Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

4 may. 2016

Noches pasadas


Cuando bailábamos durante los lejanos días de bachiller, cualquier canción hacía que todas las féminas en edad lozana saltaran a la pista, presas de un impulso invisible que aún hoy no alcanzo a comprender. Detrás las hienas, nosotros, cubalibre en mano y cigarro rubio pegado al labio, picábamos con garbo dispuestos a llegar al corazón de la más dura de las rocas.
Pie derecho adelante, pie izquierdo hacia atrás, ahora media vuelta, leve flexión de rodilla, rápido vaivén con los brazos y, siempre, medido cuidado para no arrimarse demasiado, tío, o se acabó el juego.
No importaba qué sonaba por los altavoces de los garitos, si había mucha luz o apenas divisabas a la moza que te traía de cabeza desde el inicio del curso, sentada en el pupitre de al lado, objetivo de todas tus idioteces de adolescente con acné.
Ellas... fueron muchas... estudiaban; tú inventabas entremeses con puchinelas remendadas con tus negros guantes, ajeno a la lección, a la clase, a la profesora abnegada que te dio por perdido para la sociedad futura. El mundo giraba alrededor de la chica que ahora baila delante, dándote la espalda, absorbiendo con una pajita su vodka con zumo de piña, mirada de reojo, encogida y coqueta, pura y fresca como una mañana de Abril. Solo en sueños había podido imaginar el color del neón y el brillo que irradiaban las sonrisas llegada la medianoche y, entre todas, la de ella, cosmopolita de pelo perfumado y bonobús, destello capaz de provocar que las mismísimas estrellas sintieran celos allá en su palco privado... aunque de haber visto sus ojos, la chispa viva de una vida que empieza, una aventura por saborear, habría sido la Luna quien mordiera el polvo de la envidia.
Pero la esperanza de la edad de los posibles le mira a él, cuchicheando con la inseparable amiga, fiel escudera en las lides del amor juvenil, mitad curiosidad mitad timidez.
Él, que peinaba los diecisiete años, hijo de un pueblo de pescadores cansados, se alimentaba de la luz fugaz del amor inolvidable y por siempre aferrado al zurrón de los tiempos pasados. Feliz, aguardaba solitario bajo un cielo abandonado de estrellas, encolerizadas, la llegada del primer tren del amanecer rumbo a la villa que los pescadores hastiados de la mar pronto sustituyeron... como haría ella... por un nuevo amanecer.
La Luna, compañía a media luz, ya no mordía envidia, sino ternura.

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Dulces princesas perdidas pululan por la Sala X.

1 comentario:

Blogger dijo...

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