Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

9 oct. 2012

Banderas de nuestros padres



A quien corresponda,

Mi nombre es Vladimir. Nací hace, tal día como hoy, 97 años. Posiblemente esta sea la razón por la que oso escribir la presente carta. La experiencia y la Negra Parca susurrando al oído es una de las pocas ventajas que acompañan a la vejez. Los músculos se tornan flácidos, los huesos se infectan de carcoma… y la lengua se suelta. La mayoría de las veces gira y gira en un bucle sin fin de ideas y recuerdos vagos, pero a veces, un destello de lucidez ilumina la caverna oscura y los ojos vuelven a ver con claridad.

Mis padres, ferrolanos, participaron en aquellas primeras marchas solidarias que el Partido… el nuevo Partido… organizó al amparo de Don Pablo Iglesias. Jóvenes activistas, muchas noches mi padre nos deleitaba a mi madre y a mí con caseras funciones teatrales en las que, con gesticulación grandilocuentemente estudiada, nos agasajaba escenificando las afirmaciones que aparecían en el periódico para el que trabajaba.

Recuerdo aquellos días con una entrañable nostalgia. La ilusión que nos produjo el primer brasero, los zapatos negros nuevos, los paseos por el parque municipal…

Es curioso lo que recuerda un viejo mientras contempla el mundo a través de los grandes ventanales. Cuando era joven soportaba muy bien el calor gallego. Suave, ligero, amigable… Hoy las cosas han cambiado y hasta el más ínfimo de los sofocos podría adelantar la conversación que aguarda a mi espalda, pero cuando era niño… ¡ah, de mocoso!... ¡No disfrutaba poco destapándome en sueños!

Una noche en la que estos habían apartado las sábanas para engalanarme con las ropas de los soldados que desfilaban bajo mi ventana, una puerta se abrió para luego cerrarse eternamente. De golpe alguien entro en mi cuarto y, entre abrazos y sollozos, cuatro manos me vistieron con el traje de los domingos para, minutos después, montarme en un largo tren repleto de niños. Allí se cerró la otra puerta, estrecha, acristalada, de vagón ferroviario.

La entrada a mi precipitada hombría quedaba abierta. Mi infancia, cerrada con un portazo.

Habían programado un viaje de un año a lo sumo, pero durante cinco no conocí más que frío, nieve, un idioma incomprensible y una soledad infinita. Cinco años de noventa y siete no parecen tantos, pero sí que lo fueron, sí. Las primeras noches, al acostarme, cerraba los ojos obligándome a soñar con mi padre haciendo malabares con un cepillo por bigote, o deseando escuchar el sonido de la carcajada de mi madre, feliz e ilusionada bajo el influjo de la retórica del padre de familia.

Las primeras noches…

… porque, al poco, aquellos recuerdos me resultaron vagos e irreales. En la escuela solían decir que la palabra del maestro es sabia y que hay que prestar atención para aprender de él. Yo, allí, perdido en la fría estepa, no aprendí nada de las palabras del maestro, pero lo aprendí todo de sus silencios.  Aquellos años entendí más observando que no leyendo. Comprendí que los actores que menos aplausos reciben son aquellos que clavan maderos, pintan fachadas, sirven desinteresadamente al prójimo. Ellos son actores reales dignos de cualquier premio de consolación. Los otros, los actores asiduos de las alfombras rojas, como mi padre, gesticulaban dibujando en el aire aparejos de ciencia-ficción como oscarizados vendedores de humo… sombras… quimeras… Su obra, inmensa durante mi infancia, se había convertido en una gran mentira. Los enemigos contra los que mi padre lanzaba dardos de palabras se tornaron, un día, amigos… aliados… en un juego de intereses del que mi madre no se hubiera reído jamás. Falsos aliados, sí, pero hijos todos del mismo Dios.

Tras cinco años, al acostarme, ya no recordaba la figura de mi padre o de mi madre. Sus caras me resultaban borrosas y  de las palabras no quedaba nada. Cinco años, señor. Cinco años de mi vida que representaron mucho más de lo que pudiera jamás escribirle. Cinco años que arrancaron una infancia que, ahora, más bien parece un tumor. No crea que me arrepiento, no. Si hoy estoy aquí, dedicándole estas letras, es gracias a aquello. A todo. A mis noventa y siete años.

