Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

26 oct. 2015

La caja


Ciudad-Oasis, 5km. en dirección nordeste.
Tierra árida, férrea, resquebrajada, maltrecha por largas décadas de cordura y justicia elitista, ajena al frescor de la lluvia y el rebrotar de la zafia tropelía; extensa campiña donde el Sol se pone pintarrajeando de naranja paraíso el horizonte. Por doquier restos fosilizados de ganado extraviado, roca desnuda y unos pocos vegetales supervivientes remachados por espinas que han de guardar las últimas reservas de vida que corren por las venas.
El desierto del oasis rodea la ciudad, cuna de los espejismos y las ilusiones.
Paseando por su polvorienta calle principal nada es lo que parece: las damiselas del salón no son vírgenes, el whisky apesta a agua sucia de abrevadero, el aterrorizado pianista que hace sonar la gramola automática jamás ha visto una partitura y el barbero, navaja en mano, está a sueldo del verdugo de la ciudad.
Un mal lugar para perderse, caballeros, este rinconcito del civilizado este.
Hubo un tiempo en el que la diligencias levantaban polvaredas al detenerse frente al colmado, prestas a repostar combustible para sus pasajeros venidos de todos los rincones del ancho mapa. Las huestes de paladines, pero, acabaron espantando la linea irregular: no quedó collar de perlas en el delicado cuello de las jovencitas que se dirigían a Ciudad Capital que no fuere salvajemente arrancado, no hubieron Sagradas Escrituras portadas por viejecitas que no fueran ultrajadas o desmembradas a los cuatro vientos, hombres que no padecieran la humillación del alquitrán y las plumas o cocheros que no sufrieran escarnio atados de pies y manos, abandonados a su suerte.
Cuando la diligencia desapareció, también lo hizo el único medio con el que llegaban noticias frescas y saludables a la ciudad, y esta quedó más aislada en su diminuto recinto perdido en mitad del desierto.
En Ciudad-Oasis, a 5km. de la caprichosa Providencia, todo el botín amasado mediante la bondad de sus gentes era apiñado en una caja... la caja fuerte... y esta, guardada bajo siete sellos, está bajo custodia en la oficina del sheriff... o General, como suelen llamarle allí. En ella los dineros, las escrituras, el monóculo del Dr. Bartolomeu -violentado en la diligencia del verano del 75-, la pureza de las prostitutas del salón, los íntimos secretos del sepulturero... Los misterios todos, las vergüenzas todas, el Bien y el Mal apretujados en una caja de acero templado con cerradura de siete muelles.
Mientras todos duermen, los mayores forajidos del Este, los Dalton... flor y nata del bandidaje... se han colado por una rendija ínfima que pasó desapercibida a la élite de la corrección, la integridad y la honradez de las gentes de Ciudad-Oasis, y con un barreno de dinamita amenazan hacer añicos las cuatro paredes de acero templado...
... osan espolvorear los entresijos de la buena gente que habita en la ciudad...
... perturban la paz de la tribu, el equilibrio de la secta, la fraternidad del corral.
Ay, los Dalton... ¡pobres infelices engreídos, atreverse con los héroes del buen gusto, la decencia y el pudor! La sombra del pistolero más rápido del Este ya se divisa en el horizonte, tranquilo y pausado, directo a poner las cosas en su justo lugar, resolver el entuerto y arramblar con esos cuatro hermanos asaltadores que han tenido los arrestos de pretender, tan siquiera un segundo, mostrar al mundo qué monstruosidades esconden "los hombres de honor" en el fondo de su caja fuerte.

La justicia está de su parte.
Siempre lo ha estado.

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