Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

10 may. 2016

País de maravillas


Una tarde, mientras caminaba por la playa armado con mi detector de metales buscando monedillas, pisé un surco, tropezando y cayendo por un oscuro agujero que en el suelo se abrió, engullido por la negrura más tenebrosa en rápido descenso a los infiernos inalcanzables de la razón pura.
Dieron mis huesos contra el suelo, magullado por entero, y abriendo los ojos al nuevo plano en el que me hallaba, contemplé que a mi alrededor se cernía la misma playa, idéntica mar azul y salada, boca abajo las dos extranjeras que al Sol se tostaban.
Azucé la mirada, fijé mi atención en los rostros que pasaban, y, erizándose el vello desde los tobillos hasta la cúspide de mi techada, comprobé azorado que ninguna de aquellas caras la lógica amparaba. Eran jóvenes las facciones de la anciana que su perro paseaba, no más de quince años la tez del taxista que aguarda ojeando un diario en la parada, ahora un guardia urbano juguetea con un diente de leche, enfrente querubines organizan un campeonato de petanca, imberbes los trabajadores barbudos que salen de la fábrica...
Descubro que el tiempo no avanza, más bien parece que todo retrocede. Los años sucumben en una repetitiva cuenta atrás, las carnes temblorosas se comprimen en los muslos de las parturientas, los pechos se elevan, las canas oscurecen, los niños ya no nacen y los hombres rejuvenecen, infantiles, visten chichoneras, pantalones cortos y baberos con los que enjuagar las perfumadas babas que pringan la papada.
El cielo azul, ni rastro de agujero, dimensión desconocida, realidad infantil, mundo imaginario en el que vivo preso.
Los nuevos infantes interactúan, juegan a olvidados juegos, ahora corren ellas, ahora las persiguen ellos. Ríen, alegres, desechando miedos, asaltando fuertes improvisados, asaltando puño en alto los cielos. Todo es posible, soñar no tiene precio, bajo los adoquines negros que sembraron los viejos está la playa contra la que dieron mis huesos.
«Sí se puede», gritan como si acabaran de salir en estampida del colegio; «el futuro es nuestro», responden al unísono los niños de este extraño mundo de necios.
Tras los árboles verdes de los bosques nuevos corren persiguiendo un fantasma que recorrió Europa en otros tiempos; una profesora disfrazada de joven taza sirve te invisible a los infinitos sedientos que amparó con los brazos abiertos, un escriba vestido de búho inventa derechos con los que encender los odios y adormecer el desaliento, un bufón con colores de banquero reparte billetes a un interés loco del cero por ciento. Los hombres-niño corren, bailan y juegan, cantan y abrazan a papá y mamá a quienes juraron amor eterno durante los días de la Revolución de Invierno.
«Esta noche leeremos un cuento, y mañana, en el gimnasio, la legión de pedabobos os emplazará a ver cómo, de una habichuela, brotan todos los conocimientos necesarios para que podáis votar».
Y el presidio imaginario en el que me he visto acotado mientras buscaba monedas perdidas con las que ganarme la vida, a mi alrededor se fue comprimiendo, asfixiando toda posibilidad de evasión, encerrado en un mundo imaginario de hombres-niño que han de segar las malas hierbas usando guillotinas de otro tiempo.
Dicen, quienes saben de estas lides, que este es el país de las maravillas...
... y maravilloso será que conserve la cabeza.