En cuanto encontré una ventana abierta me marché de aquel eterno invierno con la intención de volver a mi España… mi querida España que, al igual que sucediera conmigo, se había liberado del yugo de la quimera y la utopía de los falsos profetas.

Encontré un país convaleciente y enérgico, dispuesto a superar la afrenta idealista con ímpetu y fe ciega. Las calles, repletas de vida. Los cafés, siempre prestos a la tertulia y a la copla. Uno debía andarse con cuidado a la hora de decir según qué cosas, pero aquí no existían premios al delator de la semana. Con todo, a los pocos años, conseguí pagarme un par de cursos de caligrafía y gramática y, gracias al apoyo del Dr. Cervelló, ilustre escritor de segunda fila, fui contratado por un periódico de la capital para escribir una columna tres días por semana.

Así hasta hará unos años. El cáncer es lo que tiene. Te come por dentro y, llegado el momento, uno no puede más que aguardar la conversación de la Muerte. No dejaré mujer, ni hijos, ni familia… nada… así que, juntando mis cuatro perras ahorradas, me regalé una estancia vitalicia en este geriátrico desde el que muero mirando esta costa tan nuestra.

Pero no crea que todo ha sido escribir, mirar, reír y degustar los manjares que me ha proporcionado mi vida, no. Los portazos de aquella noche han seguido martilleando en mi cabeza todos y cada uno de mis días. Mi compromiso no se olvidó junto al fantasma de mi familia. No desesperé ante los dibujos en el aire, sino que opté por construir esos artilugios. Afiliado en la clandestinidad, contribuí en base a mis posibilidades desde dentro del país, que ya es más de lo que bastantes de ustedes han hecho nunca. Viví los últimos estertores del Caudillo, aplaudí la voluntad de reforma, grité al tiempo que forraba las calles de carteles y fanzines…

Una mañana, ese que murió hace unos días proclamó a los cuatro vientos la orden de romper los carnets… pero yo, el mío, hacía tiempo que lo había extraviado… abandonado… como antaño hiciera mi familia conmigo, en la fría estepa rusa. Mi pellejo había sido testigo, en primera persona, de las artes de aquella doctrina de mimo que se dibujaba en aquel pedazo de papel plastificado. Conocía el por qué y, sin ayuda de ninguno de sus maestros, aprendí que para aquellos todos los hombres son iguales, pero unos más que otros.

Cuando rompí, sabía qué hacía. Hoy volvería a hacerlo. Muchos de ustedes, sin embargo, no.

De eso hace varios años, señor. Usted, al haber pasado ya de la cincuentena, tendrá buen conocimiento de ello. Quizá gire la mirada hacia el otro extremo de la mesa cada vez que el noticiario traiga noticias de nuevas fosas en Polonia, Ucrania, Praga, el Berlín oriental… quizá usted fue de aquellos que tanto criticaron a Solzhenitsin cuando visitó España, o de esos que, en pleno s. XXI sigue creyendo que La Flaca es el paraíso del igualitarismo en la Tierra.

Quizá.

Le cuento estas anécdotas de mi miserable vida para que compruebe que no soy persona ajena a la doctrina. La vi. La olí. Comí de ella en plato figurado y literal. Comprobé sus fallos y asumí sus carencias hasta hacerla más mía. Simpaticé con su causa durante nuestra incipiente democracia. Voté OTAN NO cuando dijeron y rompí el OTAN NO cuando rectificaron. Aplaudí leyes justas y callé como un muerto ante otras que consideré injustas... siempre esperando... siempre anhelando que los pasos atrás tan sólo se debieran a la necesidad de coger impulso.

Pero estos últimos días… las últimas declaraciones. ¿Acaso no somos iguales los españoles? ¿Acaso no debemos ser solidarios los unos con los otros? ¿Acaso no somos, todos los parias de la Tierra, hermanos y camaradas? ¿Hemos olvidado que las fronteras están hechas para ser derribadas? ¿Hemos sustituido la “igualdad” por la “asimetría”?

No, señor.

