Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

6 ago. 2015

Tintorro al sol


Un buen puñado de arena arrojada al rostro arrancó a Daniela del ensimismamiento al que la abocaron los dos vasos de tubo que tomó en el chiringuito al poco del almuerzo. Tumbada sobre su toalla de playa, ha sido un hombretón cargado con nevera, sillas y sombrilla quien, arrastrando las chanclas por la arena, a punto ha estado de enterrarla viva.
Se reincorpora apoyándose sobre los codos y contempla la escena, que apenas ha cambiado: familias comiendo ensalada de pasta y pollo, chavales escuchando música con los celulares mientras ultiman los últimos flecos de lo que ha de ser la gran noche y, desperdigados por aquí y por allá, los extranjeros cociéndose al sol del Mediterráneo ya sea tumbados sobre una hamaca, o de pie como los girasoles, en trance místico.
A medida que se desperezaban sus adormecidos sentidos, disntingue a los hijos de la estanquera a unos diez metros de distancia, con varios amigos del pueblo, bebiendo cervezas y fumando grifa sin ningún tipo de rubor.
Daniela volvió a recostarse, cerró los ojos y se dejó llevar por la música pensando qué curioso es esto de vivir. Marta, la estanquera, apenas un puñado de años mayor que ella, con gemelos que no pasarán de la quincena, buena madre, excelente esposa... hasta que, un buen día, el eurotrillones llama a tu puerta: de la noche a la mañana, diez millones y pico en la cuenta de los Gómez. 
Un triple doble en la lotería.
El dinero cambia a las personas, y más a quienes son devotos de su santo poder.
El sueño volvió a llamar a la puerta de Daniela, que fue relajándose dispuesta a disfrutar de la incipiente brisa marina que estaba levantando la tarde. Marta, cuando asimiló qué había sucedido, no tardó en hacer la maleta "... y vivir mi nueva vida en libertad". 
Nueva, y libertad.
Palabras mayores, chica, pensó Daniela para sus adentros. Ese no era el lugar ni el momento y tampoco tenía muy claro qué iba a sacar ella perdiendo el tiempo con aquellos déspotas. ¿Cómo pedirle cuentas a unos chiquillos que asistieron al declive de su casa? ¿Cómo desenmascarar el pernicioso ejemplo de unos padres que pasan el día repitiendo, como papagayos, lo inmensamente felices que son en sus vidas de lujo y privilegio? ¿Cómo hacerles ver más allá de sus propias narices?

Sonaba una de sus canciones favoritas en el mp3, pero Daniela ya duerme el sueño del tinto de verano.