensativa, sopesando si yo era merecedor de sus secretos más íntimos, aunque las ganas de arrancarse la espita fueron mayores que la confianza que ambos nos teníamos.
- Llevaba dos semanas revolcándome en el fango del campo de refugiados, comiendo bazofia y durmiendo poco y mal;  puse tiritas, encendí fuego con palos, cargué con multitud de chiquillos de acá para allá... pero cada vez que alguno de aquellos desheredados me ofrecía una sonrisa o un gesto de gratitud con la mirada me sentía útil, me sentía viva, una nota de armonía en la sinfonía de la humanidad. Al caer la noche, junto a mis compañeros de la ONG, juntos alrededor de un fuego, charlábamos acerca de las vicisitudes del día y el drama dejaba paso a la satisfacción.
»Una mañana llegó él. No era la primera vez que lo veía. Rondaba por el campo, saludando y conversando con los refugiados. Alto, moreno, enjuto, de mirada tosca, se acercó a mí y, dándome la mano con efusividad, me agradeció la labor que estaba haciendo por él y todos los suyos. Un poco desconcertada y bastante avergonzada, le dije que no merecía aquellas muestras de gratitud. "Es mi deber como ser humano", contesté. Él chico me besó en la mejilla, hizo una cómica reverencia y se marchó.
»Instantes después supe que era un coyote... un timonel de una de las zodiacs que forman la flota de la mafia que trafica con los pobres desgraciados de medio mundo. Con educación, había venido a agradecerme la inmensa labor que yo... y miles como yo... hacemos por los de su ralea. Nosotros... nuestra solidaridad combativa, nuestras reivindicaciones ante los poderosos, nuestra solidaridad de clase media y cartel en la fachada del Ayuntamiento... alimentábamos la esperanza de los pobres miserables del mundo al tiempo que colaborábamos en el engorde de las cuentas bancarias de los capos de las mafias de esclavos que tanto decimos repudiar.
»Vomité, y tras vomitar hasta perder el sentido, salí corriendo y no me detuve hasta llegar a casa.
Volvió a enmudecer, y yo, indulgente, no pronuncié palabra.
La realidad, siempre distinta, ya había sido más que suficiente.

4 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Fenomenal historia, tarraconense, la que cuentas. Eso es realismo puro y lo que la Sociedad necesita que se le cuente.
Muchas gracias por este episodio, Don Herep.

Agustin dijo...

Tan real como lo cotidiano de la vida de cualquiera de nosotros.saludos,

Herep dijo...

La sociedad debería conocer estas historias, don Javier, pero ya se encargarán los jerifaltes de que eso no ocurra, sustituyendo los testimonios de muchos por la imaginación y el deseo de unos pocos.
Un saludo.

Herep dijo...

Dicen las escrituras que "la verdad os hará libres", pero en estos tiempos inaugurados por el talante zapateril, como bien expresó el Felón cuando trilaba en el Gobierno, es la libertad la que nos hará verdaderos. Palabras peligrosas que dan manga ancha a la gran mentira, Agustín, y así estamos.
Un abrazo, neozelandés.