Espero, por ello, que cambie la postura oficial del partido… ese residual partido que ustedes han derruido… y crea fervientemente que todos somos iguales y únicos. Que todos nacimos de un padre y una madre, aunque algunos hayamos olvidado sus caras y otros deseen olvidarse de ellas. Deseo que los viejos libros academicistas sean cerrados y, en vez de aprender, comprenda tras entretenerse mirando a su alrededor.

Como hice yo.

Si por algún casual no lo hiciera… si la Tierra no fuera igual para todos e, incluso entre los parias, hubiera diferencias de lengua, de economía, de razas, derechos y obligaciones... usted no haría más que corroborar que el misterio… la base del fantasma que recorre Europa… no es más que otro aparatejo diseñado por un títere mimo, con humo, en el aire.

Una farsa. Un engaño. Una nana con la que los padres acuestan a sus hijos.

Este anciano que le escribe está próximo a su postrero jaque mate. A lo lejos atisbo la última puerta, pero antes, si tiene a bien contestarme, querría saber si, antes de mi partida, queda alguna puerta abierta a través de la cual puedan entrar más monstruos. 

Según sean sus actos, sabré si toda mi vida he servido a una farsa.

Según sus actos sabré si, antes de partir, mi última puerta debe ser cerrarla bajo siete sellos.


Vladimir.


18 comentarios:

Carlos Fernández Ocón dijo...

¡Joé que bueno!
¿Es tuyo o existe Vladimir?

Mucha moral, de todos modos, tiene el Vladi. Mucha moral tuvo durante tanto tiempo, fue tan ingenuo como yo mismo (más, por lo que reconoce) y aún antes de morir no termina de desengañarse del todo.

Bueno. Bonito escrito.
Gracias por el deleite al leerlo.

Saludos, amijjo ;)

C.S.Peinado dijo...

Para que veas que en todos sitios se cuecen habas. La siniestra con tal de controlar, ora rema a un lado, ora pilla de aquí, ora estafa de allí. Así son las cosas y muchos los niños que cómo el protagonista de tu relato, en tiempos lo comprobaron. No diré que no me ha impresionado tu relato, acaso me arañó el corazón sólo de pensar que gracias a nuestra inefable Casta vamos andando por los mismos pasos.

Un saludazo.

Capitan Trueno dijo...

Precioso y desgarrador relato de una realidad, no por muchas veces constatada, asumida.
La libertad en boca de los que se aúpan al poder a los lomos del pueblo no es más que una boutade, una tenebrosa farsa.
Un abrazo.

Tío Chinto de Couzadoiro dijo...

No sería mala cosa, amigo Herep, que ese que se fue hace poco leyera, desde el más allá, la verdad de tu relato, por si tuviera necesidad de hacer un examen de conciencia.
Un cordial abrazo.

Agustin dijo...

Vladimir como metafora no esta nada mas,Pero la realidad tiene mucho de vladimir,un saludo Maestro

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Me ha conmmovido amigo Herep. Creo sinceramente que cada día escribes mejor y dominas fondo y forma hasta llevarnos a la más sincera emoción.
¡Felicidades por "Vladimir" tu creación magnífica de hoy!
Un fuerte abrazo
Asun

Candela dijo...

Una muy buena recreación de un tiempo ido. No es lo mismo ver los toros desde la barrera que haber bailaido en el coso con los Miura y aún así, el sentido común y la dignidad debería hacerse presente, pero eso no ocurre ni ocurrirá.

Quizá por eso, la Historis un dar vueltas sobre sí misma y repetirse una y otra vez.

Old Nick dijo...

A P A B U L L A N T E
C O J O N U D O-
Como Siempre Hermano Herep. ¡CHAPEAU!
Cuando Uno Se Acerca Al "Ultimo PASILLO y La Última Puerta, Que A Veces Es la De "Servicio", Se Va Dando Cuenta De La Trampa En Que Le Tocó VIVIR y LUCHAR...
Un Abrazo GENIO.
Un Brindis Con lo Que Sea Por La VIDA.
Y
¡¡RIAU RIAU!!

Geppetto dijo...

Que suerte he tenido con mi familia
En mi vida jamas tuvo cabida un vladimir, en mi familia jamas hubo un solo socialista, habia y hay enemigos del socialismo, en mi familia hubo activistas Carlistas y activistas Falangistas, jamas nadie pensó en ser seguidor de la bazofia socialista, es mas en cuanto una persona de mi extensa familia tenia uso de razon esta misma razon lo llevaba por el buen camino, por generaciones mi familoia dio combatientes del lado del ser español, se pelo con bravura por España y jamas nadie se rindio al desanimo ni a la estulticia, fuimos y somos jovenes pero no imbeciles y el marxismo jamas supuso un reto, siempre hemos sabido que su presencia significaba dolor muerte y sangre, lo supimos desde el mismo 1916 y jamas hemos depuesto nuestra actitud.
La bandera de mis padres fue Roja y giualda, roja y negra con un hermoso haz de flechas en medio o blanca con las apsas de San Andres
Estoy de suerte, los Vladimir son una especie desconocida en mi entorno personal
De lo cual doy gracias a Dios.
http://lapoliticadegeppetto.blogspot.com.es/

Herep dijo...

Vladimir es un personaje sacado de la chistra, Carlos, pero no me extrañaría que, por nuestras calles, anduvieran muchos tipos como él. Seres que, engañados involuntariamente por la izquierda, asisten a cómo esta, ademas de mentirosa y manipuladora, traiciona sus mismas raíces ideológicas.

Sí. Seguro que abundan los Vladimir.

Un saludo.

Herep dijo...

Parece que siempre caminemos por esos pasos marcados por quienes nos precedieron, CS. No importa que ellos se equivocaran o persiguieran quimeras. Estamos predestinados a tropezar de nuevo con la misma piedra.

Mientras tanto, como dices, la Casta sigue haciendo de las suyas y riéndose de la desgracia de aquellos a los que dice servir.

Un abrazo. Que tengas un buen fin de semana.

Herep dijo...

¡Se vive tan bien en esa farsa, Capitán! Con un ente superior que se preocupe de todas nuestras necesidades y que nos exija tan sólo aquello que cabe dentro de nuestras posibilidades.
Cuál es el precio de esa tranquilidad? La voluntad o la libertad? No importa. Todo sea por el bien del "pan y el circo".

Un abrazo.

Herep dijo...

El que se fue hace poco, Tío Chinto, seguro que está ahora mismo cursando su penitencia.
El leer o no mis letras seguro que es el menor de sus problemas.

Un saludo, artista.

Herep dijo...

Muchas gracias, Asun.
Todos conocemos a algún Vladimir... aunque ellos mismos se cuiden muy mucho de demostrar, en público, su frustración vital.

Un abrazo. Que tengas un buen fin de semana que, seguro, empezó de la mejor manera posible el pasado viernes.

Herep dijo...

No es lo mismo, Candela. Sobretodo hoy en día, donde tantos han estado en tantos sitios y demasiados han luchado por algo en lo que, verdaderamente, no creen.

Los reconocerás siempre que escuches lo mucho que corrieron ante los grises, las tribulaciones que acarreaba militar en la clandestinidad... y tantas y tantas cosas por el estilo que, pongo la mano en el fuego, más que ser vistas fueron leídas en alguna revista de época.

Un abrazo. Que tengas un buen fin de semana.

Herep dijo...

Aunque sea durante el último tránsito, es de Justicia informar al errado de su engaño o error.
No decirlo no es ningún tipo de misericordia, amigo.
La realidad, aunque sea cruda y pueda amargar las últimas horas, debe imponerse.

Un abrazo, camarada.
Que tengas un excelente fin de semana y que, copa a copa, podamos celebrarlo tal y como se merece.
¡Riau!¡Riau!

Herep dijo...

Suerte la tuya, Geppetto.
En mi familia, el virus marxista no está muy difundido, pero si que aparece combinado en multitud de subvariantes.
Lo que se lleva más es el germen independentista, eso sí. Auténtico cáncer diagnosticado a la espera de cirugía.

Por lo general, algo común por estos lares.

Un abrazo. Que tengas un buen fin de semana.

Herep dijo...

Agustín!!
No te había visto!!
La Realidad tiene mucho de Vladimir, amigo mío. Muchos, al conocer la realidad, se sientes desengañados y vacíos pero es un acto de Justicia mostrarles la equivocación.

Si no la quieren aceptar, allá ellos con su miedo vital.

Un abrazo allende los mares.